¿Existe realmente Europa Central?

Depende del punto de vista. Si se aplica un enfoque rígido, combinando historia y geopolítica, resulta difícil distinguir claramente Europa Central. En cambio, un enfoque más matizado, es decir, cultural, permite descubrir sin problema una realidad de este tipo. El concepto de Europa Central es una especie extremadamente salvaje. Hay que saber manejarla. No tiene frontera, ni imperio, ni territorio, pues todos ellos son motivo de disputas y de histerias, contrariamente a lo que ocurre con la cultura, que incluso en sus versiones más básicas (por ejemplo la culinaria) contribuye a unificar, enlazar cosas distintas y buscar puntos de contacto.

¿Quiere decir que el concepto de Europa Central remite únicamente a un cierto ambiente cultural, o también cabe atribuirle un territorio específico?

Se acostumbra a decir que está ligado ante todo a un cierto ambiente, pero pienso que también debe hablarse de territorio. Es preciso atribuirle unos contornos precisos, tanto temporales como geográficos. Si no, se convierte en algo etéreo. Pienso que el territorio puede delimitarse del siguiente modo: Múnich al oeste, Szczecin y Gdansk al norte, Vilnius al este, Novi Sad y Trieste al sur... Europa Central es concebible sin Alemania, pero no sin los alemanes y menos aún sin la lengua alemana, cuya presencia en este espacio fue, desde un punto de vista cultural, obligada en el pasado.

¿Cómo describiría usted el espíritu centroeuropeo a un extranjero?

Lo definiría sobre todo de forma negativa. Le diría que es diferente del espíritu propio de Europa Occidental, cuyas tradiciones están bien arraigadas, pero también del de Europa Oriental (principalmente Rusia). A caballo entre el orden occidental, la civilización y el Asia naciente, que según Metternich comenzaba en la ruta oriental que lleva de Viena a Rennweg. También le explicaría que el concepto ha resistido a grandes adversidades políticas. Añadiría finalmente que Europa Central está íntimamente ligada a la experiencia del exilio. En los años 80, exiliados como Milan Kundera [nacido en Checoslovaquia, afincado en Francia desde 1975] y Czeslaw Milosz [1911-2004, poeta y novelista polaco, con nacionalidad norteamericana, premio Nobel de Literatura en 1980], para quienes resultaba inaceptable que se nos considerase una provincia soviética, se interrogaron mucho sobre el significado del concepto de Europa Central. Hablaron de “historia robada” o incluso de “occidente secuestrado”.

En los años 90 volvimos al seno de Europa, pero en cierto modo nos olvidamos de volver a Europa Central. Hay entre nosotros una problemática muy viva: la del muerto en el armario. Consideren por ejemplo el caso de Péter Esteráis [escritor húngaro] y su novela Harmonia Caelestis, en la que habla con gran admiración de su padre. Tras su publicación, se reveló que su padre había colaborado con la policía comunista. El escritor se vio obligado a dar cuenta de ello [en la versión revisada del libro]. En Europa Central, es recomendable no correr demasiado a celebrar o elogiar nada, y por lo tanto no escribir ninguna novela antes de que los archivos hayan hablado.

Escuchándole, tengo la impresión de que Europa Central es algo ligado al pasado, a un tiempo que ya no existe...

Siempre ha sido más o menos así, en todo caso desde 1918. Europa Central siempre ha estado bañada en la nostalgia del pasado, de la época austrohúngara ante todo, pero también de la época anterior a Yalta. O bien nos desolamos pensando nostálgicamente en el pasado, o bien soñamos imaginando el futuro. Erhard Busek [político austríaco muy implicado en cuestiones centroeuropeas y balcánicas] dijo que el término Europa Central significa un rechazo del status quo, una revuelta contra lo que llaman la realpolitik. Se trata de una suerte de presencia diferida.

Hoy en día, el término “Europa Central” se utiliza sobre todo para indicar que no se pertenece a Europa Oriental. ¿Está usted de acuerdo?

Sí, pero no es algo propio de la época actual. Así, desde 1989 el término ha servido a los eslovenos, los croatas, los habitantes de la provincia de la Voivodina [en Serbia] y también a algunos serbios para sugerir una “salida de los Balcanes”. También he encontrado a bielorrusos que buscaban en Europa Central el medio de distanciarse de Lukashenko, es decir, de romper los lazos con el Gran Hermano del Este, un medio de encontrar rápidamente una identidad de recambio y una nueva vía geográfico-cultural...