Los demógrafos estiman que si prosigue la tendencia actual, sólo dos de cada tres jóvenes polacas serán madres. Ya es seguro que, entre las mujeres nacidas en los años setenta y ochenta, cerca de una de cada cinco no tendrá hijos, mientras que en la generación de los años sesenta esta proporción era tan sólo de una de cada ocho mujeres. Esto equivaldría a uno de los índices de natalidad más bajos del mundo. Actualmente, en Japón, Estados Unidos o Reino Unido, renuncian a la maternidad cerca de una de cada cuatro mujeres.

Según los investigadores, la prolongación de los estudios sería el principal motivo de este descenso en el índice de la natalidad. En Polonia nos encontramos en pleno auge educativo: la generación de los años ochenta y noventa tienen un nivel de estudios superior. De los 2,5 millones de jóvenes entre 18 y 22 años, 1,9 millones cursan actualmente estudios universitarios. Nuestro mercado laboral, sin fe ni ley, con sus contratos basura y un elevado riesgo de paro juvenil no ayuda mucho. La edad de la madre para tener a su primer hijo aumenta constantemente y se ha incrementado en más de dos años en los últimos 15 años. El número de mujeres que dan a luz a su primer hijo después de los 30 años se ha duplicado.

Parejas estériles sin ayuda

La evolución genética no sigue los cambios sociales. Los cuerpos no están concebidos para la maternidad en la treintena. Los médicos estiman que en Polonia, una de cada cinco parejas sufre problemas de fertilidad. Sin duda, la medicina puede ayudarles, pero hasta ahora sólo los más ricos podían permitirse el método de fecundación in vitro, el más fiable de los últimos recursos contra los problemas de infertilidad. Recientemente, el Gobierno transfirió la votación al Parlamento y abrió, mediante un decreto la vía a la financiación pública de la FIV, que esperan 30.000 parejas. Pero sin una ley bioética y ante la oposición de la Iglesia a la procreación asistida médicamente, las parejas estériles corren el riesgo de quedarse sin ayuda.

A las solteras con estudios les cuesta trabajo encontrar una pareja para toda la vida. Los estudios realizados dentro del programa de investigación Famwell, dirigido por el Instituto de Demografía de la Escuela de Estudios Superiores Comerciales de Varsovia, demuestran que cerca de la mitad de las mujeres de la generación de los años sesenta que no han tenido hijos, sencillamente no habían establecido una relación lo suficientemente estable como para formar una familia. En parte porque una mujer soltera con estudios universitarios no buscará a un soltero sin estudios, ya que las estadísticas demuestran que las parejas de este tipo son prácticamente inexistentes en Polonia. Pero no se trata únicamente de una cuestión de poseer estudios universitarios.

Un esquema tradicional trastocado

También existe otro problema, sobre todo fuera de las grandes ciudades, con los solteros a medio camino entre el pasado y el presente. Como en los viejos tiempos, siguen creyendo que están exentos de cualquier carga doméstica, pero ya no quieren asumir otros aspectos asociados a la figura tradicionalmente masculina, como la función de jefe de familia, garante de la seguridad material. Las mujeres solteras, con formación, y con cada vez más independencia y movilidad (que son precisamente las jóvenes que han constituido la última gran oleada de emigración polaca), no quieren asumir esa carga. Sin embargo, algunas de ellas no renunciarían a un esquema tradicional: ella en casa y él en el trabajo, con un buen sueldo a fin de mes. Pero no existen los trabajos bien pagados y disponibles. Y así se cierra el círculo.

En cuanto a las solteras urbanas, denuncian el exceso de hombres indecisos que huyen de cualquier responsabilidad y de relaciones estables. Los jóvenes no logran mantener una pareja. Porque, ahora que, sobre todo gracias a Internet, podemos pasar de una relación pasajera a otra, ¿qué sentido tiene limitarse a una relación estable con una sola persona?

Los demógrafos cifran en 7 millones el número de solteros polacos entre 25 y 45 años. Según un informe de la OCDE, no menos del 40% de las personas de entre 25 y 35 años viven con sus padres y como mucho mantienen una relación informal con alguien.

Una imagen de madre despreciada

Si las mujeres de hoy son más reticentes a fundar una familia, también es porque son hijas de "madres polacas" (Matka Polka, una expresión para designar a una madre dispuesta a realizar cualquier sacrificio por sus hijos y su familia). Durante toda su infancia, han visto a sus madres, agotadas al tener dos trabajos, fuera y dentro del hogar. Para las mujeres de la generación de los años cincuenta, el matrimonio implicaba automáticamente la disminución del bienestar y la depreciación del valor de su vida. Sus hijas no quieren encontrarse en esta misma situación.

Los antropólogos destacan que el lugar de los hijos en el mapa de proyectos, de necesidades y de objetivos ha cambiado fundamentalmente. No obstante, los psicoterapeutas afirman que el deseo incumplido de tener un hijo es una de las experiencias más difíciles de la vida, que se traduce en un duelo total. Pero esto no afecta a todo el mundo. La ciencia moderna ha descartado la existencia del instinto maternal o paternal. Y algunas mujeres, incluso después de ser madres, tampoco lo sienten. Por lo tanto, la no procreación se incluye en el desarrollo de la civilización del mismo modo que la prolongación de la longevidad.

Pero el deseo de ser madre o padre puede ser enorme. Independientemente de nuestros sistemas de valores, la mayoría de las personas desean tener hijos, pues lo consideran como la experiencia esencial del amor. Una experiencia que es el origen del sentido en la vida y, a fin de cuentas, el único aliado del crecimiento demográfico.