Religión: El burka, otra cruz que llevar

Presseurop via Sami Sarkis/Katarina Premfors/Getty
Presseurop via Sami Sarkis/Katarina Premfors/Getty
21 julio 2010 – Der Standard (Viena)


El debate sobre la prohibición del burka que hay en marcha en varios países europeos, e incluso en Egipto y Siria, pone de relieve la hipocresía de Occidente, según la filósofa alemana Andrea Roedig. Si el burka es un instrumento de opresión, ¿acaso no es el crucifijo una muestra de fascinación por la tortura?

Si Jesús llevase burka, ¿veríamos todavía crucifijos en las aulas y las oficinas? El debate sobre el velo integral islámico es candente en regiones del mundo de todo tipo. La polémica comenzó con la prohibición —hoy ratificada— de vestir burka y niqab en Francia y Bélgica, que pronto se extendió a España y el Reino Unido. Sin embargo, el anuncio [el 18 de julio] de la prohibición del velo integral en las universidades sirias no sigue la misma lógica, puesto que los argumentos que se esgrimen en el mundo árabe no son los mismos que se barajan en el debate europeo.

En Europa, la prohibición del burka se inscribe necesariamente en un contexto de competencia entre el Islam y la cultura cristiana. Se emplea sin ambages un doble rasero. Sin llegar a suscitar un entusiasmo desbordante, los proyectos de ley contra el velo integral islámico son bien recibidos por la población. Estas “jaulas ambulantes” —cuyo aspecto radical no figura entre las obligaciones estipuladas en el Corán— no son tanto la expresión de un deber religioso como un instrumento terrible de dominación masculina que reduce a las mujeres a la condición de insectos, según una periodista. A los ojos de Occidente, el burka es algo cercano a una metamorfosis kafkiana.

La interpretación de los símbolos

Sin embargo, hay que tener bien en cuenta que el mórbido encanto de los Cristos en la cruz tampoco es inofensivo. ¿Qué se puede pensar de una cultura que ha hecho su emblema de un instrumento de tortura? Vistos en perspectiva, el exhibicionismo y el fetichismo del sufrimiento en el simbolismo cristiano tradicional de Occidente no son menos desconcertantes que la absurda obligación de disimular el cuerpo que rige en un buen número de países musulmanes. Si no fueran una imagen que nos resulta tan familiar, tal vez los innumerables Cristos crucificados que, con sus muecas de dolor y sus heridas sangrantes, se exhiben en distintos lugares podrían constituir un problema para el orden público. La cruz, con Cristo o sin ella, es un símbolo refinado que representa a la vez la muerte y la resurrección. El instrumento de tortura es un símbolo de esperanza, ya que el crucificado resucita. La cuestión no deja de ser delicada, dado que cabe preguntarse si las imágenes pueden expresar de verdad lo contrario de lo que representan.

Es natural que la cultura occidental se muestre más tolerante con sus propios símbolos que con los de sus vecinos del sur. Con todo, es preciso reconocer que dichos símbolos no son menos inofensivos ni menos crueles. En cuanto a la misoginia del Islam, Occidente no puede ponerse muy insistente, porque las mujeres continúan teniendo prohibido el sacerdocio en una de sus principales iglesias, y hay muchos hábitos de monja que recuerdan al burka. Esta lucha de símbolos autorizados —un Cristo semidesnudo frente a las mujeres envueltas en un velo— cristaliza el contraste entre lo explícita que es la cultura cristiana y la iconoclasia del islam. Si el velo parece tan chocante e inhumano en Occidente, es debido a una cultura de la exhibición que asocia la libertad a la revelación de los pecados, del cuerpo o de la imagen divina. En cambio, el Islam es como la religión judía y no se expresa nunca a través de imágenes, sino mediante la sumisión a las normas.

Es necesario meditar sobre las bases de nuestra propia cultura

En realidad, el impulso que nos empuja a prohibir estrictamente en los espacios públicos el burka, pero no la cruz, no es sino la repetición de un antiguo conflicto cultural centrado en una fe, una ley y una prohibición (“no te harás imagen ni ninguna semejanza”) que el cristianismo jamás ha respetado. La prohibición del burka en Francia y Bélgica puede entenderse, pues, como la prohibición de prohibir la representación. Pero ¿por qué una medida como esta? ¿Qué tiene de horrible? Es hora de que los países europeos reconozcan su parcialidad y sus incoherencias culturales en el debate sobre el burka. No hay que banalizar el velo integral, que no deja de ser un instrumento de sumisión, pero ¿es preciso prohibirlo en el ámbito del Estado?

Esta gran limpieza laica de los espacios públicos permite abrir espacios, pero también representa un empobrecimiento y una imposición secular. Quizá sería preferible optar por el justo término medio, como en la constitución alemana, que asocia el principio de neutralidad del Estado a la garantía de la libertad de culto. Ciertamente, la separación entre iglesia y Estado queda menos clara, pero esta situación refleja la complejidad de las cuestiones religiosas y tolera al mismo tiempo la cruz, el velo y el burka. El principio de “pluralidad vía neutralidad” se asienta sobre la perspicacia y la capacidad de resistencia de los ciudadanos. No se puede pedir más para Europa.

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