Es ya un tópico aceptado con resignación que la Unión Europea no tiene política exterior. Son una vulgaridad los sarcasmos sobre lady Ashton, la vicepresidenta de la Comisión y alta representante de la Política Exterior, a la que se le ha encargado pilotar un barco sin rumbo, sin velas y quizás sin casco, es decir, un artefacto que ni siquiera sirve para navegar. Desde julio de 2010 comanda un formidable Servicio Europeo de Acción Exterior, con 3.000 diplomáticos de altísimo nivel profesional, que no tiene realmente a quien servir, porque le falta la unidad y la voluntad políticas que conforman una identidad y una personalidad internacionales.

Todos los países que cuentan saben que en política exterior hay que tratar con los grandes socios europeos uno a uno, mantener unas relaciones prudentes y discretas con los medianos y pequeños, y solo atender a las instituciones europeas en las escasas cuestiones donde la Comisión todavía aguanta el tipo, como es la política de competencia. Lo saben en todas las cancillerías no europeas: las paces y los acuerdos mejor por separado, porque siempre hay otro europeo para la factura. Lo saben en Washington, lo saben en Pekín y donde más lo saben es en Jerusalén, que no es la capital internacionalmente reconocida de Israel, pero es donde está su Gobierno.

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