Vivimos una fase de tensión crónica entre la democracia y Europa, entre las aspiraciones de los electores y la exigencia de salvar el proyecto europeo. Una tensión que a veces logramos controlar y otras degenera en un conflicto abierto. La prueba más clara de ello es la fractura que desgarra la eurozona entre los países del Norte y los países del Mediterráneo.

Para controlar los mercados, tranquilizar a la opinión pública de los países del Norte y mantener su lugar dentro del club del euro, Italia se inventó un paliativo, una solución de urgencia: un Gobierno calificado de "técnico". Pero el reloj de arena es despiadado y nadie puede detener la cuenta atrás.

Por paradójico (y "políticamente correcto") que parezca, todo el mundo, o casi, tanto en Italia como en otros lugares, teme el momento en el que la "democracia" recupere sus prerrogativas, el momento en el que, en menos de un año, los electores expresen su opinión. ¿Por qué existe este temor a la democracia? Porque, con razón o sin ella, se ha extendido la idea de que todas las formaciones políticas entre las que se reparten los votos de los italianos son débiles e incapaces de insistir en las políticas de saneamiento que la crisis ha hecho necesarias.

Una lucha de promesas

Los partidos que apoyan hoy al Gobierno de Monti prometen que no anularán las reformas que éste ha emprendido. Pero ¿por qué deberíamos creerles? ¿Quién puede asegurar que la derecha, una vez que recupere el poder, no derogará al instante la Spending Review [ley sobre la racionalización de los gastos públicos] para reanudar la gestión de los fondos públicos por la que se ha caracterizado siempre?

¿Y por qué deberíamos creer a la izquierda cuando afirma que no abandonará el camino trazado por el Gobierno de Monti, cuando sabemos perfectamente que este camino no cuenta con el apoyo de los sindicatos y es impensable que la izquierda emprenda ninguna acción sin su respaldo?

El hecho de que se plantee la posibilidad de una "gran coalición" (es decir, un Gobierno de Monti bis) tras las elecciones, demuestra que estas mismas fuerzas políticas son totalmente conscientes de sus fallos.

Un proyecto específico

¿Cómo salir de esta situación? Existe una salida. Repleta de obstáculos y que se aleja de nuestras tradiciones. Por primera vez desde que existe la democracia italiana, las fuerzas políticas importantes podrían aplicar las prescripciones del "Manual del buen demócrata". En él se estipula que las campañas electorales no se llevan a cabo a base de promesas vagas, sino de proyectos específicos.

Un proyecto se considera específico cuando transmite claramente para qué servirá y para qué no. Un proyecto se considera específico si cuenta con el apoyo de algunos y suscita un clamor de protesta entre otros. Entre algunos ejemplos de posibles proyectos específicos, una formación política podría exponer a sus electores los siguientes: si ganamos las elecciones, en los treinta días posteriores a la toma de posesión del Gobierno, recortaremos esta cantidad en los gastos públicos de este sector y de este otro y aliviaremos la presión fiscal en esta misma cantidad. O incluso: si ganamos las elecciones, reduciremos a la mitad las transferencias entre el norte y el sur y acompañaremos esta medida con una supresión de las deducciones fiscales para las empresas del sur durante años.

Los partidos deberían proponer proyectos sobre los principales asuntos de interés general. En materia de sanidad, por ejemplo, ¿qué repercusiones tuvo la introducción del "coste estándar" de las prestaciones [que compara el coste y los resultados]? O, en el caso de la educación, ¿quién se atrevería a proponer una hoja de ruta detallada (a diferencia de las habituales palabras vacías) para imponer un poco de meritocracia? Ajustar la cantidad de las becas a la calidad de la enseñanza es técnicamente posible, si existe voluntad política.

Si las campañas electorales se llevaran a cabo de este modo, en cierto modo sería una victoria póstuma de Ugo La Malfa (hacer que el contenido prevaleciera sobre la ideología era el núcleo del credo del político republicano). Una "lamalfización" de las formaciones políticas constituiría una ruptura radical con la tradición.

No más campañas al estilo italiano

En Italia, las campañas electorales siempre se han realizado asociando posturas ideológicas contra el "enemigo" y con promesas imprecisas. La ideología (toda la serie de "ismos": anticomunismo, antiberlusconismo, etc.) sirve para consolidar las filas, las promesas vagas no disgustan a nadie y permiten llegar lejos. Pasar del método "ideología + promesas vagas" al método "proyectos específicos" sería toda una revolución: se traduciría sobre todo en cambios drásticos en materia de estilo político y de comunicación.

Por instinto, por cálculo, por tradición y también por experiencia personal, los políticos se disponen a lanzar su sempiterna campaña al estilo italiano. Pero esta vez, podrían equivocarse en sus cálculos. Tal y como demuestran los sondeos, el descrédito que sufre la clase política ha superado el umbral de alerta. Un cambio radical en el estilo de comunicación podría ser el único modo de salir de esta situación y además podría tener un efecto tranquilizador en el resto del mundo, que tiene la mirada fija en nosotros.

Lo que perderían al proponer proyectos susceptibles de irritar a sus posibles electores (con la consiguiente pérdida de votos), los políticos lo ganarían al forjarse una imagen de seriedad y rigor. Precisamente la falta de seriedad y de rigor es lo que todos reprochan actualmente a la clase política. Por no hablar de que con una campaña electoral basada en proyectos específicos opuestos, los electores podrían determinar cuáles son las fuerzas más creíbles para continuar la política de saneamiento.

La crisis mundial, como se insiste a lo largo del día, nos obliga a cambiar muchas de nuestras costumbres si queremos sobrevivir. Ha llegado el momento que la política también cambie las suyas.