Los griegos votaron mirando al pasado y abrieron la puerta al futuro. Los votantes, que deseaban volver a la era ideal, en la que podían escapar de las demandas de nuestros socios y acreedores, destruyeron el sistema político bipartidista, acabaron con el centro e hicieron que los extremos fueran protagonistas de los acontecimientos. El resultado de ayer no deja mucho margen para que formen una coalición ninguna de las secciones del nuevo Parlamento, ni por parte de los partidos que se atienen al acuerdo de préstamos, ni por la de los que constituyen el frente del “no”.

Si se convocaran elecciones de inmediato, no se descarta que el partido Nueva Democracia y el Pasok recuperaran parte de su antiguo poder (hasta 2009, compartieron más del 80 por ciento de los votos, mientras que ayer apenas llegaron al 35 por ciento combinado). Con al menos siete partidos en el Parlamento (y ninguno de ellos posee más del 20 por ciento), nuestros políticos se enfrentarán a tres retos principales: deben aprender a cooperar de forma equitativa, sin que ninguno de los partidos forme un polo sólido, sin que ningún partido intente obtener una ventaja con respecto a los demás; deben lidiar con el partido neo-nazi Chrysi Avgi [Amanecer Dorado], que ahora se encuentra en el Parlamento; deben encontrar el modo de ser unos socios creíbles en las conversaciones con nuestros acreedores, ahora que ha desaparecido el Gobierno del Pasok-ND de Lucas Papademos.

Nuestra sociedad, que tampoco está acostumbrada a cooperar y a comprometerse, se enfrentará a grandes retos como consecuencia del ascenso de Syriza y otros partidos de izquierda, así como del Chrysi Avgi [Aurora Dorada]. Aunque se encuentran en extremos opuestos en el espectro político, ambas partes tienen una cosa en común: la falta de respeto por la clase dirigente y un profundo odio mutuo. Si el auge de Syriza acaba en una mayor intervención por parte de los izquierdistas en las universidades y otros entornos de la vida pública, es posible que las “tropas” de izquierdistas y anarquistas se enfrenten en las calles con las camisas negras de los Chrysi Avgi. Sin un Gobierno fuerte que les dé órdenes y les apoye, puede que la policía evite implicarse en esta rivalidad, con lo que aumentaría aún más la inseguridad ciudadana y quizás se produzca una mayor fragmentación política.

No es ninguna sorpresa que el Pasok y, en menor grado, Nueva Democracia pagaran el precio por el programa de austeridad, pero no se esperaba un descenso tan acusado en sus apoyos. Ha llegado el momento de probar las teorías de los que creen que Grecia puede plantear sus condiciones a los acreedores y que podemos seguir adelante si estos últimos se retiran. Este concepto tiene sus raíces en el comportamiento de Andreas Papandreu, que fundó el Pasok y dominó la política griega en la década de los ochenta. Desde entonces, este populismo ha dado forma a nuestro debate público. Ahora, el Pasok y Nueva Democracia son sus víctimas: aunque se aprovecharon descaradamente del populismo, se quedaron indefensos ante él cuando otros lo utilizaron en su contra.

Las elecciones de ayer destruyeron el sistema político de los últimos 38 años. Abrieron la vía a nuevas fuerzas y demostraron la necesidad de cooperación, tanto antes como después de las elecciones. Si nuestros políticos y los que actúan en la vida pública no aprendieron la lección de ayer, sufriremos un ciclo de conflictos que sólo puede acabar en una catástrofe.