También en el fútbol nos hemos convertido en el “Viejo continente”, igual que nos ha sucedido en política, economía y sociedad. Viejas ideas, viejas costumbres, viejos errores que todos conocemos pero que preservamos celosamente. ¿Han visto estos días en la tele a los Marcello Lippi, Fabio Capello y Raymond Domenech, los entrenadores de Italia, Inglaterra y Francia? ¿No era sorprendente la similitud de estos con los líderes periclitados de sus respectivos países, saliendo de un Consejo Europeo dedicado a la crisis?

La cacofonía a la que nos tienen acostumbrados las reuniones de Bruselas se ha trasladado de golpe, en versión burlesca, a los campos de fútbol de Sudáfrica. Las viejas potencias parecen haber perdido sus certezas. El núcleo de los países fundadores está viviendo una dura prueba. Holanda resiste, pero los demás sólo lo consiguen con dificultad. Incluso a Alemania le han flaqueado las piernas bajo su coraza.

Los vicios e inercias del Viejo Continente

Los problemas extrafutbolísticos de la vieja Europa son conocidos desde hace tiempo: nuestra población no aumenta, no crea y no asume riesgos; nuestra economía y nuestro empleo están paralizados por reglas anacrónicas a las que seguimos aferrados, negándonos a aceptar la realidad porque tememos cualquier cambio que pudiera poner en peligro viejos privilegios. La sociedad europea parece inmóvil: los que tienen la suerte de haber nacido en un entorno privilegiado pueden esperar que su nivel de vida llegue a ser parecido al de sus padres, los demás deben encomendarse al azar o a un milagro.

Estudiar, comprometerse, formarse, permite en general abrir los ojos a oportunidades situadas más allá de nuestras fronteras. Es inútil depositar las esperanzas en la búsqueda de soluciones útiles y compartidas a nivel europeo, pues cada vez que surge una urgencia lo que se impone son las lógicas nacionales. Todo esto se repite punto por punto sobre los terrenos de juego del Mundial, allí donde en teoría la imaginación y la creatividad deberían tener campo abierto. Pero los resultados y más aún los comportamientos de los grandes equipos europeos han reproducido de forma emblemática, hasta el momento, los vicios y las inercias del Viejo Continente.

Los franceses, como es sabido, inventaron la revolución y por lo tanto no pierden ocasión de enfrentarse a la autoridad. Hoy, su selección nacional juega penosamente, los jugadores se meten con el entrenador, Anelka es expulsado y sus compañeros reaccionan organizando una AG [Asamblea General], redactan un comunicado y se declaran en huelga para proteger sus derechos inalienables. La próxima vez, en lugar de un capitán, pondrán a un sindicalista.

Equipos que ya no son competitivos

Los ingleses, como es sabido, conquistaron el mundo con su audacia. Sintiéndose algo apretados en su lluviosa isla, abandonaban siempre que podían el calor de sus hogares para embarcarse en peligrosas expediciones que los convirtieron en la mayor potencia del mundo. En su misión sudafricana, la selección de los tres leones no ha logrado vencer ni siquiera a Argelia. ¿Y cómo reaccionan los jugadores? Quejándose de su entrenador, que ha prohibido que las wags se les acerquen, esas señoras y señoritas que cultivan las más altas virtudes nacionales. Los alemanes, como es sabido, son alemanes. Cuando la máquina funciona de acuerdo con las instrucciones, pasan por encima de Australia. Cuando la máquina se gripa, como contra Serbia, pierden la cabeza.

Nosotros, los italianos, estamos en baja forma este año, pero con buen ánimo, y nos hemos puesto ya a discutir. Antes incluso de que nos eliminen. España también se ha tambaleado, mostrando una pusilanimidad que no se corresponde con su tradición, mientras que sólo los que soñaban desde hacía tiempo con participar en el banquete, los portugueses, están llenos de audacia y dispuestos a morder.

Sin duda hay que desconfiar de los lugares comunes, pero no cabe duda de que en Sudáfrica la gran Europa da la impresión de ser un continente inmóvil, timorato, más preocupado por no perder lo que ya tiene que por conquistar algo nuevo. Zinédine Zidane dijo que todos los grandes equipos del Viejo Continente tienen el mismo problema: los valores mundiales se han nivelado y ya no somos tan competitivos como antes. El suyo era un análisis futbolístico, pero sin saberlo expresaba también una verdad importante que vale a todos los niveles: la sociedad global ya no tiene tiempo para esperar a aquellos que no quieren avanzar y ralentizan la marcha, en lugar de correr, experimentar y asumir riesgos.

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