El francés medio habla un inglés macarrónico, al menos eso es lo que observa el lingüista francés Michel Arrivé. Con el desembarco de los aliados en Normandía, la lengua de Molière se ha visto americanizada, lo que ha llevado al escritor René Etiemble a formular la siguiente pregunta: “¿Habla usted “franglés”?”. La lengua de los “rosbifs” —si empleamos el apelativo más extendido en Francia—, pone en serio peligro el patrimonio cultural francés. Con vistas a protegerse de este peligro, el gobierno adoptó, en 1975, la llamada ley “Bas-Lauriol”, que prohibía el empleo de anglicismos en documentos oficiales, publicidad y la administración pública.

Las comisiones terminológicas, creadas por los ministerios, han seleccionado miles de vocablos franceses para sustituir a los términos ingleses. De este modo, la palabra “logiciel" ha pasado a substituir a "software", el "baladeur" al "walkman", el "ordinateur" ha sustituido a "computer" y el "weekend" ha pasado a convertirse en un "fin de semaine". Durante los últimos diez años esta lista se ha visto enormemente ampliada, sobre todo por expresiones como "remue-méninges" para designar al "brainstorming ", el "dialogue en ligne" para el "chat" e incluso el término "courriel" para referirse al "e-mail".

Es difícil encontrar trabajo en Francia sin saber inglés

A pesar de todos estos esfuerzos, a lo largo de la década de los 80, el inglés ha seguido dominando las conferencias científicas y el mundo de la cultura y la tecnología. De este modo, en 1996 se votó una nueva ley, llamada “Ley Toubon”, que obligaba a emplear la lengua francesa con vistas a garantizar su primacía en todo el territorio nacional. De modo que, ¿se ha ganado la batalla? En absoluto. La prueba: un grupo de asociaciones de defensa de la lengua francesa dio la voz de alarma en octubre de 2009, con el siguiente mensaje: "Hoy en día pueden verse escritas, en los muros de París, más palabras inglesas de las que había en alemán durante la ocupación. El momento de la resistencia ha llegado".

Huelga decir que no se equivocan, pues a pesar de todas las medidas legislativas adoptadas, resulta sencillo constatar que el inglés domina el mundo de la ciencia, la publicidad y los negocios. De hecho, hoy en día resulta difícil obtener un empleo en Francia si no se habla inglés. La mundialización ha obligado a las empresas francesas a aceptar las normas del juego internacional que imponen la comunicación en inglés. Sin embargo, en 2005 el Senado francés había adoptado una propuesta de ley destinada a reforzar la Ley Toubon, que obligaba a los directivos de las empresas a utilizar la lengua francesa, principalmente en las negociaciones salariales, a fin de evitar problemas derivados de una comunicación deficiente.

Los alemanes tienen complejo de inferioridad

Mientras los franceses continúan luchando, los alemanes hace ya tiempo que han abandonado definitivamente la batalla. La sangrienta frase publicada recientemente en The Times lo dice todo: "La sumisión lingüística alemana es lamentable y carece de cualquier tipo de dignidad. En una palabra, resulta patética."Según los lingüistas alemanes, su lengua se ha visto enriquecida con cerca de 8.000 palabras inglesas que se han incorporado en el habla común. "Handy" para el teléfono móvil, "check-up", "net" o "chartes" no son sino algunas de las palabras que, como tantas otras, han pasado a formar parte del diccionario.

"Nosotros, los alemanes, tenemos complejo de inferioridad. Consideramos nuestra lengua como una necesidad enojosa y preferimos hablar inglés", admite en una entrevista concedida a Rzeczpospolita el Dr. Holger Klatt, de la Asociación de la Lengua Alemana (VDS), que reúne a 32.000 puristas de la lengua. El papel principal en la destrucción de la lengua se le atribuye a las grandes multinacionales. La publicidad que se difunde por radio y televisión bombardea a los consumidores con palabras y expresiones en inglés. Ha sido necesario esperar a que estallara la guerra por unos cuantos metros cuadrados de asfalto en una provincia de Baviera, para tomar conciencia de la gravedad de la situación. En el banquillo de los acusados, los ferrocarriles alemanes, que tras haber horrorizado a sus clientes durante años con los lavabos "McClean", recientemente han decidido construir, en la ciudad de Straubing, un aparcamiento llamado "Kiss & Ride".

Esta ocurrencia resultó no ser del agrado de un jubilado, que escribió una carta al diputado conservador bávaro, Ernst Hinsken, en la que le preguntaba si el aparcamiento en cuestión estaba destinado a los arrumacos o a montar a caballo. El diputado, estupefacto, ha prometido intervenir a fin de que el ferrocarril reduzca los anglicismos. Por otro lado, su jefe, Reinhard Gruber, se ha comprometido a hacer que las estaciones de trenes alemanas recuperen su carácter germánico. Muy pronto los "services points" deberán convertirse nuevamente en "Servicepunkte" y el "flyer" (folleto) en "flugblatt". ¿Sellará esto la victoria alemana sobre el inglés? "Probablemente no", admite Holger Klatt, precisando además: "No se le puede impedir a la gente que hable inglés y no podemos parar la mundialización. No obstante, hay algo que sí podemos hacer: dejar de imitar a los británicos y a los norteamericanos, que se mueren de risa al ver como les seguimos la corriente".