Todas las jornadas del ruso Vadim Soendoekov comienzan del mismo modo: en la playa, con una taza de café. "La playa, el sol y el mar ¿qué más se puede pedir?", pregunta bajo su sombrilla de paja. La playa en la que Soendoekov disfruta de su café matutino se encuentra a los pies de las centenarias murallas de Budva, una pintoresca ciudad considerada el núcleo del turismo en Montenegro. Aquí, el sol brilla trescientos días al año.

Hay peores lugares en los que comenzar el día. Es lo que debió de pensar Soendoekov la primera vez que llegó a la costa del Adriático para pasar sus vacaciones hace cinco años. Y decidió quedarse. Junto a dos amigos rusos, dirige una agencia inmobiliaria en Budva. Clientes no les faltan. De hecho, en los últimos años se han establecido tantos rusos en la costa montenegrina, que Budva a veces se denomina el "Moscú con mar". Incluso en temporada baja, del cercano aeropuerto salen tres vuelos diarios a la capital rusa.

Pero no sólo acuden turistas, ya que un gran número de rusos, sobre todo de clase media, se han trasladado definitivamente a la costa del Adriático. Están allí para servir a sus compatriotas que invaden la costa durante la temporada alta o tienen una profesión que pueden ejercer en el extranjero

Una cultura similar a la rusa

En cierto modo, estos rusos siguen una tradición de un siglo de antigüedad, pues en el siglo XIX, los rusos acomodados se marchaban a Crimea o al Mediterráneo, en busca de climas más cálidos. Pero el clima ya no es la principal razón de esta migración. En la costa del Adriático es donde encuentran la paz y la tranquilidad que no existe en Rusia. Especialmente en Moscú, que según muchas personas, se está convirtiendo en un lugar imposible en el que vivir.

Lo primero que le llamó la atención a Nadja Lapteva cuando aterrizó en Montenegro fue la palabra "polako". "Significa tómatelo con calma, relájate, expresiones que en Moscú había olvidado que existían. Allí todo el mundo tiene prisa”. El año pasado intentó regresar a Moscú. Pero los embotellamientos diarios le superaron. Ahora dirige uno de los tres colegios rusos en Budva.

Konstantin Pandipoelovitsj, un programador de 30 años, también quiso escapar de la ajetreada vida urbana. "En Moscú se cometen más asesinatos que en México, sólo es barato el tabaco, el vodka y el caviar y en cuanto empiezas a ganar dinero de verdad, el KGB se presenta en tu casa". La conexión a Internet de alta velocidad es lo único que echa de menos de Moscú.

Comparado con Rusia, Montenegro es un país normal. A pesar de la corrupción generalizada, el país está en vías de convertirse uno de los próximos Estados miembros de la Unión Europea. La pertenencia a la OTAN también se encuentra en la lista de deseos del Gobierno en Podgorica, la capital.

Sin embargo, este aspecto no ha atenuado la atracción de los rusos hacia el país. De hecho, Montenegro posee algo que los demás países mediterráneos no pueden ofrecer: una cultura que es extraordinariamente similar a la de Rusia. Al igual que los rusos, los montenegrinos son ortodoxos y, al ser eslavos, sus idiomas están relacionados. Incluso sus escudos son muy parecidos. Además, el hecho de que los rusos no necesiten visado facilita todo un poco más. Por si todo esto fuera poco, también les unen vínculos históricos. Moscú ha actuado desde el siglo XIX como protector de Serbia, con quien Montenegro formó un único país hasta 2006.

La ciudad del zar

Gracias a las inversiones rusas en el sector del turismo, la crisis no ha afectado a Montenegro tanto como al resto de la región. En los últimos cinco años, alrededor de Budva se han multiplicado los complejos de apartamentos de lujo para alojar a los directivos de Gazprom y de otros gigantes energéticos.

El último proyecto se encuentra en lo alto de una montaña: un distrito residencial de alta seguridad que ofrece una espectacular vista de la bahía. Su nombre oficial es Carsko Selo, la ciudad del zar, pero todo el mundo lo llama "el pueblo ruso". Y esta tendencia no se limita al sector inmobiliario, ya que los rusos cada vez ejercen más influencia en otros sectores.

Hace siete años, el oligarca ruso Oleg Deripaska compró la fábrica de aluminio de Podgorica, la empresa que proporciona más empleos en Montenegro y que representa más de la mitad de las exportaciones de este pequeño Estado balcánico. Esto llevó al grupo de expertos alemán Stiftung Wissenschaft und Politik a concluir en 2010 que la economía montenegrina se encontraba en manos rusas.

Esta tendencia no es del agrado de todos. En el Parlamento Europeo, el año pasado se plantearon preguntas sobre la creciente influencia rusa en Montenegro.Pero los rusos no aceptan las críticas. Uno de los primeros habitantes del “pueblo ruso”, un empresario de Moscú responde con enfado. "¿Alguien se quejó cuando los ingleses invadieron la Costa del Sol y los alemanes ocuparon Mallorca?".