Tengo que confesar que llevo años pensando en este partido. Me imagino el momento. El torneo acaba de empezar. Es dieciocho de junio de 2012 y son las seis menos tres minutos de la tarde, en el Estadio Nacional de Varsovia. El equipo polaco y el griego salen del túnel. Escucho el estruendo del público. Veo a nuestros once chicos que se enfrentarán a grandes momentos de lucha a partir de ahora. Escucho el himno, entonado por cincuenta mil gargantas y siento escalofríos me que recorren la espalda. ¡Vamos, Polonia!

Vale, puede que todo esto sea un tanto sensiblero y grandilocuente, así que, para ser justos, hay que reconocer que no habríamos podido disfrutar de este festival si no hubiera sido por un multimillonario ucraniano que, según cuentan las malas lenguas, compró una cantidad suficiente de votos de los miembros del Comité Ejecutivo de la UEFA, tras lo cual Platini, supuestamente para su sorpresa, anunció al mundo que el Campeonato Europeo de Fútbol de la UEFA 2012 se celebraría conjuntamente en Polonia y Ucrania. Aprovecho para enviar un cordial saludo al señor Surkis y agradecérselo. Este día no habría sido posible sin él.

Pero tampoco habría sucedido sin el gran éxito sin precedentes de Polonia, sin lo cual la idea de organizar el campeonato en Polonia y Ucrania habría sido sencillamente un sueño irrealizable. Este festival no se debe exclusivamente a nosotros, pero tampoco habría ocurrido sin nosotros.

“Fajna Polska”

¿Cuál es el carácter de este éxito? Por explicarlo de forma resumida, hemos aprovechado una oportunidad que nos ha ofrecido Dios, el destino o la historia (elijan la opción que crean conveniente). Y adviertan el uso de “hemos aprovechado”. Aquí están los polacos que no dejan perder una oportunidad, que no malgastan las ocasiones, sino que sacan el máximo partido de lo que se les ofrece, forjando sus talentos bíblicos, en lugar de ocultarlos. Lo cierto es que esto suena un tanto condescendiente: los polacos. Quería decir: ¡nosotros, los polacos!

Una semana o dos tras el fatal accidente aéreo de Smolensk, me asusté. Sentí que los entusiastas post-románticos de la Polonia siempre mártir, siempre perdedora, siempre humillada y torturada nos estaban arrebatando la bandera nacional, intentando decretar quién era un patriota y quién no. Y al hacerlo marginaban a tres de cuatro polacos. Entonces pensé que, si bien nunca se debe arrebatar a nadie la bandera blanca y roja, tampoco hay que permitir que alguien te la quite.

Entonces inventé el eslogan “Fajna Polska” [que puede traducirse como Polonia es “guay” o “genial”]. Gran Bretaña solía tener su frase “Cool Britannia” y Suecia “Sverige ar fantastik”. Pero Polonia no es genial, Polonia se deja llevar por sus emociones, por su sensibilidad. Tampoco es fantástica. Es sencillamente fajna, con todo lo que nos gusta de ella y todo lo que nos irrita, con todas las cosas que nos hacen felices y con las que nos enfadan. Es sencillamente fajna.

¿Fajna Polska? La verdad es que tengo cien pruebas o más de que Polonia no es fajna. Tribunales lentos, un sistema sanitario aquejado de problemas, aceras cubiertas con excrementos de perros, centros de educación pseudo-superior, un sistema fiscal absurdamente complicado. Y muchos otros problemas: aquí cada uno puede mencionar los que quiera.

Acabar con los estereotipos negativos

Fajna Polska no suena convincente ¿verdad? ¿Quizás entonces fajni Polacy, los polacos son geniales? Pero en este caso también tendría un buen puñado de pruebas de que no lo somos. Los foros de debate en Internet repletos de basura antisemita, las brutales costumbres a la hora de conducir, la espantosa facilidad con la que atribuimos acciones e intenciones repugnantes a los demás. Quizás la mayor acusación contra nosotros, los polacos, sería la facilidad con la que algunos, especialmente uno, han logrado enemistarnos en los últimos siete años.

Entonces, ¿podemos decir fajna Polska? ¿Fajni Polacy? Pues sí. Sin duda fajna Polska y fajni Polacy. ¿Por qué? Porque durante los últimos veinte años, nosotros, los polacos, hemos logrado acabar con la mayoría de estereotipos negativos que otros han amplificado y nosotros hemos sufrido. Al final ha resultado que sabemos trabajar duro y se nos da bien aprovechar oportunidades. Resulta que no dependemos en absoluto del Estado, sino más bien lo contrario: a pesar del Estado, o más bien desafiándole, salimos adelante, creamos empresas, generamos empleos. No hacemos trampas, sino que pagamos nuestros impuestos. Hacemos todo lo posible para garantizar un mejor futuro para nosotros mismos y nuestros hijos.

La Fajna Polska está creciendo. En su gran mayoría, no le afecta la mala promoción que algunos de nuestros políticos han intentado vendernos. No mira hacia otro lado cuando surgen problemas, no se viene abajo cuando hay que solucionarlos. Se mira a sí misma en el espejo y no se estremece de horror, pero tampoco le apetece ponerse un maquillaje pseudo-patriótico de impecabilidad. Se mira a sí misma con simpatía, amabilidad e ironía. Es consciente de sus virtudes, méritos y ventajas, pero también de sus debilidades y defectos.

Esta es la Polonia que Europa verá en unos momentos. Ante todo, es la Polonia que veremos nosotros mismos. Ahora, volvamos a poner los pies sobre la tierra, o más bien sobre el césped. Basta de nervios. Somos el jugador número doce del equipo de Smuda [Franciszek Smuda, el entrenador de Polonia]. ¡Vamos, Polonia!