Hubo un tiempo en que este parking estaba repleto de coches. Hoy se encuentra desierto y en él no hay más que unos cuantos vehículos desperdigados bajo la pálida luz de las farolas. Aparte de los escasos clientes de una pizzería cercana, por aquí no se ve ni un alma. ¿Para llamar a un taxi? El camarero nos mira como si fuéramos de otro planeta. “A las ocho no hay forma de encontrar ni un taxi en todo Gorizia”, responde. La jornada ha terminado. “Puede intentarlo en el lado esloveno, en Nova Gorica. Ahí trabajan las veinticuatro horas”, continúa, señalando el puesto fronterizo que todos los de aquí llaman la Casa Rossa. “¿Lo ve? Ahí atrás fue donde se dispararon las primeras balas de la Guerra de los Balcanes en junio de 1991”.

Hoy los coches atraviesan este lugar histórico sin siquiera aminorar la marcha. Puede que la frontera se haya vuelto invisible, pero nunca había estado tan presente. Detrás de la Casa Rossa, comienza otro mundo. A la izquierda, una gran estación de servicio (“Abierto 24/24”) está desbordante de actividad, mientras que a la derecha, un enorme cartel publicitario invita a los automovilistas a probar suerte en el casino Fortuna. Aquí todo el mundo va a la Perla, el mayor casino de Nova Gorica y supuestamente de toda Europa. En el establecimiento sólo se habla italiano, menos cuando dos crupieres charlan entre sí en esloveno. Así es cómo los euros pasan en una corriente ininterrumpida de los monederos de los jugadores a las cajas de la Perla, de Italia a Eslovenia, las 24 horas del día.

Al otro lado de la frontera, la ciudad italiana de Gorizia se despierta al dar las nueve. La via Rastello, una callejuela llena de encanto flanqueada por casa medievales, ofrece un espectáculo cuanto menos deprimente: una fila de tiendas que se suceden a lo largo de 300 m de las que tres cuartos han cerrado. En un toldo puede leerse todavía la promesa “Happy days”, pero los sucios cristales de las ventanas demuestran al visitante que los días felices de esta ciudad quedan ya muy atrás.

Marko Marini es responsable de las "relaciones transfronterizas" de la región de Gorizia. Este hombre, militante del partido de los Verdes, habla de ocasiones desperdiciadas y de una ciudad para la que la apertura de la frontera con Eslovenia ha supuesto más perjuicios que oportunidades de desarrollo. Y sin embargo, durante casi mil años aquí no hubo frontera alguna. Así fue hasta 1947, hasta las nuevas líneas divisorias heredadas de la Segunda Guerra Mundial. En aquella época, la ciudad italiana perdió todo su territorio interior yugoslavo, lo cual no le supuso mayor trastorno. El gran parking vacío situado detrás del puesto fronterizo lo utilizaban antiguamente los eslovenos que atravesaban un Telón de Acero bastante permeable para ir de compras. “Paradójicamente, entonces había más intercambios entre ambos países".

Juntas, Gorizia y Nova Gorica quizá se hubieran convertido en ciudades verdaderamente europeas. Pero no pudo ser. El derrumbamiento del bloque comunista aquí se tradujo tan sólo en la inauguración de una línea de autobuses entre las dos localidades. A diferencia de su vecina italiana, Nova Gorica es una ciudad joven. Aquí no hay ningún edificio de más de sesenta años. Bajo el régimen de Tito, Nova Gorica se creó de la nada. Estas dos ciudades gemelas tan diferentes entre sí podrían hermanarse un día, explica Miriam Bozi, la responsable de la cámara de comercio de Nova Gorica, aunque no parece muy probable desde que Berlusconi y los suyos se hicieron con el control del ayuntamiento de Gorizia en 2007. Pero esta enérgica mujer sigue viendo las cosas a lo grande. En los últimos años, Nova Gorica ha registrado un crecimiento anual del 6 %. Se ha ido a pique ya un gran proyecto urbanístico, pero carece de importancia. Miriam Bozi ya tiene entre manos uno nuevo y de dimensiones faraónicas. "Queremos construir una pirámide más grande incluso que la de Keops con dos fachadas cubiertas de paneles solares que sería la sede de un museo europeo de la aviación. Supondría una inversión de 950 millones de euros”, explica Bozi, como si un proyecto de tal envergadura fuera lo más fácil del mundo para el pequeño municipio de Nova Gorica.

El trayecto de la línea "internacional" de autobús se detiene en la Piazza Transalpina, que antes se hallaba cortada por la frontera. Aquí se celebró el 1 de mayo de 2004 la ampliación de Europa con Romano Prodi, el entonces Presidente de la Comisión, como invitado de honor. Ni siquiera aquí Gorizia y Nova Gorica consiguen estar en la misma longitud de onda. En el lado italiano, la plaza sigue llamándose Piazza Transalpina, mientras que los eslovenos han vuelto a bautizar la suya como “plaza de Europa”.