“En el este de Europa la gente todavía cree que el arte puede cambiar el mundo”. La cita es aproximada, pero la etiqueta que acompaña al ciclo de obras de arte albanesas en el espacio público parisino invade mi pensamiento. “El caso Tirana” es una sección especial de la exposición “Las promesas del pasado”, que se puede ver desde el pasado abril en el Centro Georges Pompidou de París y hasta el próximo 14 de julio. Una sección consagrada al proyecto iniciado por el alcalde de la capital albanesa, Edi Rama, un antiguo artista procedente de las escuelas de Occidente, de transformación de las fachadas acartonadas de los edificios en obras de arte rebosantes de color. Es cierto que entre todas las obras presentadas, la única posterior a 1990 es la que consigue mostrar su objetivo de cambio social; y sin embargo, más allá del tono ligeramente jovial de la etiqueta, la realidad es que, sea cual sea el nombre que se le de a esta parte de Europa, desde un punto de vista artístico es profundamente social y política.

El título “Las promesas...” es walterbenjaminiano (inspiración de la obra del escritor Walter Benjamin). Allí se exponen las obras de un gran número de artistas de la antigua Europa del Este, desde la serbia Marina Abramóvic, al rumano Daniel Knorr (con una instalación especialmente creada para “Pompidou”, una “desviación” de un tubo —los tubos fueron el leimotiv arquitectónico del Centro imaginado por Renzo Piano y Richard Rogers— por el que circula gas lacrimógeno), pasando por obras del también rumano Ion Grigorescu o del croata Mladen Stilinović. A ellos acaban de unirse los franceses Cyprien Gaillard o Yael Bartan, que tratan temas “oriental-europeos” sin ser originarios de esta región.

Tema único: el trauma

Con su edificio futurista del centro comercial e histórico de París, el Centro Pompidou es una combinación deslumbrante de atracción turística y de institución revolucionaria de las artes visuales (pero que, cuando se trata de invertir, invirtió en los clásicos contemporáneos). En este paisaje museístico complejo, “Las promesas del pasado” intenta “reinventar la rueda” (expresión utilizada en el catálogo de la exposición como título del capítulo albanés) de la difícil o casi imposible redefinición del arte al otro lado del antiguo telón de acero y de su integración, si no en los cánones occidentales, al menos a ojos de Occidente. La retro vanguardia demuestra que existe otro punto de vista posible sobre el arte “oriental”, concepto por el cual el colectivo Neue Slowenische Kunst (NSK) inventaba su propio contexto negándose a intentar colarse en una posible falla del complejo esquema canónico occidental.

Percibido unas veces en bloque (comunista y post comunista) y otras según los criterios nacionales (“Presencias polacas” también fue albergado por “Pompidou” en 1983), el arte asociado a la parte oriental del continente se reinventa necesaria, conceptual y periódicamente. Paradójicamente, el pasado comunista es lo que ofreció, desde el punto de vista occidental, el denominador temático común y único: el trauma, la memoria, la nostalgia. Todo es política, dicen los edificios de Tirana.