Cuanto mayor sea la integración europea, más se perjudica a la cultura y la identidad nacionales. Este es, en resumen, el temor de los euroescépticos. Pero implícitamente, también es la esperanza de los federalistas: cuanto más sólida sea la identidad europea de los ciudadanos, mejor.

Sin embargo, una mayor cooperación europea no amenaza la identidad nacional. No es cierto. Así lo demuestran todos los sondeos: independientemente de la región, los ciudadanos se identifican en primer lugar con su propio país y luego, en una escala bastante inferior, con Europa.

Como es evidente, esto varía según el país y la pregunta planteada, pero el sentimiento de apego es claro en todo momento. En primer lugar, el país, y luego Europa. Según el Eurobarómetro de 2010: “La mayoría de personas encuestadas se sienten sobre todo vinculadas a su propio país (…) Y esto ocurre en todos los Estados miembros de la UE”.

Durante el último decenio, se ha demostrado que no tenía validez la idea de que la política (más participación democrática, un parlamento europeo más fuerte), la educación (programas de intercambio, clase de historia europea en los centros educativos) o la cohesión social (aumentar la cohesión de los países europeos) podrían contribuir a la identidad europea. Aunque a algunos funcionarios de la UE les guste pensar lo contrario, la tendencia es más bien a la inversa.

No existe una “identidad heterogénea”

En el Eurobarómetro se afirma: “Los factores que determinan la identidad nacional han cambiado desde 2009. Cada vez tienen menos peso los conceptos subjetivos (el sentimiento, la pertenencia, la fe) y más otros conceptos concretos y objetivos (el lugar de nacimiento, el lugar en el que se ha crecido, el idioma, los derechos cívicos)”.

Ante estas observaciones, hay que hacer dos comentarios. En primer lugar, que un concepto no excluye al otro: una sólida identidad nacional puede ser compatible con una identidad europea. Es lo que ocurre en muchos países de Europa del Este. En ellos, la mayoría siente que son también europeos. Lo mismo ocurre en Italia y en Bélgica. En segundo lugar, la crisis ha reforzado el sentimiento de unión, aunque se trate más bien de una solidaridad en tiempos de crisis que de una verdadera identidad. No se trata en absoluto de una “identidad heterogénea”.

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