Desde que en 1979 empezamos a elegir a los diputados europeos a través del sufragio universal, sus poderes, legislativo y presupuestario, han ido incrementándose en la misma medida en que descendía el interés de sus electores. La participación electoral, que comenzó siendo del 62% no ha hecho más que decaer: en 2004 no llegaba al 45,4%. No dejamos de oír que Europa es un ente misterioso y lejano. Pero esto no es cierto. ¿Incomprensible? Sí, a veces, pero en ningún caso distante. El 80 % de nuestra legislación nacional deriva de la matriz comunitaria desarrollada tanto por el Parlamento Europeo como por el Consejo de Ministros. La divisa en euros, los tipos de interés, la lucha contra la inflación y los súper déficit, estudios, viajes sin pasaporte, normas de seguridad, medio ambiente, consumo: en estos ámbitos y en muchos otros Europa forma parte de nuestro día a día. Si Europa no existiese, habría que inventarla. En las tormentas que hemos atravesado: la globalización, la expansión colosal de los gigantes chino, indio y brasileño, la tremenda crisis socioeconómica, Europa ha demostrado ser un escudo providencial. Es verdad que el modelo no es perfecto, pero es un amortiguador regional inestimable para los Estados cuya soberanía nacional por sí sola no basta para hacer frente a las grandes perturbaciones mundiales.

Sin embargo la gente no entiende Europa, sólo les provoca apatía. O incluso una hostilidad manifiesta. Según la última encuesta de TNS Opinion, publicada hace unos días, la mitad de los votantes (el 49%) participará en los comicios. Asumiendo que las últimas previsiones aciertan, el teorema del desafecto creciente de los europeos hacia la Unión, que no maltrata ni se despreocupa de ninguno de los Veintisiete, no se puede resolver.

¿Por qué Europa gusta cada vez menos?Las razones son muchas. La más convincente posiblemente sea también la más paradójica: la reconciliación de la posguerra, la razón de ser en sus inicios, se ha ido disipando en una magnífica historia de éxito económico y cultural. La Europa de nuestros días no es sólo sinónimo de paz en todo el continente, también transmite una cultura pacifista que –digámoslo de paso– le debe casi todo a los contribuyentes americanos que financian la defensa desde siempre.

El proyecto europeo, desprovisto de una legitimidad que resultaba popular, comprensible y compartida por todos, no ha sabido justificarse de otro modo. Se ha transformado en algo frío, burocrático, ahora se concretiza en una máquina extremadamente complicada que cada dos por tres escupe reglamentos, prohibiciones y controles intrusivos. El proyecto europeo se limita al comercio y a la moneda única. También hay algunos (medio) éxitos a su favor, pero nada que nos haga soñar.

La ampliación a marchas forzadas hacia el Este y los ataques relacionados por la competencia global y los flujos migratorios descontrolados le han puesto la puntilla. Hoy en día parece que Europa sólo suscita miedos irracionales, casi siempre injustificables. En este caldo se agitan los nuevos partidos antieuropeos y xenófobos que encuentran ojos atentos en el Este tanto como en el Oeste mientras especulan sobre la laxitud y la incompetencia de algunos gobiernos, que para más inri muchas veces utilizan a Europa como chivo expiatorio para vender las decisiones más impopulares.

Antes que los ciudadanos, deberían ser los gobiernos los primeros en comprender que ahora Europa es todavía más necesaria que antes. Mientras las Elecciones Europeas sigan siendo un ensayo nacional, el gigantesco potencial de Europa le resultará útil a otros antes que a los europeos. Es una pena.