La localidad de Schengen fue testigo en junio de 1985 del acuerdosuscrito por Francia, Alemania, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo, con vistas a abolir progresivamente los controles en sus fronteras comunes y a instaurar la libre circulación de personas, tanto residentes en los Estados firmantes como procedentes de otros países comunitarios y extracomunitarios. Sus disposiciones entraron en vigor en marzo de 1995. Por aquella época, nos sentíamos ciudadanos de segunda, sentimiento que perduró incluso tras la adhesión de Polonia a la Unión en 2004. Éramos objeto de controles en las fronteras, mientras que, todos los demás, mejores europeos que nosotros, no tenían que presentar nunca el pasaporte. Nosotros hacíamos cola mientras ellos proseguían su camino, conscientes de la facilidad de viajar sin perder un segundo, gozando del importante ahorro que suponía y limitando los puestos de inmigración a las fronteras exteriores de la Unión.

La Europa con la que los polacos soñaban

Hoy en día, nosotros también disfrutamos de esos privilegios. Tras la incorporación de Polonia al espacio Schengen en 2007, quienes viven al oeste de Varsovia han ido abandonando el aeropuerto Frederic Chopin de la capital. Se tarda menos en llegar a un aeropuerto berlinés en coche y, dentro de poco, también se podrá llegar a Varsovia en avión desde Berlín antes que desde Poznan o de Szczecin.

Ha hecho falta Schengen para acercar las ciudades hermanadas de Cieszyn, en Polonia, y Tesin, en la República Checa. Schengen ha obrado el renacer de Pomerania, sumida antes en el letargo, así como de las aglomeraciones germano-polacas de Zgorzelec-Görlitz y Slubice-Fráncfort. He ahí, por fin, la Europa con la que soñábamos, dicen los polacos. Y a pesar de que los informes de la policía alemana atestiguan un aumento de la incidencia del robo de vehículos en las regiones próximas a la frontera con Polonia, los habitantes de la zona se muestran satisfechos: los alemanes venden más y los intercambios transfronterizos están en pleno auge.

Sin embargo, al este de las fronteras orientales de Polonia, Schengen se ve menos rosa. Antes del acuerdo, la región se beneficiaba de un floreciente comercio con ucranianos y bielorrusos. Hoy en día, esta edad de oro es cosa del pasado y, a menudo, El Dorado se reduce a un trabajo que permita, sencilla y llanamente, llevar una vida digna, con frecuencia la única opción en una de las regiones más pobres de la UE.

Algunos están dispuestos a todo por entrar en el espacio Schengen

Los detractores de la ampliación del espacio de Schengen temían la afluencia de inmigrantes del Este, una escalada de la delincuencia y la mendicidad de los gitanos en todas las aceras. Todos ellos, miedos manifiestamente infundados.Sin embargo, la UE ha tenido que enfrentarse a problemas de inmigración, tanto legal como clandestina. Todos los días, o casi todos, los diarios griegos (y, junto a éstos, los españoles, italianos y franceses) publican reportajes sobre quienes nunca llegaron a alcanzar la tierra prometida. Y sobre los detenidos en las fronteras de la UE, a menudo gracias al último grito en tecnología, como el detector de latidos cardíacos.

La atracción que ejerce el espacio de Schengen es tan poderosa que algunos están dispuestos prácticamente a todo: los pasajeros de un camión cisterna húngaro fueron descubiertos escondidos en cacao en polvo destinado a la fabricación de chocolatinas, mientras que un sin papeles afgano estuvo a punto de morir de frío entre el cargamento de naranjas de un camión refrigerado.El Parlamento Europeo ha adoptado una directiva por la que se establece un reglamento común a toda la UE sobre expulsión de inmigrantes ilegales. Los países tienen dos opciones: proceder a su regularización o a su expulsión. Los Estados situados en las fronteras del espacio de Schengen, como Polonia, se ven obligados a detenerlos y a deportarlos al país por el que entraron en la zona.

La vigilancia de fronteras y las patrullas de policía pueden dar el alto y realizar controles en cualquier lugar, a cualquier hora del día o de la noche. Las autoridades polacas de control de fronteras tienen competencia para perseguir a los delincuentes al lado alemán de la frontera y a la inversa. Los criminales ya no encuentran refugio tras ellas. El Convenio de Aplicación del Acuerdo de Schengen armoniza la cooperación policial, la política en materia de tráfico de drogas y de armas y la colaboración judicial y gubernamental en materia de extradición y de derecho de asilo.

Un billete al paraiso

En el Este, un visado Schengen es como un billete al paraíso (pese a considerarse también el nuevo muro de Berlín, esta vez erigido en una Europa democrática). Un billete difícil de conseguir: hay que justificar el objeto de la visita, demostrar que se tiene bastante dinero y un billete de ida y vuelta, entre otros. Los consulados, conectados entre sí gracias al famoso Sistema de Información Schengen (SIS), contrastan toda esta información. El proceso puede llevar varios días.

El consulado de Lviv, asediado por la mafia y cuyo sistema de registro piratean los hackers, es el servicio consular más solicitado de Europa. Debido a la mayor complejidad de los procedimientos de verificación, el número de visados expedidos por los consulados polacos se ha visto, sin embargo, reducido a la mitad desde la entrada de Polonia en el espacio Schengen. No obstante, este país hace gala de una generosidad relativa —si se compara con Francia, famosa por su régimen de concesión de visados sumamente restrictivo—, al denegar únicamente el 1% de las solicitudes. Ahora que pertenece a este espacio, Polonia ha dejado de ser el país de destino para convertirse tan sólo en un punto de tránsito hacia lugares más ricos: Alemania, Francia o Suiza.

En la opulenta Suiza, miembro de este club desde finales de 2008, las ventajas del tratado se ven algo eclipsadas por la afluencia masiva de romaníes procedentes de Rumanía y de Bulgaria, así como de albanos llegados de Serbia y Macedonia. De la noche a la mañana, en todos los chaflanes, en todos los puentes, en todos los tranvías y autobuses de Ginebra, han aparecido los mendigos y, con ellos, más residuos, suciedad y la impresión de que la seguridad se degrada. Los populistas suizos anti-Schengen querían prohibir la mendicidad y dar caza a los gitanos, así como a las prostitutas eslavas de piernas infinitas. Los cíngaros han recurrido a la justicia, que les ha dado la razón. Schengen ha ganado.