Es extraño: hace ya varios lustros que los economistas y los sociólogos vigilan a los países en crisis del sur de Europa para comunicarnos a continuación sus malas noticias, cada vez más inquietantes. Y durante este tiempo, se sigue insistiendo en el discurso sobre la "Kerneuropa" [el núcleo duro de Europa], que sigue funcionando gracias a un "motor franco-alemán" al que le está prohibido "fracasar".

Mientras, en vista de la competitividad en constante descenso y de la deuda pública astronómica de Francia (que asciende ya al 90% de su PIB), se plantea una pregunta: ¿estamos ante un asunto de ceguera ingenua generalizada, o quizás ante la que sería la última victoria pírrica de ese arte francés que consiste en crear cortinas de humo?

¿Cómo es que nadie ha analizado este asunto más de cerca? Louis Gallois, exdirector de EADS, dio involuntariamente hace dos semanas una explicación indirecta, al dar su opinión despiadada sobre la economía francesa y al exigir que se lleven a cabo unas reformas draconianas. Sería necesario un "choque de confianza", poetizó este hombre que en otros tiempos se benefició de lucrativos contratos públicos. Sus trémolos sobre la crisis sonaban de nuevo como una combinación de bolchevismo y de falsa elegancia, exactamente en la línea de Arnaud Montebourg, enemigo declarado de la globalización y "ministro de la recuperación productiva" de su Estado.

Microcosmos parisino

"El estilo es el hombre", escribió un día Madame de Staël. Da la impresión de que la sociedad francesa se ha quedado bloqueada en el modo de "parloteo". Durante los cinco años de mandato de Nicolas Sarkozy, su pareja interesaba más que su desprecio manifiesto sobre el reparto democrático de los poderes, o más que el desvío escandaloso de los servicios secretos para vigilar a los últimos periodistas críticos del país (en Francia, los medios de comunicación en Internet e impresos se subvencionan a base de millones, de ahí que existan ciertos tabús previsibles).

Pero un artículo, aunque lo realicen los miembros del microcosmos parisino, debe respetar las fronteras claramente trazadas. De lo contrario, quizás se habría podido destacar que, a pesar del paro masivo, a Monsieur Montebourg le preocupaba ante todo instalar a su encantadora esposa en el sillón de directora de "Les Inrocks", la legendaria revista musical. Además, se podría haber recordado a Laurent Fabius, actual ministro de Exteriores, su pasado como primer ministro de François Mitterrand: en aquella época, se inyectó a tres mil franceses sangre contaminada con total conocimiento de causa en los centros de transfusión sanguínea; y si bien Laurent Fabius y sus ministros fueron exculpados por una justicia parcialmente independiente, murieron numerosas víctimas.

No es necesario ser un anglosajón que deshonre al Estado (actualmente, este insulto es más grave en Francia que el epíteto "boche" que se reservaba antes a los alemanes) para constatar el potencial explosivo de este retroceso conjugado del presente y del pasado y para ver en la insistencia de los dirigentes tan elitistas como incompetentes un factor determinante de la crisis.

No abundan las opciones de verdad. En Francia no hay ni social-democracia, ni democracia cristiana, si bien la izquierda y la derecha coinciden sobre todo en su gusto por el estatismo, en su limitación de las iniciativas privadas de la clase media y en un proteccionismo preconizado en todos los bandos, que se apoya sin pudor en el discurso capitalista de "l’égalité toujours" (la igualdad, siempre). Mientras, las exportaciones francesas retroceden, el paro estalla, el antisemitismo de los musulmanes causa estragos en los suburbios, la seguridad social está al borde de la ruina y la quiebra amenaza al Estado.

Un trabajo seguro

¿Dónde están entonces los ensayistas franceses que supuestamente debían arreglar sus cuentas con el carácter cuasi-comunista de su país? ¿Dónde están los politólogos que debían devolvernos la separación de poderes de Montesquieu, así como examinar en profundidad los tejidos de las relaciones entabladas entre las instituciones?

Irónicamente, el país que vivió el año 1968 más turbulento de todas las sociedades de Europa Occidental es el que se ha mantenido más autoritario. Incluso hoy, la inmensa mayoría de jóvenes afirman que desean ser "fonctionnaires*" (funcionarios), un puesto de trabajo seguro en un aparato administrativo que odian tanto como aman. Y mientras, los cines siguen proyectando comedias sentimentales siguiendo la estela del gran éxito de Amélie: el regreso soñado al hortus conclusus, al paraíso galo en el que el vino de Beaujolais sigue siendo famoso y en el que incluso la baguette se subvenciona…