Creo que lo que está en juego en estas elecciones lo resumió perfectamente el primer ministro Victor Ponta [miembro de la Unión Social Liberal, de centro-izquierda], cuando, durante su gira por la Rumanía profunda, declaró que, si nos hubieran dicho que nos encontraríamos con la DNA [Dirección Nacional Anticorrupción] y la ANI [Agencia Nacional de Integridad], y no sólo con el dinero en nuestros bolsillos, probablemente nos habríamos pensado dos veces entrar en la UE.

Esto me recuerda a una mujer que vi un día en un telediario en una cadena belga: había dado a luz a un bebé con síndrome de Down [también llamado trisonomía 21] y dijo que de haberlo sabido, habría tomado medidas para interrumpir el embarazo a tiempo ya que, según decía "la salud del niño es lo primero".

Expectativas y privaciones

Dejando a un lado lo absurdo de la situación, creo que el primer ministro políticamente tiene razón: la adhesión a la UE ha sido muy beneficiosa para Rumanía y para cada rumano, incluso antes de ser efectiva. Pero la gente se ha acostumbrado a sus ventajas, que dan por sentadas y ni siquiera reparan en ellas. Ahora sólo se fijan en los golpes que reciben.

Analicemos más de cerca los dos principales temas que parecen ocupar la mente del elector en esta campaña indolente y adulterada. Los ingresos mensuales de los hogares, calculados en lei (la moneda nacional), fueron en 2012 un 73% superiores a los de 2006, el último año de crecimiento económico máximo antes de la adhesión (y de la crisis). En otras palabras, los rumanos viven incomparablemente mejor que entonces, pero ¿a quién le importa eso?

Los electores no razonan mirando hacia atrás, ni se preguntan cómo vivirían si no hubiéramos entrado en la UE, al igual que tampoco hacen cálculos objetivos en el tiempo. No. Cuando el ciudadano de a pie vota, se basa en las expectativas subjetivas que proyectaba, de un modo un tanto utópico, entre 2006 y 2007, cuando parecía que todo, los sueldos, los precios de los terrenos, los empleos, iba a aumentar un 30% al año y de forma indefinida.

Esta privación objetiva es lo que moldea el comportamiento electoral y no sólo en Rumanía. Pedir a la gente que lea los excelentes análisis de la Comisión Europea sobre los "costes de la no adhesión" sería inútil, como tampoco serviría de nada enviarles a la República de Moldavia para realizar un viaje iniciático.

Una gran distancia

La otra cuestión que resulta de gran importancia para el elector, al menos en teoría, es la corrupción, es decir, la forma en la que "nos roban", independientemente de "quiénes" sean los ladrones, porque son siempre los mismos. A juzgar por los hechos, no podemos esperar que se recompense a los que, después de 2005 y 2006, han hecho posible que por primera vez en estos 150 años de Estado rumano moderno, los altos funcionarios puedan ser juzgados y condenados por corrupción. Esta primicia se concretizó por las presiones directas de la UE y podríamos decir que el pueblo inscribe este hecho en la columna de "beneficios".

La lucha contra la corrupción no podía realizarse sin que se produjeran choques, lo que nos lleva directamente a lo que está en juego en estas elecciones: son muchos los que se encuentran amenazados por el refuerzo del Estado de derecho apoyado por Europa y no dejarán que les arrebaten las riendas del país sin pelear.

De hecho, representan una mayoría en la clase política, aunque se dividan entre más moderados o más radicales. En los últimos meses, hemos tenido la sensación de que el primer ministro Ponta, por ejemplo, controla muy poco la situación, al encontrarse en una posición incómoda a gran distancia entre los dos bandos, intentando decir a cada interlocutor lo que quiere escuchar. De ahí todas esas contorsiones verbales oficiales que resultan tan divertidas.

En otras palabras, mientras que para los elegidos la clave de las elecciones será el regreso o no a la impunidad ante la ley, los electores votarán inevitablemente según una lógica paralela, impulsada por los vientos anti-Basescu [el presidente Traian Basescu, del Partido Democrático Liberal] que comenzaron a soplar hace dos años. Porque el presidente [a petición del FMI] fue quien redujo sus sueldos y sus pensiones. Estos vientos amainarán con el tiempo, pero aún es demasiado pronto. Y la idea de Europa parece sufrir los daños colaterales de esta situación.