Es impresionante la fuerza que ejerce la estupidez en la vida de los Estados europeos y en la Unión Europea. La crisis económica que comenzó en 2007 tendría que haberles incitado a actuar con un poco más de inteligencia, tendría que haberles convencido de que el tiempo de incertidumbre había acabado, que la política tenía que volver a ser prioritaria y que por fin había llegado el momento de un gobierno europeo. Pero ha ocurrido todo lo contrario. Podríamos decir que no han aprendido nada con la crisis, a pesar de los enormes gastos a los que ha hecho frente la Unión.

Se destinan cantidades ingentes de dinero y en cada país se elaboran planes de sacrificios dolorosos, pero lo que prevalece es la estupidez. A Europa lo que mejor se le da es hacer la tontería de "mantener la sonrisa a toda costa". El euro vacila cada vez más, pero los jefes de gobierno fingen satisfacción y se creen que impresionan a los mercados con su buen humor. No pronuncian ni una sola palabra sobre la tempestad actual, para no tener que hablar de sus responsabilidades y esperan que milagrosamente, los mercados se calmen. Mientras esperan, pagan, que no está mal, pero pagar no es lo único que se supone que tienen que hacer. Creen que han hecho política, de una vez por todas, que han ejercido el liderazgo con el Tratado de Lisboa y organizando algunas cumbres con los gobiernos más importantes.

El único aspecto positivo de la crisis es que, de repente, los gobiernos han dejado de emprenderla con los eurócratas de Bruselas. En su fuero interno, saben perfectamente que si en el mundo consideran a Europa como una empresa amenazada de muerte, la culpa recae en los Estados y en los políticos nacionales. En muchas ocasiones el estúpido se oculta tras la máscara del pragmático, del moderado, pretende dominar el arte fecundo de la desilusión y haber adquirido una visión aburrida sobre las cosas.

Reino Unido es experto en este arte de la aparente desilusión, moldeado en realidad con ilusiones y ensoñaciones: la ilusión de poder arreglárselas solo, como nación heredera de un imperio y la ensoñación para ocultar la realidad y llenar el vacío dando prioridad a la agitación ante la acción. Lo único que hacen los liberaldemócratas de Nick Clegg es retroceder en su lucha europeísta, con el objetivo de crear un gobierno joven, fotogénico e incluso risueño con el líder conservador antieuropeo David Cameron. El colmo fue el día del acuerdo de gobierno, cuando Graham Watson, diputado liberal en el Parlamento Europeo, declaró a la BBC: "Sobre Europa, no hay problema". Y añadió que durante un tiempo, ni se prevén ni se desean otras transferencias de soberanía.

Sin embargo, es precisamente ahora cuando serían necesarias nuevas transferencias de soberanía, para que Europa se convierta por fin en un sujeto político creíble (ante los mercados, los Estados, ante China, ante India); y precisamente ahora, los dirigentes dicen, como si un segundo y un tercer mendigo viniera a pedirles algo: "Ya hemos dado una limosna". Y sin embargo, casi todos los días la evidencia se manifiesta de forma flagrante: la crisis que atravesamos y los sacrificios que se pedirán a los ciudadanos son de tal magnitud, que si no se realizan transformaciones decisivas en la Unión, no queda mucho que esperar.

En cuestión de economía, Europa goza de mejor salud que Estados Unidos. Pero éstos no morirán porque constituyen un sistema político federal y por lo tanto, un sujeto visible. Tras el euro se encuentra una armadura, pero dentro de ésta no hay ningún caballero. Es como si Europa no tuviera en su bagaje una gran cultura de escepticismo hacia los mercados y el dominio de la economía; una cultura que ha generado guerras fraticidas pero que además ha sabido defenderse inventando la democracia, la separación de los poderes, la autonomía de la política, el Estado del bienestar. Una cultura que en el periodo de posguerra dio a luz a una unión de Estados conscientes de sus propios límites y decididos a unir antiguas soberanías. Una unión que, entre otras cosas, ha protegido el Estado de bienestar para acabar con el avance los extremismos que había desencadenado en el siglo XIX la cuestión social. Es como si nuestra historia no hubiera sido, en contra de la dominación del mercado y de la economía, una larga tradición que va desde las visiones éticas y políticas de Condorcet y Adam Smith a las propuestas sociales y políticas de Beveridge y Keynes. Pero desde el siglo XVIII Europa ha generado en este ámbito una serie de ideas que hoy se han olvidado.

El euro nació con este vicio fundamental. El mercado y los bancos lo eran todo y el gran demiurgo estaba en Francfort [sede del Banco Central Europeo]. La política se destinaba a garantizar la libertad necesaria para asegurar las operaciones financieras. La armonía se impondría de forma espontánea, no era urgente pensar en lo peor. Pero ocurrió lo peor. Lo estamos viviendo. Podemos hacer como si no existiera y llamar a la ficción pragmatismo. Pero el pragmatismo sin una transformación en Europa no es pragmatismo, ni tampoco es desilusión. Es una ideología con aspiraciones hegemónicas extremadamente fuertes. Y cuando se une a la pereza, tiene la fuerza de la estupidez. La fuerza de anular las nuevas y necesarias transferencias de soberanía, según los deseos de los británicos o del Tribunal constitucional alemán. Tiene el poder, sin duda gratificante pero también tan inútil, de los que concentran sus esfuerzos en "el mantenimiento de la sonrisa a toda costa", mientras que la economía se desploma sobre las sociedades y las democracias y acaba con ellas.