Si los líderes de muchos países endeudados del mundo quieren ver qué es realmente la austeridad, quizá les gustaría visitar este país báltico de 3,3 millones de habitantes. Ante un déficit creciente que amenazaba con llevar el país a la bancarrota, Lituaniaredujo el gasto público en un 30%, reducción incluyó una rebaja drástica en los salarios del sector público, de entre el 20 y el 30%, y un recorte de las pensiones de un 11%. Incluso el primer ministro, Andrius Kubilius, redujo su sueldo en un 45%.

Pero el gobierno no se detuvo ahí y subió los impuestos de una gran variedad de artículos, como por ejemplo de los productos farmacéuticos y el alcohol. El impuesto de sociedades se elevó del 15 al 20%. El impuesto sobre el valor añadido pasó de un 18 a un 21%. El resultado neto en la economía del país fue un ahorro equivalente a un 9% del producto interior bruto, el segundo mayor ajuste fiscal en un país desarrollado, después de Letonia, desde que estallase la crisis financiera.Pero la austeridad se ha cobrado su precio, tanto a nivel social como personal.

Tras ver reducidas sus prestaciones sociales, los pensionistas inundaron los comedores sociales. El índice de desempleo pasó a tener dos dígitos, alcanzando el 14%, y la economía, ya inestable, mermó un 15% el año pasado. Sorprendentemente, buen número de estas medidas de austeridad se impusieron con el apoyo reticente de los sindicatos y los partidos de la oposición lituanos y todavía no han provocado el tipo de protestas que han tenido lugar en Grecia, España y Gran Bretaña mediante manifestaciones en plena calle y huelgas.

Objetivos para el 2014

Kubilius tiene muchos críticos tanto en su país como en el extranjero, de eso no cabe duda. Adoptar planes de austeridad en plena recesión es una medida que contradice el enfoque keynesiano, según el cual para luchar contra un receso económico hay que aumentar el gasto público. Ese fue el camino que eligieron la mayoría de los países. Pero Kubilius y su gobierno alegan que con un déficit presupuestario del 9% del PIB, una moneda fijada al euro y un mercado internacional de obligaciones en divisas reacio a conceder préstamos a Lituania, el gobierno no tuvo otra elección que mostrarle al mundo que podía imponer su propia devaluación interna recortando el gasto público, restaurando la competitividad y reclamando la buena voluntad de los mercados de obligaciones en divisas. Otra motivación fue adaptarse a los requisitos exigidos para ser miembro de la moneda única, algo que Lituania espera lograr en 2014.

Aparte de Irlanda, ningún país europeo se ha aproximado tanto al severo recorte de gastos de Lituania sin recibir la ayuda del Fondo Monetario Internacional. Irlanda aprobó el presupuesto más austero de la historia del país y los recortes en las pagas del sector público fueron una de las estrategias centrales de la reforma del gobierno. Al tiempo que las naciones europeas se preguntan cuál será el coste político y social si adoptan medidas para recortar el gasto público, Lituania ofrece un caso de estudio en tiempo real de los pros y los contras a nivel de la sociedad.

Al igual que Letonia y Estonia, Lituania se subió al tren de un auge impulsado por la banca y los bienes raíces a principios de esta década. La construcción llegó a dominar la economía y los bajos índices de interés estimularon el boom inmobiliario. Muchos lituanos contrataron hipotecas con tipos de interés bajos en monedas extranjeras. Con el inicio de la crisis, el precio de la vivienda se desplomó, la construcción entró en un punto muerto y en poco tiempo miles de personas perdieron sus puestos de trabajo y empezaron a dejar de pagar sus deudas. Monika Midveryte, una estudiante universitaria y su madre tienen que sacar adelante a su familia después de que su padre perdiese su trabajo en la construcción. Ahora, comenta, mi padre se sienta delante del televisor ahogando sus penas en alcohol. “No tiene esperanza”.

Suicidios en lugar de revueltas

La carga psicológica ha sido tremenda. El índice de suicidios ha aumentado en un país que ya batía récords mundiales: 35 por 100.000 habitantes, dice un experto local. Algirdas Malakauskis, un sacerdote de las iglesias de San Francisco y San Bernardino, también vive las consecuencias de la recesión en primera persona. Tiene que presidir un número cada vez mayor de funerales de personas que se ha quitado la vida.Ahora los feligreses acuden a él en busca de trabajo y sus padres ancianos, a quienes les han recortado las pensiones, están furiosos. Y sin embargo, al igual que mucha gente aquí, el sacerdote no acusa al gobierno. “Es evidente que están haciendo todo lo que pueden para mantener estable la situación”, dijo.

“Es posible que la estrategia de devaluación interna haya conseguido una estabilización a corto plazo, pero, ¿a qué precio?”, preguntó Charles Woolfson, un profesor de estudios laborales de la Universidad de Glasgow especializado en los países bálticos. El profesor Woolfson señala que el incremento de la alienación social en Lituania ha tenido como resultado el mayor incremento en emigración desde que Lituania entrase en la Unión Europea en 2004. “Entonces fue la emigración de la esperanza”, dijo. “Ahora se trata de la emigración de los desesperados”.

No hay mayor tótem a los excesos del frenesí prestamista que proporcionó a Lituania una de los mayores índices de crecimiento de Europa en 2007 que el reluciente complejo de oficinas del Swedbank. Terminado el año pasado, sus 16 pisos de altura monopolizan el modesto horizonte de Vilna.El Swedbank es el banco dominante en Lituania y sus préstamos agresivos a los compradores de primeras viviendas sigue siendo una cruz para muchos ciudadanos. En la recepción de la sede del banco, los banqueros reían y bebían cerveza en un bar bien surtido mientras escuchaban de fondo música rock. Nada que ver con los comedores sociales de las iglesias de San Pedro y San Pablo de Vilna, donde cada día hacen cola 500 personas para conseguir una comida gratis que consiste en sopa y crepes lituanas.