¿Qué pasa con España? Todavía en los tiempos en que José María Aznar era presidente del Gobierno (entre 1996 y 2004) España era la niña prodigio del crecimiento en la UE y 150.000 millones de euros en ayudas estructurales fluyeron desde Bruselas hacia la cuarta economía del ámbito europeo.

Sin embargo, en las austeras tierras de Andalucía y Castilla se alzan, en vez de negocios florecientes, las ruinas de inversiones fallidas; allí yacen tan muertas y abandonadas como los pueblos de la época de El Cid. En una y en la otra se expresa un modelo de sociedad antieconómico que España viene conformando desde hace medio milenio.

España entró tarde en la modernidad

En la época contemporánea España vivió en un aislamiento que se impuso a sí misma y que solo acabó en los años sesenta del siglo pasado, cuando el dictador Francisco Franco abrió el país al turismo. España entró en la modernidad, pues, tarde y a trompicones, excitada y a toda prisa como un invitado que llega el último al banquete y quiere recuperar lo perdido como pueda, según escribía Juan Goytisolo en 1969 en su ensayo, válido todavía, "España y los españoles".

Con el mismo exceso de entusiasmo empezaría España veinte años después a gastar el maná que, en forma de ayudas estructurales del UE, le caía del cielo. Pero en vez de invertir en una sociedad productiva, quiso modernizarse lo más deprisa posible, y modernizarse significaba sobre todo: parecer moderno. El dinero se fue en construir, primero con tino, después, con el acicate de la política ultraliberal del suelo de Aznar, con frenesí.

La marcha triunfal de lo antieconómico había empezado, sin embargo, ya en 1492. Ese año, España no solo descubrió América; derrotó también al último reducto del dominio árabe en Granada y expulsó en los siglos siguientes a moros y a judíos. Ambos grupos se ocupaban de la artesanía y del comercio. El hidalgo cristiano aborrecía el trabajo, que le estaba prohibido por un absurdo código de honor; solo en la carrera militar veía una tarea otorgada por Dios.

Las riquezas de las colonias manaron hacia España como oro líquido. La Europa central se enriquecería con el oro de los incas mientras la nobleza española se condenaba en ruinosos latifundios.

Históricamente en contra del progreso

La Inquisición se pasó trescientos años persiguiendo como a una herejía a todo lo que oliese a productividad. Quien investigaba, se atareaba, leía, corría el riesgo de acabar en la hoguera.

Tras el fin de la Inquisición, la oposición al progreso sobrevivió en el nacionalcatolicismo. Tampoco la secularización permitió romper el caparazón. Se crearon conexiones, sin duda, pero no tropezaron con menos obstáculos. Solo aparecieron estructuras industriales en el País Vasco y en Cataluña.

Se construyó una red de ferrocarriles, pero con un ancho de vía distinto al francés, para no acercarse demasiado a Europa. Así que Europa acabaría en los Pirineos.

El siglo XIX crearía tan solo los rudimentos de una burguesía dinámica, mercantil, políticamente consciente. España sería el único país de la Tierra con un movimiento anarquista fuerte. Sobrevive todavía en los indignados de la Puerta del Sol de Madrid, a los que une su rebelión contra el capitalismo, pero sin que lleguen realmente a encontrarse.

El anarquismo triunfó en los años treinta, pero el golpista Franco los vencería en la Guerra Civil. Franco catapultó a España hacia el tiempo de la Inquisición. En pos de la calma, Franco fomentó deliberadamente el inmovilismo.

Mediante la construcción de viviendas e incentivos económicos convirtió en masa a los españoles en propietarios de inmuebles. Y puso los cimientos del boom especulativo posterior. Si bien España afrontó el cambio político tras el fin de la dictadura en 1975 con bravura y creó una sociedad tolerante, en lo económico, siguió atascada en la Edad Media.

Reformar la economía y la educación

En muchos periódicos y blogs españoles imperan todavía los gestos retóricos dirigidos al propio ombligo o las mezquinas reyertas partidistas. El pensamiento de campanario impide a los castellanos o andaluces que se les pegue algo de los productivos vascos o catalanes, mientras que estos, recíprocamente, se niegan tozudamente a compartir su capacidad con el resto del país.

A los españoles, escribe Goytisolo, les es más importante el hecho mismo de participar personalmente en una tarea que las ganancias materiales que reporte. Pero los mercados anglosajones, inscritos en la fría eficiencia protestante, no le dejan a España tiempo alguno para que eso se convierta en algo provechoso socialmente. La necesaria conversión a una educación y una investigación con un sentido práctico ha quedado ahora empantanada en la obligación de ahorrar.

Mientras Europa no se decida a derribar la frontera de los Pirineos mediante ayudas específicas que pongan en marcha la modernización de las estructuras de la economía y de la educación, España deberá buscar refugio en una característica que, según Goytisolo, siempre le ha sido un estorbo para prosperar: su conformismo.

Los españoles saben qué es soportar una crisis. Llevan quinientos años haciéndolo.