Nos acostumbramos tan rápidamente a los tópicos, que ya no vemos sus efectos perversos y los repetimos maquinalmente, como si fueran verdades irrefutables, aunque su función es precisamente la de someternos. El peligro de seguir el mismo camino que Grecia, por ejemplo: se ha convertido en la consigna que nos transforma a todos en espectadores asombrados de un rito de penitencia, donde se sacrifica al chivo expiatorio por el bien común. El diferente, el deforme, no tiene cabida en nuestra ciudad. Y si en las nuevas elecciones que acaban de convocarse no sale elegida la mayoría que desean los socios, el destino helénico ya se habrá decidido.

¿Cuántas veces hemos escuchado a los dirigentes insinuar de forma tenebrosa: "¿A que no deseáis correr el mismo destino que Grecia?”? Los tratados no prevén la salida de la eurozona, pero se puede citar y facilitar disimuladamente. En realidad, Atenas ya ha caído en la zona crepuscular de la no Europa, ya es el hombre lobo al que se invoca para asustar a los niños.

Las auténticas raíces del mal

Quizás sea inevitable la secesión griega, pero al menos aclaremos cuáles son los verdaderos motivos: si es inexorable, no es porque el rescate sea demasiado costoso, sino porque la democracia ha entrado en conflicto con las estrategias que supuestamente deberían salvar al país. En las elecciones del 6 de mayo, la mayoría de los votantes ha rechazado la medicina de austeridad que el país lleva tomándose desde hace dos años sin éxito y que, al contrario, precipita a Grecia a una recesión funesta para la democracia. Una recesión que recuerda a la República de Weimar, con golpes de Estado militares en el horizonte. Obligados a volver a las urnas ante la ausencia de acuerdo entre los partidos, los electores reafirmarán su rechazado y darán aún más peso a la izquierda radical, es decir, al partido Syriza de Alexis Tsipras. Y volverán a proliferar los tópicos: Syriza constituye una fuerza nefasta, en contra de la austeridad y de la Unión y a Tsipras se le describe como el antieuropeo por excelencia.

Pero la realidad es muy distinta. Tsipras no quiere ni salir del euro ni de la Unión. Exige otra Europa, exactamente como François Hollande. Sabe que el 80 % de los griegos quiere mantener la moneda única, pero no de este modo, no con estos políticos nacionales y europeos que les han empobrecido haciendo caso omiso de las auténticas raíces del mal: la corrupción de los partidos dominantes, el Estado y los servicios públicos esclavos de la política, los ricos a los que no se les aplica la austeridad. Tsipras es la respuesta a todos estos males y, sin embargo, nadie quiere conversar con él. Ni siquiera Hollande, que se negó a reunirse con el líder del Syriza cuando éste acudió a París tras las elecciones.

¿Y escucharon a las izquierdas europeas, que supuestamente llevan la solidaridad en la sangre, apoyar a Yorgos Papandreu cuando afirmaba que era necesario europeizar la crisis griega para encontrar la solución? ¿Quién se tomó en serio las palabras que dirigió a los Verdes alemanes en diciembre, tras su dimisión como primer ministro? La idea que expuso sigue siendo hoy la mejor solución para salir de la crisis: "Para los Estados miembros, austeridad, para Europa, las políticas necesarias de crecimiento".

Las palabras de Papandreu se quedaron en el papel: como hoy si resultara vergonzoso escuchar a un griego. Como si no hubiera ninguna consecuencia ante el sorprendente atrevimiento con el que se transforma en paria al país en el que nació la democracia y se analizan desapiadadamente las degeneraciones: la oligarquía, el imperio de los mercados que se traduce en plutocracia, la libertad con la que se desprecian la ley y la justicia.

La expulsión de Atenas, el fracaso de Europa

Si tuviéramos un mínimo de memoria, comprenderíamos mejor el alma griega. Comprenderíamos al escritor Nikos Demou cuando expresa en sus aforismos la desgracia de ser griego: "El pueblo griego sufre el terrible peso de sus propia herencia. Ha alcanzado el nivel sobrehumano de perfección al que se vinculan las palabras y las formas del mundo antiguo. Es algo que nos abruma: cuanto más orgullosos estamos de nuestros ancestros (sin conocerles), más nos preocupamos por nosotros mismos". Los que evocan las raíces cristianas de Europa se olvidan de sus raíces griegas y el entusiasmo con el que, tras salir de la Dictadura de los Coroneles en 1974, se acogió a Atenas en Europa como país simbólicamente esencial.

Lo que no dicen nuestros dirigentes es que la expulsión de Atenas no será únicamente el fruto de su fracaso. Será el fracaso de Europa, una turbia historia de la impotencia voluntaria. No hemos sabido conjugar las necesidades económicas con las de la democracia. No hemos sido capaces, ni siquiera reuniendo nuestros recursos y nuestra inteligencia, de superar la primera ruina ejemplar de los antiguos Estados naciones.

Europa no se ha solidarizado, como hizo el secretario del Tesoro Alexander Hamilton tras la Guerra de la Independencia estadounidense, al decretar que el Gobierno central asumiría las deudas de cada Estado, uniéndoles de este modo en una federación sólida. Europa no ha hecho de Grecia un asunto europeo. No ha visto el vínculo entre las crisis de la economía, de la democracia, de la nación y de la política. Durante años cortejó a una clase dirigente griega corrupta y ahora se encuentra boquiabierta de asombro ante un pueblo que rechaza las responsabilidades de este desastre.

Este alejamiento entre la Unión y la democracia, entre Nosotros y Ellos, tendrá consecuencias dolorosas. Su muerte sería un poco la nuestra, pero en este declive nos falta el conocimiento que nos ha enseñado Atenas. No es la muerte griega que Áyax el Grande invoca en la Ilíada (XVII 645- 647): "Padre Zeus, libra de la espesa niebla a los aqueos, serena el cieno, concede que nuestros ojos vean y destrúyenos, ya que así te place, pero en la luz".