No se les ve y casi ni se les escucha, pero esos pequeños cultivadores que miman sus plantas de cannabis en sus domicilios siguen existiendo. Lo hacen para consumo propio, para abastecer a sus familiares y amigos de cannabis de uso medicinal o para venderlo a los coffee shops. Y se sienten cada vez más amenazados.

Desde 2004, la policía y la justicia neerlandesa les persiguen con ahínco. "En realidad ellos son los que pierden", explica Nicole Maalsté, socióloga de la Universidad de Tilburg. "Para la policía es más sencillo organizar una redada en un barrio popular. Los grandes mafiosos por lo general están fuera de su alcance. Para detenerlos, tendrían que investigar durante más tiempo". Según ella, el crimen organizado se aprovecha de estas intervenciones policiales más enérgicas. "A medida que los pequeños cultivadores desaparecen del mercado, los mafiosos llenan ese vacío. Los coffee shops se ven obligados a recurrir a personas con las que jamás habrían querido trabajar".

Se debería cuidar a los pequeños productores y su cannabis bio

Un funcionario municipal de 36 años (que desea mantenerse en el anonimato) residente en el popular barrio de Woensel-West, en Eindhoven y que cultiva cannabis en su desván, no se considera en absoluto un criminal: "Mi novia y yo cultivamos para nuestro propio consumo. Lo que venden en los coffee shops es caro y la calidad cada vez más mediocre. Añaden productos químicos o lo hacen más pesado con polvo de vidrio o metales".

En su desván, dos armarios contienen cada uno cinco plantas de cannabis iluminadas por lámparas intensas. El funcionario afirma que respeta las normas de la política "de tolerancia": su novia y él poseen cada uno cinco plantas de cannabis [el cultivo está prohibido pero penalizado sólo a partir de seis plantas]. Pero cuando se cultiva a partir de semillas, es necesario sembrar al menos el doble, ya que sólo prosperan las semillas hembra. Hace un año y medio, recibió la visita de dos agentes de policía a los que se había chivado un vecino. Los policías se mostraron comprensivos.

Otro cultivador, Kees (de 40 años), residente en Huizen, tuvo menos suerte: "No conseguí hacer comprender al policía que para tener cinco plantas hacían falta más en un primer momento. Lo destruyeron todo". Kees cultiva "cannabis de calidad, 100% biológico". Lo que no consume, lo vende al coffee shop, a entre 2.700 y 3.400 euros el kilo, según la calidad y el coffee shop.

Nicole Maalsté, y también numerosos alcaldes, piden que se despenalice el abastecimiento de los coffee shops a través de pequeños cultivadores controlados [los coffee shops pueden vender hasta 5 gramos de cannabis por cliente, pero no tienen derecho a abastecerse, ni si quiera a través de pequeños cultivadores]. Ante todo desearía que la policía persiguiera sobre todo a los grandes criminales: "Se debería proteger a los pequeños cultivadores, que son la base de la política neerlandesa de tolerancia. Cultivan cannabis de calidad, normalmente sin aditivos. La calidad es claramente superior a la de la hierba de los grandes productores y que invade cada vez más el mercado".