¿Hablar de humor alemán es misión imposible? Sigue existiendo el estereotipo del teutón carente de sentido del humor. Es algo que incluso se refleja en la literatura. El famoso periodista y escritor alemán Kurt Tucholsky escribía lo siguiente en 1919: "Cuando un alemán cuenta un buen chiste político, la mitad del país se siente ofendido". Pero no teman, porque también existe un humor alemán. Y si a veces parece que es menos accesible al extranjero, es porque... es muy organizado.

El humor alemán posee su propio templo: el Kabarett. Esta tradición, que se remonta a comienzos del siglo XX, sólo posee un vínculo lejano con el cabaret francés, del que toma su nombre. En el Kabarett alemán, no hay ni chicas desnudas ni bailes, sino un escenario de teatro con poca decoración, dedicado a la sátira política. Durante el espectáculo, uno o varios actores representan escenas, a veces acompañados de canciones.

La diferencia con los espectáculos puramente humorísticos es que en el Kabarett alemán siempre se habla de política o de los problemas sociales. Cada gran ciudad dispone de uno o varios teatros dedicados al Kabarett, que también se encuentra presente en la televisión.

Humor planificado

La tradición es tan fuerte, que sobrevivió a las dictaduras alemanas del siglo XX. El Kabarett, que fue muy popular en los años veinte y se prohibió durante el periodo nazi, reapareció con fuerza en la posguerra y consiguió la hazaña de mantenerse bajo el régimen de Alemania del Este. "No existe ningún otro ejemplo de dictadura que haya pagado a actores para que se burlen del régimen", explica Dirk Neldner, director del Distel ("El cardo"), el Kabarett más famoso de Berlín del Este. Su primer espectáculo, realizado en 1953, se titulaba: "¡Hurra! ¡Por fin el humor se planifica!".

Aunque la mayoría de actores fueran mordaces con el régimen comunista, seguían beneficiándose de los subsidios del Estado. ¿El motivo? El arraigo profundo de la sátira en la cultura alemana como una forma antigua de "higiene política". Al igual que el carnaval de Colonia, donde desde hace doscientos años las carrozas decoradas se burlan durante todo un día del clérigo o los políticos, el Kabarett es un lugar donde la gente puede expresarse y compartir sus críticas hacia los poderosos.

"Reírse juntos"

A partir de esta tradición, Dirk Neldner destaca una característica del humor más allá del Rin. "Los alemanes necesitan ir a un sitio para reírse juntos", opina. Una teoría que no comparte Werner Doyé, realizador de "Toll!" ("¡Genial!"), un programa de sátira política semanal que emite la cadena ZDF: "Durante la dictadura, reírse en el Kabarett aportaba seguridad, lo que no quiere decir que la gente no se burlara de puertas adentro, en sus casas", comenta.

"El estereotipo del alemán serio procede del hecho de que la escena humorística se ha tenido que enfrentar durante mucho tiempo al respeto a la autoridad; en Alemania había muchos temas prohibidos, a diferencia de Inglaterra, por ejemplo. Hoy ya no es así". La prueba: ¿Qué hace Angela Merkel con sus viejos hábitos? Los sigue llevando.