Ya hace bastante tiempo que se viene argumentando que la única solución para la Eurozona —empezando por sus economías periféricas— es la consecución de un equilibrio entre aquellos que exigen una disciplina fiscal a ultranza y aquellos otros que solicitan un apoyo o garantía común para su deuda. Tras más de tres años, la burocracia europea se ha mostrado incapaz de ofrecer soluciones para que ese equilibrio sea posible.

Entretanto, el Banco Central Europeo (BCE) ha ejercido una controvertida labor de proveedor urgente de liquidez para las situaciones más extremas de tensión en el mercado. Sin embargo, cada vez que el BCE realizaba alguna operación extraordinaria de liquidez, la gobernanza económica europea ganaba aparentemente tiempo para buscar nuevas soluciones, pero caía una y otra vez en la inacción y el letargo. Esta cansina dinámica se ha repetido durante muchas ocasiones, amenazando la estabilidad misma de la moneda única. Y en esto llegó Mario Draghi y cambió las reglas del juego.

Leer el artículo completo en El País