Las fuerzas políticas que han ostentado el poder en Hungría durante los últimos veinte años han decepcionado enormemente a los electores. Numerosos afiliados al Jobbik [el partido nacionalista cuyo nombre significa a la vez “más hacia la derecha” y “el mejor”] son producto de esta decepción. Pero, ¿qué dice su programa? ¿Y su discurso? Al ver sus videos en YouTube, podemos comprobar que entre las expresiones más empleadas por los simpatizantes del partido se encuentran "decepción", pero también "confío en ellos". Frente a la cámara, el simpatizante de extrema derecha declara valientemente su apoyo al partido porque dice conocer su programa, que considera innovador y de calidad. Pero, como alguien dijo una vez: lo nuevo no es bueno, lo bueno no es nuevo.

Tres partidos en uno

Gritar contra los fascistas y los nazis, como hacen los intelectuales de izquierda, está fuera de lugar. El Jobbik no es un partido nazi, pues el partido de Gábor Vona no es en realidad un partido, sino tres a la vez. Según los últimos sondeos existe un partido que garantiza la seguridad regional (en las regiones del este de Hungría), cuyos electores desean un Estado fuerte a fin de que defienda los problemas existenciales con los que se enfrentan en su día a día debido a la decadencia del orden público, así como la creación de un cuerpo de policía que los proteja de los gitanos. Sin embargo, ningún dirigente de la Guardia Húngara [organización paramilitar vinculada al Jobbik y prohibida a finales de 2009] o del Jobbik ha explicado todavía el modo en el que sus desfiles marciales, seguidos de valientes retiradas, han podido resolver algo en lo que a la integración de los gitanos de Hungría se refiere. Asimismo, tampoco han podido justificar la necesidad del uniforme, ya que las misiones de la guardia se reducen a labores de voluntariado y a la defensa de la población durante las inundaciones.

Entre los simpatizantes del Jobbik se encuentran también electores de base de la derecha radical, tránsfugas de otros partidos de derecha. Estos últimos se inspiran visiblemente en el mito de la invasión de Hungría por promotores inmobiliarios israelíes y están hartos del capitalismo, de la UE y del gobierno en general. Su fuerza es limitada. Una parte del grupo se consuela diciendo que, en Europa, los partidos radicales de carácter similar tienen capacidad para influir en las políticas gubernamentales. Dotan a su partido de una labor pedagógica: una vez en el Parlamento podrán presionar al Fidesz [el partido conservador, en la oposición, al que los sondeos dan como vencedor en las legislativas del 11 y el 25 de abril] y ponerlo en la “buena” dirección. Pero ninguno de sus modelos extranjeros, ni el PiS polaco ni el FPÖ austríaco, se dirige a los gitanos o a los judíos en un tono tan ofensivo, ni niegan el Holocausto tan alegremente como lo hacen los foros oficiales y semioficiales del Jobbik. Ni siquiera Ján Slota y su Partido Nacional Eslovaco osan hacerlo aunque, para atizar el odio al extranjero, echen mano de la minoría húngara de Eslovaquia.

Una estrategia política construida sobre el robo de gallinas y la inseguridad

Finalmente, algunos afiliados del Jobbik no ocultan su atracción por el nacionalsocialismo. Según ellos, el Jobbik es demasiado blando; pero son realistas. Hasta el momento, el partido ha logrado conciliar su incomprensible admiración por el primer ministro ruso Vladimir Putin, cuyos actos van, a menudo, en contra de los intereses nacionales húngaros, con la reivindicación de demoler el monumento en memoria de los soldados rusos de la plaza de Szabadság [Libertad] en Budapest. En suma, los simpatizantes del Jobbik están decepcionados con todo excepto con el Estado, a pesar de que estos últimos años su gestión tampoco ha sido brillante. Y, ¿cómo podría funcionar bien en manos de un partido cuya finalidad es la confrontación permanente? En el fondo, el Jobbik no es más que un partido político, y como todo partido político probablemente terminará por verse envuelto en asuntos relacionados con la corrupción, terminando por suscitar una amarga decepción, una más, a la gran mayoría de sus electores. El robo de gallinas, la inseguridad, la precariedad o la impotencia pueden legitimar la rabia y la decepción pero, ¿es factible construir una estrategia política sobre esa base?