La llegada del otoño, el 23 de septiembre, no sólo marcó en fin del verano para el común de los mortales, sino también para los mercados financieros. Desde Tokio hasta Nueva York, pasando por Europa, las cotizaciones de las bolsas han caído en picado en casi todos los países.

¿Qué está ocurriendo? Los mercados internacionales pagan el precio del fin de las tres ilusiones que les han acompañado durante el verano. La primera, bastante infantil pero muy extendida, podría denominarse "la ilusión de la varita mágica". Se trata de una deformación mental que lleva a pensar que, en cuestión de semanas o meses, los Gobiernos y los bancos centrales son capaces de invertir las tendencias negativas arraigadas desde hace años. Para lograrlo bastaría con una pequeña disposición normativa de unas líneas y con la enmienda de algunas leyes poco prácticas para que todo vuelva a ser como antes y que el jardín de las delicias (financieras) vuelva a producir sus maravillosos frutos.

Pero en realidad, la crisis que vivimos desde hace cinco años es un fenómeno mucho más grave, sus bacilos se encuentran casi por todas partes, en la economía y en la sociedad y no sólo en las cotizaciones de la bolsa. Y para acabar con ella, si es que realmente es posible, se necesitarán años. Las medidas de saneamiento constituyen un proceso repleto de dificultades. Los profesionales de los mercados financieros que no quieran aceptarlo corren el riesgo de caerse de bruces.

Con paciencia y sacrificios

La segunda ilusión de los mercados está relacionada con la primera y sostiene que, con varita mágica o sin ella, ya se ha encontrado el remedio capaz de reactivar la economía, algo que tendría repercusiones inmediatas y positivas en la bolsa. En realidad, los remedios propuestos son dos y de momento, ninguno aporta una solución: el primero es la inyección masiva de liquidez, una solución adoptada por los estadounidenses, que apenas permite mantener la economía de Estados Unidos a flote y no es capaz de reactivarla de verdad; el segundo es la combinación europea de austeridad presupuestaria (para hoy) y medidas de reactivación de la producción con unas cuentas públicas saneadas (para mañana), una solución que, por definición, requiere mucho tiempo, mucha paciencia y algunos sacrificios. Con la condición, claro está, de que se consigan resultados.

¿Los europeos están realmente dispuestos a aceptar esos sacrificios y a tener la paciencia necesaria? Esta pregunta obtiene respuestas cuanto menos indecisas, lo que nos lleva a la tercera ilusión: la que afirma que los Gobiernos pueden adoptar cualquier medida teniendo en cuenta exclusivamente la viabilidad económica y abstrayéndose de la viabilidad política, o más bien de la reacción de la población.

El mejor ejemplo de ello es, evidentemente, Grecia, donde se insiste sobre la necesidad de este u otro nuevo recorte presupuestario sin que llegue a taparse el "agujero" de las finanzas públicas. Con cada nueva restricción presupuestaria aumentan las protestas, como lo han demostrado las virulentas manifestaciones del 26 de septiembre y cada vez son más las personas a las que les seduce la idea de mandar todo a paseo y salir de la moneda única. Eso no beneficiaría en absoluto al euro y mucho menos a los griegos que, dado el estado de su balanza de pagos, tampoco podrían pagar el trigo y el petróleo que necesitan para pasar el invierno.

El problema de la viabilidad política

En España, si bien la situación es menos inquietante, el margen de maniobra es igual de estrecho. Italia parece estar en una posición mejor, a juzgar por las declaraciones de figuras destacadas por su severidad, como el presidente del Bundesbank, sobre la capacidad del país para salir del atolladero sin ayuda extranjera. Italia es uno de los pocos países en los que la mayoría de las familias poseen ahorros y en los que la caída del consumo parece estar relacionada no sólo con la reducción de los ingresos de ciertas poblaciones especialmente afectadas por la crisis, sino también con un temor generalizado por el futuro.

El problema de la viabilidad política no se plantea únicamente en los países supuestamente débiles. Prueba de ello son las informaciones casi simultáneas en Francia sobre la superación de los tres millones de parados y sobre el hundimiento de la popularidad del presidente François Hollande, que ha perdido 11 puntos en un mes; también lo demuestran los signos, que hoy ya son claros, de la desaceleración de la economía alemana y del ambiente tenso en la coalición gubernamental que ocupa el poder en Berlín. De modo que no hay casi ningún país europeo, por sólido que parezca, que no se preocupe por el futuro de su economía.

Por este motivo, las bolsas caen y cuando les va bien, son extremadamente prudentes. Después de todo, aunque los profesionales de los mercados financieros a menudo crean que viven en otro planeta, las bolsas son también la expresión de esta sociedad, con sus temores y sus incertidumbres. El mundo no se limita a las cotizaciones de las bolsas, sino que también incluye las listas de la compra, por las que los hogares sufren cada vez más. Y es una ilusión creer que las bolsas podrán enderezarse a medio o largo plazo si a los hogares les va mal.