La política termina con el agotamiento. El fin de la era del Nuevo Laborismo está grabado en el rostro arrugado de Gordon Brown. Todo cuanto queda de la energía y la excitación que llevaron al partido al poder hace 13 años es el mantra de que los conservadores de David Cameron lo echarían todo a perder. Las elecciones generales del jueves todavía no han tenido lugar. Hasta que se cuenten los votos, el primer ministro se aferrará a la esperanza de que ocurra algo inesperado. Tal vez los liberaldemócratas de Nick Clegg rompan el duopolio político del Reino Unido, o al menos priven a Cameron de una mayoría de gobierno. Tal vez, sólo tal vez, el Partido Laborista podría seguir gobernando en coalición.

Tres legislaturas es mucho tiempo para cualquier gobierno, se oye decir a los ministros. La longevidad en el gobierno les quita a los políticos el beneficio de la duda. La confianza pública se debilita. Cualquier partido habría tenido problemas para ganar una cuarta legislatura. Hay algo de verdad en todo esto, como también en la defensa de que el primer ministro es un político que no sale bien parado en la época de la prensa instantánea. Carece del carisma fácil y la fluidez que requieren la televisión, Internet, Twitter y demás. Brown ha reclamado un debate de fondo. Es triste reconocer que hoy en día el fondo y la forma son inseparables. Pero los ministros no deberían llamarse a engaño. La inminente caída del Nuevo Laborismo es algo más que un cambio natural de guardia política: la fatiga y los excesos han tenido algo que ver en ella. Pero lo que ha condenado a la administración Brown al fracaso ha sido la ausencia de una idea que articulara su proyecto.

La estrategia vacía de Gordon Brown

Al comienzo de la campaña, había un debate interno entre los colaboradores de Brown acerca de cómo contrarrestar la apuesta por el cambio de Cameron. Estaban por un lado quienes querían elaborar un programa para la cuarta legislatura del Nuevo Laborismo, y por el otro, los que optaban por concentrarse en los peligros de un gobierno tory.Llegado el momento, el segundo grupo se llevó el gato al agua. El “peligro” tory se impuso al futuro laborista. El mensaje de Brown ha girado casi exclusivamente alrededor del plan de Cameron de introducir recortes en los servicios públicos para satisfacer un deseo ideológico de un gobierno pequeño. De acuerdo con este relato, los conservadores arruinarían la recuperación y desmantelarían el estado del bienestar. El problema de este enfoque es que dice tanto del gobierno como de la oposición. A pesar de todos sus recelos ante los conservadores, los votantes no han escuchado ninguna alternativa creíble.

Cuando Brown obligó a Tony Blair a salir de Downing Street en 2007, en su entorno se habló mucho de un nuevo enfoque del gobierno. Se dijo que el dramatismo y las grandes apoteosis de la era Blair darían paso a una línea de gobierno tranquila y competente. “No es Flash”, decían los acólitos del primer ministro, “sólo Gordon.”Resultó sin embargo que Brown no tenía nada parecido a un proyecto articulado. Parecía como si echar a Blair hubiera sido objetivo suficiente. Se bajaron las cortinas sobre el proyecto del Nuevo Laborismo de casar la conciencia social con la ambición y la capacidad de decisión, pero apenas se ofreció nada que poner en su lugar.Durante un tiempo, la crisis financiera global llenó el vacío estratégico. No fue ningún accidente que el momento de mayor peligro para el sistema bancario internacional conociera al Brown más eficaz. Pero la crisis también animó una deriva hacia los instintos estatistas que el laborismo había descartado en las décadas de 1980 y 1900.

David Cameron, ¿tiene algún plan?

No pretendo decir con esto que Cameron haya realizado una campaña convincente. Incluso aunque el líder tory fuera primer ministro el viernes por la tarde, tal y como él espera, el fracaso de su campaña habría sido tan notorio como el aumento del apoyo a Clegg —dos tendencias que se han reforzado mutuamente—.Curiosamente, las dudas generadas por Cameron no son ajenas a las dudas generadas por el actual primer ministro. Si Brown ha sido incapaz de mostrar una línea de gobierno articulada, el líder tory no ha logrado ofrecer una agenda convincente desde la oposición.

La gran idea de Cameron (la Gran Sociedad) ha parecido demasiadas veces un oportuno velo bajo el que ocultar la división interna de su partido. En un lado están los que anhelan las certezas del Estado pequeño del thatcherismo de la década de 1980; por el otro, los tories del grupo One Nation, que piensan como Cameron que el Estado no es sinónimo de la sociedad. Mis colegas me dicen que nada de esto importará si el líder conservador se convierte en primer ministro. Una vez en el gobierno, Cameron dispondrá del poder y del margen de acción necesario para definir su propia agenda de gobierno. A falta de otra cosa, el imperativo de comenzar a sanear las finanzas públicas ofrecerá un eje articulador suficiente.Por mi parte, no estoy tan seguro. La promesa de un gobierno de “efectividad tranquila” formulada este fin de semana por el líder de los conservadores contenía extraños ecos de las promesas hechas por Brown en otro tiempo. Seguimos sin saber si Cameron tiene un plan.