El objetivo es reactivar el crecimiento a través de la creación de grandes redes energéticas, de nuevas reglas para las ayudas estatales, de un auténtico sistema de patentes continental, de un mercado único de la investigación, de una red de transportes “verdes”, y finalmente de la garantía del acceso Internet para todos, a gran velocidad y bajo precio. Europa reconoce que para poner otra vez la economía del continente en el buen camino existen infinidad de instrumentos, y no oculta que la última tentativa —la estrategia de Lisboa para los años 2000-2010— no ha dado los resultados esperados. Es más: “La crisis financiera ha anulado los recientes progresos”, anuncia la Comisión Europea, al tiempo que subraya la necesidad de poner el listón aún más alto. Para ello hace falta una nueva hoja de ruta que sea aplicada efectivamente por todos, pues “con la recesión se ha vuelto más difícil planificar con certeza el desarrollo económico.”

Evitar el escenario de la ''década perdida''

La respuesta, o al menos una de las respuestas posibles, es UE 2020, un documento estratégico de 30 páginas que la Comisión presentará el próximo 3 de marzo, en lo que será el primer acto de la gestión Barroso-II. La estrategia 2020 se presenta como una agenda de gestión de la coyuntura presente, pero también podría leerse como un cuento de hadas. Al leer la última versión del documento, uno no puede dejar de reconocer que los cinco objetivos fijados para 2020 son ambiciosos: lograr que la ocupación alcance el 75% de la población activa —actualmente se sitúa en el 69%—; invertir el 4% del PIB en investigación; reducir un 20% las emisiones de CO2 en relación con el año 1990; lograr que la tasa de licenciados llegue al 40% de la población adulta; reducir en una cuarta parte, es decir, en 28 millones, la población que vive por debajo del umbral de la pobreza.

En juego hay “dos puntos del PIB y 5,6 millones de empleos en los próximos diez años”. Pero la partida aún no ha comenzado: el análisis de la Comisión reconoce “una tasa de desarrollo estructuralmente débil en comparación con los principales competidores, debido principalmente a un ahondamiento de las diferencias de productividad.” Una situación que va acompañada de un mercado de trabajo rígido en relación con los rivales americanos o japoneses, y eso sin tener en cuenta que el descenso del número de trabajadores activos combinado con el aumento del número de retirados va a “poner en una difícil situación a los sistemas de asistencia social y a las cuentas públicas europeas”. La Comisión advierte por lo tanto que “o bien afrontamos el futuro asumiendo conjuntamente los desafíos de la recuperación, o bien nos arriesgamos a sufrir una disminución persistente del crecimiento que podría suponer un fuerte aumento del paro, de las tensiones sociales, y la decadencia de Europa en el escenario mundial.” Este es sin duda el escenario más negro, el de una “década perdida”. Mejor sería evitarlo.

Un contenido lleno de fórmulas atractivas y bellas palabras

Sin duda no es el momento ideal para pedir a las capitales que trabajen hombro con hombro: corren mejores tiempos para las tentaciones nacionalistas y el europeísmo con sordina. La Comisión piensa sin embargo que no tiene otra opción y se esfuerza en no dejarse influenciar. Propone tres vías para el crecimiento —“inteligente, verde e inclusivo”— que deberán ser implementadas en parte desde Bruselas y en parte en los distintos Estados. La primera se centra en la innovación y supone un aumento de las inversiones en investigación, que hoy en día suponen el 2% del PIB, frente al 3,4% en Japón. También recomienda el trabajo en equipo, el aprovechamiento de las patentes y la búsqueda de colaboraciones que favorezcan los avances tecnológicos.

La vía verde está plagada de promesas para el coche y la movilidad del futuro, así como de nuevos instrumentos de financiación: energía limpia y eficaz gracias a los supergrids, unas redes de intercambio que deberían garantizar la autosuficiencia europea; promoción de zonas industriales dedicadas a las pequeñas y medianas empresas; la flexseguridad, que combina movilidad y protección contra la precariedad; por último, las nuevas tecnologías.

Fórmulas atractivas y bellas palabras, a las que los gobiernos deberán ahora dar un contenido: ha llegado el momento de explotar el mercado único a través de un sistema más eficaz de financiaciones privadas y públicas. Bruselas coordinará el proceso en la medida de lo posible, pero los Estados deberán jugar al mismo juego, poner orden en sus cuentas atendiendo sobre todo a “aumentar los impuestos sin perjudicar el crecimiento”. Hay que logar unos mercados públicos rápidos y transparentes, así como unos servicios eficaces. Todo debe funcionar del mejor modo posible y de forma coordinada. Es preciso que todo funcione mejor y con mayores sinergias. El Consejo y el Parlamento deberán pronunciarse sobre el plan en junio; a continuación se repartirán las tareas y la Comisión supervisará y distribuirá “policy warnings”, advertencias a todos los que se aparten del recto camino.

Mejor habría sido que hubiera previsto sanciones: la estrategia de Lisboa no las preveía y ha fracasado. Ni siquiera la crisis actual ha logrado convencer a las capitales europeas de imponer coacciones severas.