Al plantear el otro día la pregunta “¿Qué opina de los Juegos Olímpicos?”, una muestra aleatoria de personas dieron respuestas que incluían risas irónicas, las palabras “fiasco”, “desastre” y “Estado policial”, acompañadas de descripciones detalladas sobre cómo llegan normalmente al trabajo, cómo ahora les resulta imposible y lo infelices que se sienten.

“En resumidas cuentas, es un auténtico fastidio”, afirmaba Steve Rogers, jefe de obra, mientras daba una calada a un cigarro cerca de la estación Victoria. Comentaba que eran especialmente penosos los planes del metro (“absolutamente caóticos”), los cierres de carreteras (“una auténtica pesadilla”) y el hecho de que en lugar de crear trabajos en la construcción para los británicos, los Juegos Olímpicos habían generado empleos para “una panda de lituanos, rumanos y checos”.

Pero incluso en las mejores condiciones, el gimoteo, como llaman los británicos a esa queja permanente como respuesta por defecto a los retos de la vida, es parte del temperamento nacional. Como su actitud ante el tiempo, similar a la de Igor, el quejica y pesimista personaje de Winnie the Pooh y que es parte integral del carácter del país (“Empiecen a prepararse para las inundaciones”, aconsejaba hace poco el diario Daily Mail).

Pero incluso teniendo en cuenta esa exageración tradicional, el grado de sufrimiento que experimentan ahora es distinto. “Es algo superior y que va más allá del consuelo y el alivio que les produce a los británicos esa ligera queja”, comentaba Dan Hancox, un escritor freelance. “Los Juegos Olímpicos están generando activamente un antagonismo en la gente”. En Twitter, Hancox decía que para los londinenses, “es como si alguien estuviera celebrando una fiesta en nuestra casa, cobrando un precio altísimo por la entrada y a todos nosotros nos dejaran encerrados en el sótano”.

Una sensación general de desdicha

“La infraestructura del tráfico se ha paralizado hasta tal punto que nos están preparando para un conflicto militar”, comentaba en una entrevista. “Están diciendo a los negocios que hagan acopio de productos y aconsejan a la gente que se quede en casa, que no vayan a ningún lado, que no viajen en metro, que se queden en el sofá, como si fuera por nuestra propia seguridad. En las calles se ha desplegado un ejército. Nos están poniendo en pie de guerra y no es algo con lo que, tras 60 años de paz, los británicos se sientan a gusto”.

Los medios de comunicación también han contribuido a la sensación general de desdicha. El diario Daily Mail ha publicado artículos en los que destacaba que aún no se habían vendido cientos de miles de entradas, que a nadie le interesa ver a las mujeres jugando al fútbol y que algunas de las rutas para la competición de bicicleta de montaña no estarán acabadas a tiempo. “Los problemas de seguridad podrían causar estragos en los espectadores”, afirmaba el periódico esta semana, junto a un artículo con el titular “El sistema de transporte de Londres vuelve a fallar”.

Muchos londinenses sienten que se están llevando la peor parte de los Juegos Olímpicos (el coste, el caos, las autoridades diciéndoles que no hagan cosas o que no vayan a sitios), sin poder aprovecharse de ninguna de las ventajas. La empresa de seguridad contratada por el Gobierno a un precio desorbitado ha demostrado ser absolutamente incompetente; los responsables de la marca de los Juegos Olímpicos dejaron claro que, excepto los patrocinadores oficiales, nadie podría aparecer para sacar partido de los Juegos Olímpicos.

“Es como vivir en un Estado policial”, comentaba la propietaria de un negocio y explicaba que su empresa quería haber iniciado una campaña en las redes sociales relacionada con los Juegos Olímpicos, pero que los abogados les advirtieron de que podrían denunciarles y multarles si empleaban las palabras “Juegos Olímpicos”. “Por eso no se ve ninguna referencia a los Juegos Olímpicos en los escaparates ni en las calles: la gente tiene demasiado miedo”, comentaba.

Bienvenidos y hasta luego

Y además: ¿qué va a pasar si no deja de llover? A pesar de vivir el verano más lluvioso desde que se tiene constancia, caracterizado por aluviones e inundaciones, las autoridades siguen diciendo que esperan que deje de llover antes de que comiencen los Juegos Olímpicos. No existe ningún plan de contingencia: el Estadio Olímpico, donde tendrá lugar la ceremonia de inauguración, no tiene techo.

Sebastian Coe, presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos, afirmó esta semana que algunos de los lugares en los que se celebrarán competiciones olímpicas fuera de Londres estaban “anegados” y aconsejaba a los espectadores que llevaran impermeables y botas de goma. “Permítanme recalcar la obviedad de que somos un país al norte de Europa”, decía Coe a los periodistas.

Caminando cerca de la estación Victoria, Linda Vaughn, de 68 años, comentaba que estaba perpleja ante el bombardeo de mensajes aparentemente contradictorios, como si quisieran decir: bienvenidos a los Juegos Olímpicos y ahora, por favor, márchense.

“No paran de decirnos que ‘nos adelantemos a los Juegos Olímpicos’” decía, refiriéndose al programa de la ciudad para convencer a la gente de que haga planes de viajes alternativos. “Pero sigue siendo un misterio dónde se supone que debemos irnos, porque en Londres está todo paralizado incluso en el mejor de los días”.