El Volvo acelera y toma Amiralsgatan, la carretera que atraviesa el barrio popular de Rosengard, el "jardín de rosas" de Malmö. La música griega que invade el habitáculo contrasta con la tímida primavera sueca. Andreas Konstantinidis pasa por una serie de puestos de Kebab y falafels con inscripciones en árabe, luego atraviesa una pequeña avenida bordeada con árboles y se detiene. Más allá de la pequeña valla de madera, rodeada por tres edificios de viviendas de protección oficial, se ve el pequeño campo en el que Zlatan Ibrahimovic dio sus primeros toques a un balón. En los alrededores tan sólo se ven a mujeres con velo que entran en sus hogares con la compra.

No hay ni un día sin enfrentamientos entre inmigrantes y policía

Andreas Konstantinidis es el presidente de lo que aquí se denomina el gueto de la nueva Suecia multiétnica. Llegó a Malmö en 1974, el año de la invasión turca en Chipre. Conoce una a una sus calles, sus edificios y las historias de la difícil integración de sus 23.000 habitantes de 170 nacionalidades distintas, con una aplastante mayoría de inmigrantes de países que son presas de la guerra y otros conflictos: Irak, Afganistán, Palestina, Somalia. El porcentaje de habitantes sin empleo roza el 90%, que se las arreglan gracias a las famosas ayudas sociales escandinavas.

Los actos violentos producidos a finales de abril no son una novedad: entre el 28 y el 29 de abril, un grupo de jóvenes del barrio con el rostro cubierto la emprendió con colegios, kioscos, papeleras y coches, para protestar contra la detención de uno de ellos. La rebelión sólo se calmó tras la intervención de la policía.No pasa ni un solo día en el que los periódicos no informen de enfrentamientos con la policía y de tensiones entre las minorías de inmigrantes y la mayoría, cada vez más limitada, de suecos de pura cepa (180.000 personas de un total de alrededor de 270.000 habitantes).

Los diarios señalan que el origen de las tensiones se encuentra el hecho de que la mayoría de los extranjeros son refugiados políticos. Es decir, no han venido a Suecia para buscar una vida mejor, sino que sólo están aquí por necesidad y han acabado exportando a este territorio apacible los conflictos que incendian países lejanos.

Una ciudad post-industrial convertida en esquizofrénica

¿Cuál es la solución? En su pequeño despacho del ayuntamiento, Mattias Karlsson, de 33 años, miembro de la dirección nacional del Sverige Demokaterna, una especie de Liga Norte al estilo sueco, es contundente: "Hay que bloquear la inmigración, es la única manera. Las estadísticas oficiales, que ya son preocupantes, ocultan el dramático panorama de Malmö. No dicen, por ejemplo, que los niños nacidos de padres suecos se han convertido en una minoría con respecto a los que tienen un progenitor o los dos nacidos en el extranjero. En la función pública, se ha contratado a un gran número de personas por el solo hecho de que hablan árabe. En las piscinas se organizan cursos separados para hombres y mujeres. La celebración de las fiestas de Navidad está a punto de perderse, por miedo a discriminar a la población musulmana. Por no hablar de los delitos, de los cuales el 90% los cometen extranjeros y en los que el 90% de los casos las víctimas son suecas".

Karlsson no oculta las intenciones de su partido: "En las elecciones del próximo septiembre, superaremos la barrera del 4% y accederemos al Parlamento. En Malmö ya contamos con el 7,5% y esperamos duplicar los votos". El hecho es que, como ocurre en numerosas ciudades postindustriales, Malmö parece llevar una vida esquizofrénica, llena de miedos alimentados por una buena dosis de populismo fácil, pero también por las numerosas expectativas. Por una parte, los ingresos generados por la industria, empezando por la industria portuaria, han descendido en los últimos cuarenta años del 50% al 12%, por otra, el gran impulso de la inmigración ha contribuido a rebajar la edad media de la población hacia niveles que hacen soñar al resto de Europa y han hecho que Malmö alcance el estatus de ciudad joven y moderna.

Muchos judíos tienen miedo y se van a vivir a Israel

"Es cuestión de opiniones" admite Kent Andersson, alcalde adjunto socialdemócrata de Malmö, antes de explicarse: "Como en todos los grandes cambios, el que vive actualmente Malmö tiene una parte positiva y otra negativa. Lo sé porque presento las estadísticas sobre la edad media de los habitantes. Los profesores universitarios están entusiasmados: ’Qué suerte, tienen el futuro asegurado'. Pero si hablo con un policía, estoy seguro de que sacudirá la cabeza y le diré 'Le compadezco. Debe de tener un gran índice de delincuencia juvenil'. Los dos tienen razón, pero pienso que es mejor tener todos estos jóvenes para educarles, independientemente de las dificultades para integrarlos, que no disponer de una población joven, como ocurre en Dinamarca".

Es cierto, es cuestión de opiniones. Por su parte, Andreas Konstantinidis se niega a quedarse parado: "Un gran número de los habitantes de Rosengard no se sienten suecos y no quieren serlo. Quizás haya que invertir más medios en educación para hacerles cambiar de idea. Ahora bien, personalmente creo en el modelo de este país y estoy seguro de que acabarán teniendo éxito, como he hecho yo mismo". Entre los 2.000 miembros de la comunidad judía, muy pocos comparten su opinión: "Qué iluso. Malmö se ha convertido en una provincia de Oriente Próximo. Amenazan de muerte a nuestros estudiantes. Cuando vamos a una clase para hablar del Holocausto, los extranjeros salen porque se niegan a escucharnos. Muchos de nosotros ya han hecho las maletas y han vuelto a Israel".