Al igual que un videojuego con un escenario de pesadilla, Europa ha sorteado la enésima trampa que la amenazaba y ahora puede pasar al nivel superior, así como recuperar finalmente ese "lanzagranadas" anti-especulación que esperaba desde hace un año.

El Tribunal Constitucional de Alemania ha estimado que el nuevo fondo de rescate, el MEDE [Mecanismo Europeo de Estabilidad], no contravenía las prerrogativas soberanas del Parlamento nacional. Sí es cierto que los jueces han planteado una serie de condiciones que refuerzan implícitamente la hegemonía alemana en los asuntos europeos, pero que no son tan duras como se temía.

La sentencia de Karlsruhe sin duda pone fin a la primera fase, la más sangrienta, de esta guerra de unificación europea que por suerte se ha librado en los mercados y no en las trincheras. Pero se abre otra fase, más delicada aún, si cabe. Porque la batalla se extiende ahora del ámbito económico al político: desde las instituciones financieras, llega a los Parlamentos, los Gobiernos y a los colegios electorales, donde, en los próximos años, las democracias estarán llamadas a decidir el futuro del continente.

El reto de la credibilidad

Gracias a la valentía y a la clarividencia [del presidente del BCE] Mario Draghiy a las decisiones de los jefes de Gobierno, por tardías que fueran, la eurozona ha demostrado con hechos que estima que el euro es "irreversible", como ha dicho el BCE. Se ha dotado de los instrumentos necesarios para sostener a la moneda única. Sin embargo, sería un gran error creer que la guerra ya está ganada. El reto de la credibilidad de la Unión simplemente ha pasado a un nivel superior: ha pasado del euro a la propia Europa, de la moneda al soberano que la acuña. Y este soberano, de momento se muestra cuanto menos indeciso y por lo tanto, poco creíble.

Por lo tanto, no hemos dejado atrás la urgencia. Pero la nueva batalla que se libra es totalmente política. Y tendrá lugar simultáneamente en al menos tres niveles.

El primer nivel es el de la política económica. Los rescates que por fin se encuentran disponibles sólo tendrán efecto si los Gobiernos de los países que en los últimos años han perdido el desafío de la competitividad y el rigor mantienen el rumbo de los esfuerzos ya realizados y recuperan el terreno perdido. No será algo exento de dificultades ni dolor. Pero si en los próximos diez años, España o Italia se desvían del rumbo que se habían fijado, todo lo que se ha logrado hasta ahora no habrá servido de nada. Si bien el euro ha podido resistir, con más o menos dificultad, a la falta de compromiso de Grecia, no sobreviviría a la deserción de economías cuyo peso es diez o veinte veces superior.

El segundo nivel es el de las políticas nacionales. Ayer fueron los ciudadanos de Países Bajos los que se dieron cita en las urnas en unas elecciones legislativas que en realidad eran un referéndum sobre Europa y que se saldaron con el éxito rotundo de los partidos eurófilos. Antes de los neerlandeses, los griegos también se expresaron (dos veces) sobre Europa. Les seguirán los italianos y también en este caso se elegirá entre los partidos eurófilos y los partidos o movimientos anti-europeos. Después será el turno de Alemania y los términos de la pregunta volverán a ser los mismos. Tras numerosas dudas, Angela Merkel se ha posicionado con fuerza en el camino trazado por Helmut Kohl. Pero no todo el mundo parece estar dispuesto a seguirlo hasta el final y las elecciones adoptarán la forma de una batalla cuyo fin será hacer que los alemanes se sumen, o más bien se vuelvan a sumar, a la causa del proyecto europeo.

Una tras otra, todas las democracias de la Unión deberán hacer sus cálculos sobre este proyecto, teniendo en cuenta su coste y los desafíos que plantea.

300 millones de europeos y ocho jueces

El tercer nivel es el de la política europea. Es el más complejo. Ayer, la Comisión presentó su propuesta ideada para confiar la vigilancia de los 6.000 bancos de la Unión al BCE. Se trata del primer paso hacia una unión bancaria, pero que no es del agrado de los alemanes. También ayer, ante el Parlamento Europeo, [el presidente de la Comisión]José Manuel Barroso declaró que el futuro de Europa residía en una "federación de Estados-naciones", algo que no gusta en absoluto a los franceses. En octubre, los jefes de Gobierno tendrán que dar una primera opinión sobre el proyecto de integración futura de la Unión que presentarán Herman Van Rompuy, Mario Draghi, José Manuel Barroso y Jean-Claude Juncker. Dicho proyecto prevé una serie de reformas que podrían entrar en vigor sin modificar los tratados, así como objetivos y una hoja de ruta para la modificación de estos mismos tratados y que deberá desembocar en la unión presupuestaria y en una auténtica unión política.

La coexistencia de la soberanía nacional y de la soberanía europea, así como la confusión que genera, constituye un problema que se agravará y cuya resolución beneficiará a la democracia en sí misma. Prueba de ello es el veredicto pronunciado ayer por ocho jueces designados por los Länder alemanes y que mantuvieron en vilo a 300 millones de europeos.

En otras palabras, tras haber salvado la moneda, ahora hay que salvar a Europa, dotándola de la soberanía que aún no posee. Pero la respuesta que darán a esta pregunta los Gobiernos dependerá en gran medida del desenlace de los otros dos desafíos, es decir, la política económica y las nuevas mayorías parlamentarias, que queda supeditado, quizás por última vez, al veredicto de las democracias nacionales.