El mundo postsoviético, que se creó con tanto esfuerzo, se está viniendo abajo. Pero con este derrumbe, Ucrania está destinada a encontrar su equilibrio. Muchos representantes de la élite política, de los medios de comunicación y de los negocios de Ucrania se preparan para vivir una larga existencia en la clandestinidad. ¿Qué otra opción tienen? Durante los más de dos años que lleva en el poder, el presidente Víktor Yanukóvitch ha concentrado en sus manos casi todo el poder del país. Lo que ha hecho, junto a los demás políticos del Partido de las Regiones, no puede calificarse con otro término que no sea un golpe de Estado.

Al modificar la constitución, ha vuelto a aplicar los antiguos privilegios a la institución de la presidencia, que, casualmente, ocupa él. Ha marginado la función del Gobierno, del Parlamento y del poder judicial, ha subordinado el sector de la defensa y ha silenciado la voz del pueblo y de la oposición.

Ahora mismo está naciendo en Ucrania algo que se asemeja al régimen de Alexander Lukashenko en Bielorrusia. Pero con una diferencia: Lukashenko ha tardado varios años en convertirse en dictador, mientras que Yanukóvitch lo ha hecho aprovechándose de los derechos que disfruta como presidente, algo que ha sucedido ante la completa indiferencia de la sociedad ucraniana.

De nuevo, todo esto confirma la tesis de los analistas que exponen abiertamente que la revolución naranja de 2004 no se produjo por la aspiración a la democracia de la sociedad ucraniana, sino por su afán de riqueza. Víktor Yushchenko, un populista irresponsable durante la "revolución", se convirtió durante un breve periodo de tiempo en el ídolo de millones de ucranianos.

Una persona que votó por Yushchenko no estaba expresando su apoyo a la libertad, sino a la prosperidad. El planteamiento de este votante era muy simple: como Yushchenko nos puede pagar a tiempo, también puede aportar prosperidad a Ucrania. Hoy, el electorado pobre, marginado y necesitado de Yanukóvitch siente esa misma decepción que sintieron hace años los que votaron originalmente a Yushchenko.

El Estado consumista

¿Por qué se puede comparar a Yanukóvitch con el presidente de Bielorrusia? Existen ciertas analogías, aunque las conclusiones son distintas. Lukashenko lleva gobernando Bielorrusia 18 años, mientras que su hermano gemelo "ucraniano" posiblemente no permanezca en el poder durante tanto tiempo. En primer lugar, la dictadura bielorrusa tiene un carácter muy consumista, lo que significa que el régimen no entiende qué son las reformas económicas.

La mayoría de productos, por supuesto, se financian con dinero ruso. Cuando el Kremlin decida dejar de financiar a su hermano pequeño, la sociedad bielorrusa conocerá la pobreza de verdad. Y la pobreza producirá el hundimiento del sistema. El círculo más cercano a Lukashenko se encargará de eliminarle o bien de llevarle ante la justicia.

Ucrania se diferencia de Bielorrusia en el sentido de que siempre se ha mantenido por sí misma. Es cierto que hemos conseguido gas natural barato, algo que acordó Leonid Kuchma con el exlíder ruso Boris Yeltsin. Pero esa política ha llegado a su fin. Moscú no ayudará a Kiev del mismo modo que ayuda a Minsk. No puede y no quiere hacerlo.

En la fase actual del hundimiento del mundo postsoviético, Kiev siente dolor, al igual que lo sintieron todos los Estados postsoviéticos. Estos países se pueden denominar consumistas, pero sólo en el sentido de que sus élites y sociedades juntas aún emplean los recursos y los medios soviéticos. Por supuesto que existen países, como Georgia, en los que se han agotado estos recursos; el Gobierno en Tiflis se ha visto obligado a conceder ciertas libertades a los pequeños negocios, así como a luchar contra la corrupción.

Será un país relativamente normal

Pero también hay países en los que los recursos naturales son más abundantes. Entre ellos se encuentran Ucrania y Rusia. Sin embargo, su fin también se acerca y será trágico. Yanukóvitch simplemente va con retraso. Si hubiera sido el presidente de Ucrania en 1994 (como Kuchma), seguiría gobernando el país hoy y se estaría preguntando cuándo acabaría esta pesadilla de 18 años. Aunque Yanukóvitch hubiera ocupado la presidencia algo más tarde, quizás en 2004, también podría haber disfrutado unos años liderando un régimen autoritario ilimitado; hasta la llegada de la crisis económica.

Lo extraño es que precisamente fue esa crisis económica lo que llevó a Yanukóvitch al poder. Y por eso su régimen está protegido. Sin embargo, la era del hundimiento, que se acerca rápidamente, requiere diálogo y confianza, no represión ni robo de lo que aún queda en el país. Y Yanukóvitch claramente no se ajusta a la primera categoría.

Cuando se le acabe el tiempo a Yanukóvitch surgirá otro problema. La sociedad ucraniana está envuelta en la camisa de fuerza del paternalismo y no ha crecido lo necesario para hacer frente a sus desafíos. Carece de sentido de obligación cívica. El rostro de esta nueva era podría ser Yulia Tymoshenko o alguien como ella, que cree un entorno político en el que comience el debate sobre las reformas. Las nuevas generaciones de políticos y economistas asumirán esas reformas, aunque ninguna de ellas se producirá especialmente rápido.

Entre el hundimiento del régimen autoritario y las primeras reformas, podemos esperar al menos entre cuatro y siete años. Y para aplicar las reformas se necesitarán entre tres y cinco años. El cálculo es sencillo: en unos quince años, o como mínimo en ocho años, Ucrania será un país relativamente normal. Y sólo entonces empezará a parecerse a la Polonia de hoy.

Este artículo ha sido publicado en el número de octubre-diciembre de New Eastern Europe.