Cuando Estados Unidos sometió a pruebas de resistencia a sus bancos en 2009, contribuyó a acabar con el pánico en Wall Street. La Reserva Federal desveló los libros contables de los bancos, impuso una visión sistemática sobre lo negativas que podían ser las pérdidas, obligó a los bancos que no disponían de capital a recaudar más y el contribuyente actuó de inversor de respaldo.

En breve la UE seguirá su ejemplo, pues los resultados se darán a conocer el 23 de julio. Pero, mientras que las pruebas estadounidenses se realizaron al estilo militar, los esfuerzos europeos han sido caóticos, más parecidos a una disputa sobre las cuotas del bacalao que a la recapitalización del mayor sistema bancario del mundo.

Los bancos y la transparencia no van de la mano

Los bancos y la transparencia no siempre constituyen una buena combinación. Cuando un fabricante de vehículos admite que tiene un problema, sus fábricas siguen ahí una semana después; en el caso de un banco, suele sufrir un revés devastador. Por ello, algunas autoridades reguladoras a veces tratan a los bancos insolventes en secreto. Pero cuando ya existe una pérdida de confianza generalizada, sacar la verdad a la luz es el único tratamiento que queda. Es lo que ocurrió en Japón de 2002 a 2003, cuando a los bancos moribundos se les instó a que se hicieran cargo de sus deudas incobrables y en Estados Unidos, el año pasado.

Europa ha llegado a un punto parecido. A algunos bancos se les ha dejado fuera de los mercados de préstamos internacionales, lo que demuestra la preocupación de que podrían ser arrastrados por la situación precaria del sur de Europa y la sospecha de que se están basando en los préstamos improductivos de los años del auge económico. A menos que se recupere la fe, el sistema bancario del continente, que se basa en gran medida en los préstamos al por mayor, corre el riesgo de sufrir una crisis de financiación. Esto obligaría a los bancos a depender aún más de los bancos centrales y de los gobiernos para saldar sus deudas. También podría producirse una recesión secundaria o "double-dip".

La tarea es ardua. El sistema bancario europeo es mucho mayor que el estadounidense: se están sometiendo a prueba a 91 bancos, en comparación a los 19 de Wall Street. Además, puesto que no se dispone de ningún organismo con la autoridad y los recursos de la Reserva Federal, las pruebas las están realizando una maraña de organismos reguladores nacionales, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y un ente semi-autónomo denominado Comité Europeo de Supervisores Bancarios.

Los bancos alemanes, que se encuentran en baja forma pero pueden seguir solicitando préstamos a bajo precio porque cuentan con el respaldo de un gobierno con unas finanzas sólidas, han afirmado que esperan aprobar. Las pruebas pueden esquivar el problema de las deudas soberanas al asumir recortes en los activos incluidos en las carteras de negociación y no en los préstamos. Y a diferencia de Estados Unidos, Europa parece estar dispuesta a utilizar una definición laxa del capital, que el mercado ya no considera el mejor punto de referencia de la solvencia.

Es necesario que algunos bancos no pasen los tests

Es demasiado tarde para solucionar todos estos fallos y aunque también es demasiado pronto para dar por perdidas las pruebas, deben suceder tres cosas. En primer lugar, los bancos deben suspender, ya que si todos aprueban será un indicio de que las preguntas planteadas no eran lo suficientemente difíciles. Algunas empresas, con un tono alentador, afirman que las pruebas se han endurecido a última hora.

En segundo lugar, aunque tener en cuenta el riesgo de las deudas soberanas es políticamente imposible, es necesario tratar el asunto de forma convincente. Debe revelarse al detalle la exposición de cada banco a las economías vulnerables. Tal y como ocurrió anteriormente, es posible que algunos bancos estén dando a conocer menos riesgos de los que realmente corren. Las duras pruebas realizadas en España, la gran economía que más preocupa a los inversores, también serán fundamentales para la credibilidad. Registra una deuda pública algo baja, pero algunos temen que no logre echar un cable a sus lisiadas cajas de ahorros. Esta preocupación parece exagerada y en cualquier caso, España podría beneficiarse del nuevo fondo de ayuda de Europa. Pero sus organismos reguladores y sus políticos ahora deben respaldar sus palabras con acciones, aunque otros países traten a sus bancos de un modo más indulgente.

Por último, las pruebas deben dirigirse de forma competente. Lo último que necesita Europa es la publicación caótica de los resultados de 91 bancos, que los organismos reguladores nacionales no reconozcan las conclusiones y que no exista ningún plan de recapitalización para las empresas que no superen el examen. Lo peor de todo no es que las pruebas sean irrelevantes, sino que dañen la confianza.