Nos encontramos ante un gran interrogante. Tony Blair prometió ser el primer ministro más pro-europeo desde Edward Heath. Y dejó a Gran Bretaña marginada y sin confianza en la Unión Europea. (Como consecuencia de la Guerra del Golfo; el intento de dividir Europa en líneas Rumsfeldianas viejas y nuevas; las mentiras de la Realpolitik sobre la política francesa en Irak). David Cameron dirige el mayor partido parlamentario con una postura visceralmente anti-Bruselasdesde que Gran Bretaña se uniera a la UE. Podría convertirse en el primer ministro que reconcilie a los británicos con Europa y aporte a Gran Bretaña una función de liderazgo positivo en Bruselas por primera vez. Podría hacerlo, pero no significa que lo vaya a hacer.

Angela Merkel le tutea

El juego de naipes de la política británica y europea ha repartido una mano bastante interesante a Cameron. Hace un mes, muchas personas anticiparon que el gobierno conservador de Cameron intentaría hacer lo menos posible en Europa pero que, acosado por un nuevo partido parlamentario extremadamente euroescéptico, se vería enfrentado a una serie de duras disputas con los socios de la UE. Cameron ahora se encuentra siendo el líder de un gobierno de coalición con los proeuropeos liberal-demócratas. Nick Clegg, su vice primer ministro, es un antiguo funcionario de la Comisión Europea y eurodiputado. El primer viaje oficial al extranjero de Cameron como primer ministro fue a Europa, donde el presidente Nicolas Sarkozy le halagó y la canciller Angela Merkel le tuteó y se dirigió a él como "David" (aunque aún no le llame "Dave").

Cameron afirmó que Gran Bretaña no se subiría a bordo del maltrecho barco del euro, ahora que intenta sobrevivir a la peor tormenta de su breve historia. Hasta aquí, ninguna sorpresa. Sin embargo, prosiguió diciendo que un euro sólido y de éxito también era de interés para Gran Bretaña. Muchos europeos se alegraron. Fue un grato cambio en la actitud tradicional británica ante cualquier cosa nueva que surgiera de Europa en los últimos 60 años, desde la Comunidad Europea del Carbón y del Acero hasta la Copa de Campeones de Europa. "Por ahora, no nos unimos. Entre tanto, confiamos y esperamos que fracaséis".

Europositivo y euroescéptico a la vez

Parecería que Cameron se encuentra más cómodo siendo primer ministro de una coalición entre conservadores y liberal-demócratas de lo que se habría mostrado siendo líder de una mayoría conservadora. Le da espacio para poder actuar. Se ajusta mejor a su temperamento conciliador. Puede que sea así especialmente en Europa. Su estrategia moderada de modernización como líder de la oposición era ocultar la mayoría de dogmas Thatcheristas bajo la determinación de ser "más Thatcher que la propia Thatcher" en la Unión Europea. Consiguió que los euroconservadores británicos salieran del mayoritario y ligeramente federalista Partido Popular Europeo (incluido al señor Sarkozy y a la señora Merkel) para crear una alianza con una mezcolanza de bichos raros principalmente de Europa del Este.

Ahora, la alianza con los liberal-demócratas brinda a Cameron la oportunidad de desarrollar un nuevo enfoque británico pragmático y de cooperación con respecto a Europa, independientemente de lo que puedan pensar los duros conservadores euroescépticos. En el manifiesto conservador durante las elecciones se hablaba de repatriación de los poderes y de reducir la UE supra-nacional a una simple "asociación de Estados". El acuerdo de coalición entre conservadores y liberal-demócratas logró adoptar un tono europositivo y euroescéptico a la vez, pero no hacía mención a la repatriación de poderes. Incluso daba a entender que la nueva legislación de la UE con respecto a una política común en materia penal podría ser de interés para Gran Bretaña.

Las tensiones entre París y Berlín brindan una oportunidad a Cameron

El destino ha querido que el señor Cameron jugara con otra carta muy útil. Como resultado de la crisis de las deudas soberanas, la política europea es un fermento que intriga. O, si lo prefieren, un caos. Alemania parece haber perdido su religión euro-federalista pero al mismo tiempo quiere modificar los tratados para dotar a la UE de nuevos poderes de control sobre las finanzas nacionales. Las relaciones alemanas con Francia se han quebrantado. La Italia de Silvio Berlusconi tiene poca influencia. España lucha por salvarse. Bélgica se desintegra. La nueva dirección en Bruselas tras el Tratado de Lisboa no ha aterrizado con buen pie, en parte por las ineficaces personalidades que ocupan los puestos principales. Pero ¿por qué son tan ineficaces? Cuando llegó la hora de elegir, la mayoría de gobiernos de la UE prefirieron unos líderes con personalidades débiles.

El Cameronismo, enmendado por el Cleggismo, podría encontrarse sorprendentemente cerca del Sarkozysmo y el Merkelismo en la búsqueda de una nueva forma de europragmatismo modesto pero eficaz. Gran Bretaña gozará de un gran número de jugosas oportunidades con respecto a las discrepancias del resto en los próximos años: sobre las devoluciones presupuestarias del Reino Unido o la futura financiación de la política agrícola común. Pero el vacío de liderazgo en la UE y las tensiones entre Berlín y París también brindan una estupenda oportunidad a Cameron, Clegg, e incluso al euroescéptico William Hague.