Durante las próximas semanas, en Bruselas no se murmurará más que de un tema de conversación: el empleo. Nada que ver con la triste letanía de despidos con la que los diarios del mundo entero nos saturan últimamente. No será otra cosa que los cotilleos de una pandilla de hombres- y de una o dos mujeres- aburridos, arrogantes, y demasiado bien pagados, obnubilados por la idea de preservar sus privilegios.

Las especulaciones sobre el futuro de José Manuel Barroso deberían calentarse ahora que se ha declarado a sí mismo candidato de manera oficial a su propia sucesión en la presidencia de la Comisión Europea. El interesado ha subrayado que la renovación de su mandato dependía de la aprobación de los gobiernos y de los diputados europeos, pero me sorprendería que sus ambiciones se enfrenten con oposición alguna. Y es una pena.

Sus partidarios dan a entender que disfruta de una especie de mandato natural con el pretexto de que es miembro de un partido de centro-derecha y que esta tendencia ha obtenido una mayoría de escaños en las últimas elecciones. Sin embargo, el nombre de Barroso no figuraba en ninguna de las papeletas de voto propuestas a los electores de los veintisiete países miembros. Y, que yo sepa, ningún candidato ha hecho campaña diciendo que había que votarle a él para la reelección de Barroso en la presidencia de la Comisión.

Lejos de ser apoyado de manera unánime por los electores, Barroso ha sido severamente criticado cada vez que los ciudadanos europeos han tenido ocasión de pronunciarse sobre su política. Después del rechazo en Francia y los Países Bajos del proyecto de constitución europea que defendía, Barroso ha estado maquinando con los jefes de Estado y de gobierno con el fin de presentarlo otra vez bajo la forma del tratado de Lisboa. Hace solamente un año, aquel fue rechazado por Irlanda, el único país que ha sometido su aprobación a un referéndum. Pero Barroso se niega a aceptar un "no" irlandés y reclama la celebración de una nueva votación.

Acaso por el desprecio que muestra por las prácticas democráticas, Barroso merecería ser reemplazado sin dilación. En un momento en el que las dificultades económicas y ecológicas mundiales exigen abnegación y creatividad, Barroso se ha reodeado de representantes de una ortodoxia desacreditada y de una rapacidad sin límites. Para ayudarle a salir de la crisis financiera, se ha apoyado en Callum McCarthy, ex presidente de la Financial Services Authority [institución encargada de regular los servicios financieros en el Reino Unido], quién ha calificado de "reacción irracional" los llamamientos realizados en 2007 para un control más estrecho de los mercados financieros. Para luchar contra el cambio climático, Barroso ha reclutado a Peter Sutherland, cuyo empresa, British Petroleum, figuraba en 2005 entre las diez empresas del mundo con peor nota en materia de protección medioambiental.

Barroso siempre ha puesto los beneficios de las empresas por delante del bien común. No contento con intentar abrir a la competencia la distribución de ciertos bienes y servicios esenciales, Barroso también maquinado con Peter Mandelson para obligar a los países pobres a aceptar acuerdos comerciales desastrosos para su economía. También ha defendido la producción de organismos genéticamente modificados y ha intentado hacer autorizar la circulación de miles de productos químicos sin pruebas sanitarias previas.

Hace cinco años, Barroso tuvo que renunciar al nombramiento de Rocco Buttiglione como comisario europeo de Justicia ante la sorpresa de los eurodiputados, indignados por la homofobia de este último. Barroso se comprometió entonces a dar atención particular al respeto de los derechos fundamentales de los ciudadanos. Sin embargo, la Comisión no ha cesado de poner trabas a la adopción de nuevas leyes anti-discriminación. Su política en materia de inmigración y derecho de asilo se inspira en la derecha radical y apoya el encarcelamiento hasta 18 meses de los solicitantes de asilo cuya demanda haya sido rechazada.

Por otra parte, Barroso todavía no ha dado explicación satisfactoria sobre la participación de Portugal en el programa de encarcelamiento y tortura de la CIA (bautizado de manera púdica "programa de rendición extraordinario") en la época en la que fue primer ministro. Los militantes pacifistas, además, nunca le perdonarán haber organizado la cumbre de las Azores en 2003, en la que George W. Bush y Tony Blair dieron el toque final a su plan de invasión ilegal de Irak, que puso este país a sangre y fuego.

Los diputados europeos recién elegidos en Estrasburgo han hecho innumerables promesas sobre su determinación a defender el interés de los ciudadanos. SI pensaran de verdad lo que dicen, ahora deberían relevar a Barroso de sus funciones.