Las masas de adosados, unos de color beis claro, otros de ladrillo rojo, escoltan, en la distancia, la silueta casi intacta del castillo del siglo XV. Las glorietas de acceso a Pioz (Guadalajara), a unos 55 kilómetros al noreste de Madrid, están marcadas con señales de alerta: cruce peligroso, acceso a urbanizaciones. Por todas partes asoman conjuntos de casitas nuevas construidas en el furor del boom del ladrillo. Trascastillo, El Bosque del Henares, Valcastillo, Las Suertes, Montealto, La Arboleda, Los Charquillos, Madrebuena. Algunas semivacías. Nada diferente de lo que puede verse en otros muchos puntos de España. Lo único especial de Pioz es que pasa por ser el pueblo más endeudado del país. Según su alcaldesa, Amelia Rodríguez, del PP, la deuda del municipio, que tiene un presupuesto de dos millones de euros, asciende nada menos que a 16 millones.

En medio de la vorágine diaria de la crisis, Pioz es un ejemplo a pequeña escala del fracaso del modelo de desarrollo que ha imperado en las últimas décadas en España. Un pueblo que a mediados de los años noventa no llegaba a los 1.000 vecinos invirtió millones para convertirse en una ciudad dormitorio de 25.000 habitantes. Las expectativas no se cumplieron y hoy Pioz tiene 3.800 empadronados y un agujero en las finanzas colosales.

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