Cualquiera que haya jugado (o haya visto a sus hijos jugar) a los videojuegos de simulación, como “SimCity” o “Los Sims”, sabrá lo fascinantes que resultan. Se pueden pasar innumerables horas creando un intrincado mundo artificial, ya sea una casa o toda una ciudad, inventando personajes que hablan en un idioma disparatado conocido como simlish, controlando sus acciones y a veces imponiéndoles desastres. En Bruselas está de moda algo similar, que podemos denominar SimEuropa.

Guido Westerwelle y Radek Sikorski, ministros de Exteriores de Alemania y Polonia, han pasado gran parte de este año encerrados con nueve compañeros (casi todos jóvenes) creando fantasías. Esta semana,revelaron el resultado de su “Futuro del Grupo de Europa”. Se trata de un mundo que incluye un presidente europeo elegido por votación, un ministro de Exteriores europeo con más poder, una policía fronteriza europea y quizás incluso un ejército europeo. A los aguafiestas de los británicos no les invitaron.

Sólo unos días antes, José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, pronunció su discurso anual sobre el “estado de la Unión” y habló de una futura “federación de naciones-Estado”, un concepto que lleva repitiendo desde hace tiempo en innumerables artículos de opinión. De este modo, Barroso ha hecho resurgir el término acuñado por su predecesor, Jacques Delors, pero no ha explicado qué quería decir con él. Sólo dice que presentará algunas propuestas en 2014.

La moda de crear fantasías

Con sus palabras, Barroso se aleja de los otros tres “presidentes” (Herman Van Rompuy del Consejo Europeo, Mario Draghi del Banco Central Europeo y Jean-Claude Juncker del Eurogrupo de ministros de Finanzas), que están planificando colectivamente una “verdadera” unión económica y monetaria. Tras haber establecido los “cimientos” en junio, Van Rompuy ha redactado un documento en el que propone, entre otras cosas, un presupuesto central de la eurozona. Es posible que se presente un informe provisional en una cumbre que se celebrará en octubre y la versión final deberá publicarse en diciembre.

En muchos sentidos, la canciller alemana Angela Merkel inició esta moda de crear fantasías con sus llamamientos para crear una “unión política” (que incluye más poder para el imperfecto Parlamento Europeo). Esta propuesta resulta incómoda para Francia, un país en el que los partidos han estado profundamente divididos sobre la cuestión de Europa desde el referéndum de 1992 sobre el Tratado de Maastricht (que se aprobó por los pelos) y el de 2005 sobre un tratado constitucional (que se rechazó). Sin embargo, Pierre Moscovici, ministro socialista de Finanzas, recientemente pronunció la palabra “federalismo”. Y François Fillon, el que fuera hasta hace poco primer ministro conservador, ha propuesto un nuevo “pacto por Europa” que incluiría un ministro de Finanzas europeo.

Todas estas ideas tienen un origen común: el juego de "Más Europa". El objetivo es evitar una guerra devastadora o la dominación de un país mediante la unión de los países, al mismo tiempo que se sigue velando por los beneficios nacionales. Cada nivel de integración se vuelve más difícil a medida que se intensifican los problemas. Los jugadores no sólo tienen que transferir más poder, sino que además tienen que vender los nuevos tratados a sus reacias poblaciones.

Buenos europeos y nacionalistas malos

En SimEuropa, la gente es artificial y se divide en buenos europeos y nacionalistas malos o populistas. A los malos se les puede vencer mediante la fórmula de Más Europa. En el mundo real, las cosas son mucho más complicadas. El escepticismo sobre el proyecto europeo no deja de aumentar. Según las encuestas recientes, la mayoría de alemanes cree que les iría mejor sin el euro y a muchos de ellos les gustaría incluso salir de la UE. En Francia, la mayoría de los que votaron a favor del Tratado de Maastricht no lo volverían a hacer. Sin embargo, en España, la mayoría defiende una mayor integración en la eurozona.

Los partidos euroescépticos y eurofóbicos están convenciendo a partes considerables de los electorados. En las elecciones holandesas de este mes, puede que los partidos de centro hayan regresado a la escena política, pero en muchos casos lo han logrado adoptando una posición dura con respecto a los rescates para los países con problemas. En muchos lugares, aumentan las reivindicaciones para que se consulte directamente a los ciudadanos mediante referéndums, aunque por motivos diferentes. En Gran Bretaña, los euroescépticos esperan ganar un referéndum para salir de la UE, mientras que en Alemania, la élite a favor de la UE quiere convocar un referéndum para cambiar la constitución y transferir más poderes a Bruselas.

Al hacer realidad una moneda imaginaria, los líderes de Europa han creado una crisis real que ahora deben solucionar. El regreso a los antiguos marcos, francos y liras resultaría más problemático que intentar reparar el euro. Esto implica algo más de integración y dejar a un lado la estudiada ambigüedad sobre el objetivo de Europa en última instancia, para que los ciudadanos puedan elegir con claridad.

Subir el listón del federalismo

Por lo menos, los líderes están tratando las cuestiones adecuadas. Pero el problema con muchas de las ideas recientes es que se ofuscan en las preguntas esenciales, en lugar de aclararlas. Por mucho que a los ministros de Exteriores les guste jugar con la idea de un ejército europeo, lo cierto es que no es fundamental para resolver la crisis económica. Del mismo modo, la federación de naciones-Estado de Barroso tampoco se centra en lo esencial. Sube el listón del federalismo, que inevitablemente es un concepto polémico, sin decir cómo debe reconciliarse la integración con la noción de nación-Estado que queda.

La eurozona se dirige hacia lo peor de ambos mundos: naciones-Estados que se sienten violadas por los controles cada vez mayores de Bruselas, aunque el nivel europeo siga siendo demasiado débil y opaco como para influir en los ciudadanos o ganarse la lealtad popular. Sería mejor adoptar un enfoque con el que se dejaran a un lado las etiquetas y se pensara en un conjunto limitado de las funciones centrales que necesiten integrarse profundamente. Tiene sentido crear una unión bancaria coherente, al igual que los bonos conjuntos. Alemania rechaza la mutualización de la deuda argumentando que ni siquiera Estados Unidos espera que sus Estados garanticen la deuda de los demás.

Pero en Estados Unidos existen bonos federales, respaldados por impuestos federales, lo que a su vez ofrece activos seguros para todos los bancos. Los Estados americanos quiebran, al igual que muchos bancos. Llámenlo como quieran, ya sea integración, centralización, federación o confederación, pero el objetivo debería ser estabilizar el sistema lo suficiente para que los bancos mal gestionados puedan quebrar sin causar ningún percance.