Las revoluciones que se están produciendo en Europa tienen un tremendo impacto sobre la vida de las personas y, no obstante, sólo algunos observadores señalan su influencia. ¡Y con razón! En nuestro paisaje revolucionario no hay ni partidos revolucionarios, ni dirigentes furiosos, ni barricadas, ni toma de la Bastilla. Nadie quiere acabar con el poder del Estado y mucho menos sustituirlo. Estas revoluciones no llegan a explotar, se agotan. Se dejan notar, antes que nada, a través de la creciente presión que los ciudadanos ejercen sobre los aparatos del Estado, particularmente cuando se sienten amenazados o despreciados. Entonces se organizan de manera espontánea al margen de las instituciones políticas oficiales. En Europa encontramos miles de ejemplos de este tipo de movimientos, sobre todo en Polonia, siendo los más conocidos los movimientos medioambientales y feministas.

Los ecologistas dieron comienzo a sus acciones en pequeños grupos dispersos, ajenos a los círculos políticos, hace varias décadas. En los años 90 comenzaron a formar alianzas con varios países europeos y, lo que es más importante todavía, a crear una gran red mundial de asociaciones e iniciativas de todo tipo. Los movimientos feministas y sus luchas contra la discriminación se han visto asimismo notablemente reforzados. Considerados, hace varias décadas en Europa y recientemente en Polonia, como marginales e incluso ridículos, los movimientos feministas han impuesto nuevos modelos de pensamiento y comportamiento en la vida política y social.

Ni de izquierda ni de derecha

En Europa, todos los partidos se caracterizan por una “estructura autocrática y oligárquica, por la ausencia de democracia interna y de libertad, por la pretensión de infalibilidad”, escribía Arendt Hannah en 1963 en su “Ensayo sobre la Revolución”. Este sistema no favorece la participación de los ciudadanos en la vida pública: simplemente se les representa, y esta representación está relacionada con sus intereses o con su bienestar, pero no con sus acciones o sus opiniones. Arendt juzgaba la democracia de su época con severidad, pero su mirada se extiende hasta nuestra democracia contemporánea, supeditada a las modas del momento, sumisa a los aparatos de partido. La solución que preconizaba con vistas a introducir más libertad en la política está fuera de lugar, pues surgió de la tradición, ya perdida, de los consejos revolucionarios; estos foros de debate de los que salían las decisiones más importantes.

Pero el libre acceso al debate público, esta condición esencial de una política noble, según Arendt, renace ahora bajo una nueva forma. En la actualidad vivimos una revolución de la participación en la esfera pública y asistimos a un cambio revolucionario en el modo de educar a las élites; esta revolución, que no es ni de izquierdas ni de derechas y que supera sobremanera las ideologías políticas clásicas, nacidas en el siglos XIX, y cada vez más inadaptadas a nuestra época.Los ciudadanos ya pueden elegir libremente con qué causas, privadas o públicas, se comprometen, independientemente del Estado. Gracias a las facilidades de comunicación, crean redes y forman diferentes grupos de presión. “Incluso los deportistas disponen de fuertes organizaciones.

Lo mismo ocurre con los homosexuales, los vendedores de armas, los conductores, las personas discapacitadas, los padres, los divorciados, los ecologistas, los terroristas, etc.”, comentaba hace unos 20 años el intelectual alemán Hans Magnus Enzensberger. Hoy en día este fenómeno se ha intensificado.Nadie sabe qué aportarán estas revoluciones. ¿Darán origen a una sociedad de egoísmo sin límites y fuente de violencia? La amenaza existe. Quizás suceda al contrario, puede que curen a la democracia y a sus partidos, sentando a la vez las bases de una política más noble, fundamentada en la libre participación en la esfera pública. Como escribió Hannah Arendt, la libertad sólo es posible entre iguales.