“Olvídense del calendario maya: es en Berlín donde Casandra se reivindicará o será desmentida”. Así concluía mi última columna del año pasado. Parecía un pronóstico, pero no lo era, pues permitía dos finales completamente opuestos. Y tampoco revelaba nada que no supiéramos, pues desde hacía tiempo éramos conscientes de que todos los caminos conducían a Berlín (aunque con parada previa en Fráncfort, sede del Banco Central Europeo). Si recuperarla tiene algún valor es el de recordarnos lo cerca que estuvimos del abismo y así ayudarnos a entender dónde estamos ahora.

A lo largo de 2011, una combinación letal de titubeos, prejuicios, miopía, ausencia de liderazgo, divisiones entre países y exasperante lentitud institucional lograron convertir una profunda crisis económica en una crisis existencial que puso la supervivencia del euro en cuestión. In extremis, el Banco Central Europeo inundó el mercado de liquidez, lo que alivió temporalmente los problemas pero no los solucionó.

Cierto que la canciller alemana, Angela Merkel, consciente de la gravedad de la crisis, había reconocido públicamente en noviembre (de 2011) que “si el euro cae, Europa cae” Sin embargo, sus actuaciones quedaron muy lejos de convencer a nadie de la determinación de llevar esa retórica hasta sus últimas consecuencias. Eso explica que, en el primer semestre de este año, algunos operadores financieros dejaran de especular con la supervivencia del euro para dar un paso más y comenzar a descontar su colapso.