El magnífico episodio de la batalla de Waterloo en La Cartuja de Parma, la segunda gran novela de Stendhal, nos servía la semana pasada para describir una sensación cada vez más común ante la vertiginosa espiral de la crisis: nos reconocemos todos en el interior de un gran fregado y por mucho que leamos a los especialistas, nos cuesta entender el sentido y el alcance de los movimientos que se suceden a nuestro alrededor. Carecemos de comunicación directa con el estado mayor y sospechamos que este tampoco tiene una visión concluyente de los acontecimientos. Caos digitalizado. Todos somos Fabrizio del Dongo, el joven italiano que participó en la batalla de Waterloo sin saber de qué iba Waterloo.

Esta semana es más luminosa. Las novedades del viernes en Bruselas han dado cierto sentido a la gran confusión reinante desde las dramáticas elecciones griegas, de las que ya ni nos acordamos porque la memoria mediática es la de un reptil. Italia y España se han plantado ante Alemania, forzando la adopción de tres medidas que, en principio, les alejan del peor de los calvarios. España e Italia han estrechado una alianza de última hora -inédita en el tablero europeo- para evitar una humillación de graves consecuencias en su política interior. Ambos países han descubierto que, juntos, pesan en Europa.

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