Debería haber sido el punto culminante de la presidencia checa de la Unión Europea: el Consejo Europeo de junio en que se dan cita estos días todos los líderes comunitarios. Pero la de hoy es una cumbre aburrida bajo la presidencia de un hombre [el primer ministro checo en funciones, Jan Fischer] al que la mayoría de los participantes ven por primera vez. Y seguramente lo único que estarán pensando es: "Por lo menos no se trata de Klaus" [el euroescéptico presidente checo].

Para todos los países de la UE menos para la República Checa, ésta no es más que una conferencia de muchas. Una cumbre sin grandes ambiciones en la vida de las instituciones europeas que aún así quizá aporte algunas respuestas a las cuestiones europeas actuales. Una cumbre en la que se formularán los compromisos de la Unión de cara a Irlanda en lo relativo al Tratado de Lisboa. Una cumbre en la que se hablará ya de los preparativos para la cumbre sobre el calentamiento global y sobre la regulación de los mercados financieros, y también sobre el nombramiento del futuro Presidente de la Comisión Europea. Pero lo fundamental se hará durante la presidencia sueca, en el segundo semestre.

Desde nuestro punto de vista, se trata de una oportunidad desaprovechada. Resulta triste ver qué poco se espera de una gran conferencia "checa" como ésta. Cuando la prensa europea habla de la cumbre, aborda todo tipo de cuestiones pero no dice casi nada de la presidencia checa. ¿Qué puede decirse de la conferencia de prensa del Gobierno checo, en la que éste se congratulaba por lo "extraordinario" del programa de la cumbre, afirmando que incluye "asuntos de una importancia extraordinaria" y que su preparación, "dada la extraordinaria complejidad del programa", ¿ha llevado al Primer Ministro a visitar al conjunto de sus socios europeos? Sin embargo esa palabra que tanto se repite, "extraordinario", contrasta sobremanera con la realidad. Y las reuniones del Primer Ministro en funciones de este gobierno de expertos no tienen mucho que ver con lo que uno se imagina que sería propio de un Presidente del Consejo Europeo. El Gobierno de Fischer tiene un mérito: ha evitado lo peor. Tras la caída en marzo del Gobierno de Mirek Topolánek, muchos se preguntaron qué había de suceder si Václav Klaus llegaba a presidir el Consejo Europeo del mes de junio.

Gracias al Gobierno de Fischer y a un Klaus que al final ha acabado mostrándose conciliador, por lo menos nos hemos ahorrado esa vergüenza y hemos evitado una situación de crisis. Este contexto formal y gris en el que nos encontramos ha hecho posible que todos salvaran la cara. A decir verdad, la coyuntura refleja por completo lo difícil que es nuestra relación con la Unión Europea: siempre logramos evitar que ocurra lo peor, pero no hacemos valer nuestro potencial lo suficiente. Dejando de lado la campaña "Endulzaremos Europa" [eslogan con doble sentido] y Entropa [la controvertida obra del artista checo David Černý], así como el carácter difuso y pasivo de la dirección política checa, la maquinaria de la presidencia de Topolánek, asistida por funcionarios competentes, ha funcionado bastante bien después de todo.

Siempre nos quejamos de que somos una nación pequeña incapaz de imponerse. Así que no hacemos nada mientras nos decimos satisfechos: "¡Si ya lo habíamos dicho nosotros! Sólo se hace lo que mandan los franceses y los alemanes". La presidencia podría habernos dado confianza en nosotros mismos. Podría habernos demostrado que somos un país europeo que sabe ganarse el respeto de las demás naciones y puede obtener resultados. Nuestra forma de actuar durante la "crisis del gas" resultó alentadora. Pero luego, nada.

Gracias a la profesionalidad de nuestros funcionarios de Praga y nuestros diplomáticos de Bruselas, hemos ganado puntos. Pero, sin una representación política de peso, su labor resulta prácticamente invisible. Nuestros políticos son más que nadie los que forjan la reputación de la República Checa en la Unión Europea y permiten que el país tenga influencia. Han suspendido el examen de Europa.