En Rumanía, abundan los bancos y las iglesias, como en Italia. Y por todos lados se encuentran amanet, las casas de empeño, así como innumerables farmacias, a pocos metros unas de otras: no es un buen síntoma. La esperanza de vida media de los rumanos (de 74,2 años) es ocho años inferior a la de los italianos. Aquí la gente no se cuida e intenta poner freno a sus enfermedades con medicamentos. Las recetas médicas tienen una validez de tres meses: entre la fecha de prescripción y la de compra, se aprietan un poco más el cinturón. Muchos médicos y enfermeras emigran. En el sector de la sanidad, en todos los niveles, la corrupción se encuentra omnipresente. Los sueldos son irrisorios, las pensiones lamentables.

Los pacientes se presentan en el hospital con pequeños paquetes de billetes destinados a cada persona con la que se encuentran: la recepcionista, la enfermera, el camillero, el médico, hasta el anestesista, al que el enfermo espera desnudo en la camilla, agarrando en la mano los indispensables lei, antes de que le duerman para operarle.

La corrupción está en todas partes: en el colegio, en la policía, en el comercio, en el fisco, en los concursos públicos y, sobre todo, entre los políticos. Estos han privatizado a diestro y siniestro, animados por una Unión Europea y un Fondo Monetario Internacional poco rigurosos sobre las modalidades, cuya consecuencia es la liquidación a ciegas de los recursos nacionales.

Una pintoresca leonera

La situación institucional es una leonera de lo más pintoresca: el Partido Socialdemócrata (heredero del Partido Comunista, que nadie se engañe), dirigido actualmente por el cuadragenario Victor Ponta, logró la mayoría parlamentaria gracias a una alianza con el Partido Nacional Liberal. Desde entonces, ha utilizado al Gobierno para realizar una serie de ataques a los órganos judiciales, con el fin de destituir de sus funciones al presidente de la República, Traian Basescu. Con 61 años, a este antiguo afiliado del Partido Demócrata se le acusa hoy de estar implicado en las redes de la famosa Securitate, la policía secreta comunista, al igual que la mayoría de los de su generación que ejerció alguna función bajo el régimen de Nicolae Ceaucescu (1965-1989).

El pasado 29 de julio, la destitución de Basescu se sometió a un referéndum, como en 2007, tras su amplia victoria. Desde entonces, su popularidad se ha hundido, por la dureza de las medidas económicas impuestas por el FMI y la UE, por el fracaso en la lucha contra la corrupción, por una actitud considerada arrogante y partidista, así como por su incapacidad de mantener el diálogo entre los partidos políticos.

Sin embargo, Victor Ponta y su aliado Crin Antonescu, nombrado entre tanto presidente en lugar de Traian Basescu, no han logrado su objetivo. En el referéndum sólo participó el 46% de los electores, mientras que era necesario que acudieran a las urnas el 50% más uno de los que tuvieran derecho al voto. Pero algo más del 90 % de los que sí votaron lo hicieron contra Basescu, que por su parte no tiene intención de dejar la presidencia.

Las presiones y las maniobras sobre los jueces por asuntos de fraude electoral de todo tipo, incluso en el Tribunal Supremo, están a la orden del día en un país en el que resulta difícil encontrar algún puesto que no haya sido designado directamente por éste u otro jefe de facción. Es muy probable que Ponta y sus acólitos mantengan la “coexistencia” hasta las elecciones presidenciales del otoño, que deberían confirmar el éxito obtenido en las elecciones locales de junio. Los más perspicaces creen que se trata en realidad de ofrecer una vía de salida razonable, es decir, un salvoconducto, a Traian Basescu, para que vuelva tranquilamente a sus asuntos privados y no vaya a prisión.

Triste equívoco

En su opinión, era uno de los objetivos de la visita en los últimos días a Bucarest del estadounidense Phillip Gordon, subsecretario de Estado de Asuntos Europeos: Los estadounidenses han sido amigos de Basescu e intentan contrarrestar los vínculos de sus adversarios con Rusia. En realidad, a eso se reduce la alternativa entre derecha e izquierda que, sobre todo en Rumanía, por lo demás se trata de la prolongación de un triste equívoco: detrás de Ponta y sus compañeros sigue estando Ion Iliescu, de 82 años, el “compinche” de Nicolae Ceaucescu que, si no se encargó de mover en la sombra los hilos de la “revolución” de 1989, como piensan muchos en Bucarest, sí supo manipular y sacar partido de ella, transformándola en una revolución inacabada y sangrienta.

Iliescu fue después el hombre que envió a miles de mineros a aporrear hasta la saciedad a los estudiantes de Bucarest en 1990 y quien dirigió con ánimo de continuidad la “transición” rumana. La suerte de Adrian Nastase, exprimer ministro socialdemócrata y rival de Basescu en 2004, es un ejemplo del estilo de los juegos de poder en Rumanía. Se encuentra en prisión desde junio, condenado a dos años de prisión por haber utilizado ilegalmente los fondos electorales de su partido. Si bien la acusación quizás carece de fundamento, sin duda le ha servido a Basescu de pretexto para realizar una enésima demostración de fuerza. La farsa y la tragedia se entremezclan. Por ejemplo, cuando se descubrió que Victor Ponta había copiado buena parte de su tesis doctoral, reaccionó proclamando la disolución del comité responsable de la validación de los títulos universitarios, afirmando que en 2003, año de la redacción de su tesis, aún no estaba en vigor la norma de utilizar comillas para señalar las citas...

Casas de empeño 24 horas al día

En este contexto político, no es de extrañar que las opiniones de los ciudadanos rumanos sean a la vez extremas e intercambiables. Se escuchan los mismos argumentos, pronunciados con tanta amargura como vehemencia, para apoyar o culpar a Basescu y Ponta (o a Iliescu) y muy a menudo, a los dos al mismo tiempo. Algunos sostienen que hay que esperar a que los jóvenes tomen en relevo y acaben con todo eso. Otros, la mayoría, dicen que ya han esperado y que han llegado los jóvenes y no han cambiado nada. Como mucho, se marchan del país o están impacientes por hacerlo. La mayoría se limita a repetir: “¿Qué quieren que hagamos, si los rumanos somos así?”.

Siempre les quedarán las innumerables casas de empeño o ”Case de amanet”. Se dice que comenzaron a aparecer tras la caída de Ceaucescu, cuando llegaron los turcos para comprar oro y luego los árabes y los cíngaros ricos. Aquí se empeña todo tipo de cosas. Los montes de piedad son, como las farmacias, los bancos y las iglesias, las instituciones sólidas de la Rumanía pobre, que efectivamente es muy pobre. En algunas “Case de amanet” se puede leer un cartel que dice: “Abierto 24 horas”. Puede que haya personas que tengan que empeñar su alianza a las tres de la mañana, para luego acudir a la farmacia.

Pero Sergiu Shlomo Stapler, de 65 años, un empresario que ha hecho fortuna, me insta a no fiarme de las apariencias: de aquí a veinte años, Rumanía será la Suiza de los Balcanes. Tiene jóvenes inteligentes, que cursan buenos estudios, recursos que va a aprender a explotar, empezando por el petróleo, que de momento está en manos de los austriacos, y de los kazajos, de los rusos, de los franceses, de los italianos y los estadounidenses, mientras que los rumanos tienen que conformarse con las migajas, como en los tiempos coloniales.