La fiesta no ha estado nada mal, ¿verdad? Hemos vivido quince días fabulosos en los que Gran Bretaña ha demostrado que seguía siendo un país con peso en el mundo, con los que ha echado por tierra los estereotipos derrotistas que han dominado el discurso de la opinión pública en los últimos años y ha mostrado al mundo el verdadero rostro de nuestra nación multicolor.

Ahora viene la resaca. A medida que se desvanecen con el tiempo los recuerdos de las hazañas épicas de Mo, Bradley y Jess, debemos volver a regañadientes a la dolorosa realidad de un país sumido en el pesimismo económico, maltrecho por la crisis del euro y atrapado en las arenas movedizas del sofocante estancamiento.

Pocos sentirán más dolor que David Cameron, pues las grietas en su coalición son cada vez más profundas, las críticas se hacen cada vez más sonoras y su partido se encuentra por detrás de los laboristas en las encuestas. No le ayuda en absoluto la idiotez de los que supuestamente le apoyan, tanto los liberal-demócratas que se han propuesto demostrar que la política de coalición no funciona en Gran Bretaña, como los de derecha, que se esfuerzan al máximo para que los conservadores británicos vuelvan a la impotencia de la oposición.

Aumento del coste de la vida e inseguridad laboral

Habrá una remodelación, por supuesto, aunque, a diferencia de sus predecesores, un aspecto admirable de este Gobierno ha sido su negativa a cambiar de ministros cada vez que arremete una sacudida.

La cuestión clave para los votantes es la economía, pues los británicos tienen que luchar contra el aumento del coste de vida y la inseguridad laboral. Este año hemos visto cómo se frustraba el proyecto de modernización de los conservadores, en primer lugar por la mala gestión de las reformas sanitarias, lo que socavó la idea de que al partido se le podían encomendar los servicios públicos y luego por el inepto presupuesto, que ha acabado con la idea de que todo el mundo se sacrificaría, pues recortaba de forma estúpida los impuestos a las grandes fortunas.

Ahora la coalición parece un caos, con los liberal-demócratas retorcidos por el miedo tras todos sus fracasos y los conservadores que parecen divididos, gracias a las estridentes voces en la derecha. La economía tampoco se reactiva y la posible cancelación de los cambios en los distritos electorales, que habría hecho que el sistema electoral fuera más justo, reduce aún más las posibilidades de una victoria conservadora en 2015. Puede que el panorama no sea desesperado, pero no es nada prometedor.

Las personas marcan la diferencia

Si el Gobierno pudiera embotellar el espíritu olímpico, se resolverían sus problemas. Cabe recordar que la visión de esos políticos tan ridiculizados fue lo que nos ha traído al país los Juegos y lo que ha garantizado que fueran un éxito. De igual modo, pocos han sido los que no han reconocido la función vital que han desempeñado los 70.000 voluntarios, con cuya amabilidad y buen humor han estado a la altura del apodo de "Games Makers".

Deberían servir de inspiración a Cameron para que fuera atrevido y fiel a sí mismo y volviera las temáticas de la Gran Sociedad. Su idea fundamental era el poderoso concepto de las personas que se unen para hacer realidad su futuro, en lugar de depender del Estado.

Esto es precisamente lo que hemos vivido: personas normales, muchas de minorías étnicas, que han ofrecido una visión positiva, progresista y potencialmente transformadora de Gran Bretaña. Cabe destacar de nuevo que ante las predecibles peleas políticas sobre las instalaciones deportivas y las clases de educación física, nuestros medallistas elogiaron a los profesores y a los entrenadores que les inspiraron para lograr la victoria, y no los lugares en los que aprendieron a correr, a montar a caballo o a remar. Las personas son las que marcan la diferencia en el mundo, no los edificios ni las instituciones.

Actualmente, las palabras "Gran Sociedad" [una iniciativa que el Partido Consevador promovió en 2010 para conferir más peso al pueblo] producen risas nerviosas en los círculos gubernamentales. Pero Cameron tiene que ser valiente si quiere estar en Downing Street cuando se celebren los Juegos Olímpicos en Río.

La fortuna favorece a los valientes

Los pronósticos no son buenos y por ello debería gobernar como si cada día fuera el último, decidido a realizar cambios profundos para mejorar, en lugar de basarse en los cálculos superficiales que han erosionado la fe en su Gobierno.

Debe volver al "maoísmo" de los primeros meses de su Gobierno. Esta vez, debe centrarse con determinación en la economía, en la difícil situación de los jóvenes, en la necesidad de más vivienda y en garantizar que el Estado del bienestar con problemas de liquidez se concentra en los que más lo necesitan en lugar de las clases medias, por muy alto que griten. Los servicios públicos deben reformarse en función de las necesidades de los usuarios, no de los productores, por muy serias que sean sus amenazas.

Por último, Cameron debe ser claro sobre lo que está haciendo y por qué lo hace. Se ha notado con demasiada frecuencia una cierta indecisión a la hora de expresar qué intención tiene el Gobierno, que ha servido para que sus enemigos hayan podido dirigir el debate. Un nuevo proyecto de ley laboral sustituirá la poco lamentada cancelación de la reforma de la Cámara de los Lores. ¿Se venderá como una misión para acabar con la maldición del desempleo y para ayudar a los jóvenes a disfrutar de las oportunidades que damos por sentadas, o se considerará una capitulación de los conservadores ante las demandas de las empresas?

La respuesta a estas preguntas ayudará a determinar el resultado de las próximas elecciones. Sólo hay una cosa clara, como hemos podido comprobar durante estos gloriosos Juegos Olímpicos: la fortuna favorece a los valientes.