La influencia de Europa está en declive. Se pudo constatar en la Cumbre de Copenhague sobre el cambio climático, donde no se cumplió el deseo europeo de llegar a acuerdos vinculantes sobre la reducción de gases de efecto invernadero. Con la crisis financiera, los problemas han sido aún más patentes.

La decisión de conceder una ayuda a los países en riesgo de quiebra se tomó demasiado tarde. Fue necesario recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI) para aplicarla. Lo mismo ocurrió con los trámites para implantar un sistema de vigilancia económica: también se adoptaron demasiado tarde, aunque se imponga una auténtica unión política para poder exhortar a países como Grecia a que se comporten correctamente.

Falta de dinámicas nacionales

La falta de dinamismo en Europa es el resultado de la suma de las ausencias de dinamismos nacionales. Por ejemplo, en Hungría, esto ha producido una crisis política que socava todo lo que representa Europa. En plena crisis financiera, el Fidesz, partido de derecha, logró a comienzos de 2010 una mayoría de dos tercios en el Parlamento, lo que le permite modificar la constitución a su antojo.

Con ello se abren las vías hacia la dictadura, sobre todo porque el resultado de las elecciones se traduce en un clima de rechazo a la política. Esto da rienda suelta a las ideas radicales, como las del partido de extrema derecha Jobbik, que echa la culpa de todos los males a los judíos y a los zíngaros. Esta crisis es una variedad extrema de un malestar político que se siente en casi todos los Estados miembros de la UE y representa un obstáculo para aplicar una política constructiva.

Lo que es curioso es que Europa parece resignada ante esta decadencia, algo que se puede explicar por el éxito del proceso de integración europeo propiamente dicho, que ha aportado prosperidad y seguridad. Pero también ha hecho que con este bienestar se genere apatía en la gente. Todo aquello que ponga en peligro el paraíso creado lleva al descontento, a exigir "menos Europa" y a designar chivos expiatorios, como los judíos, los zíngaros, los musulmanes o "los ricos".

Todo ello, unido a la ausencia de dinamismo político nacional, impide a los Estados miembros respetar las promesas esenciales, como la aplicación de los objetivos de Lisboa 2000. Europa no se ha convertido en la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo. Con el nuevo plan de "Europa 2020" tampoco se conseguirá.

Sin una auténtica reflexión

Otra explicación a esta decadencia es la gran velocidad a la que circula la información: los políticos y las políticas corren de una batalla mediática a otra. Esto impide realizar cualquier tipo de consideración profunda y no moviliza lo suficiente la reflexión para llegar a soluciones sostenibles ante los problemas planteados. Por otro lado, los mismos líderes en muchas ocasiones carecen de conocimientos y de perspicacia. Por consiguiente, resulta difícil explicarles la necesidad de aplicar medidas políticas refutadas.

Tomemos como ejemplo el envejecimiento de la población. De momento, sigue habiendo cuatro personas activas por cada jubilado en la UE, pero en 2040 tan sólo habrá dos. Se necesitan inmigrantes para compensar este envejecimiento demográfico. Según datos de Eurostat, 40 millones de inmigrantes entrarán en la UE de aquí a 2050. Con ello podrán contrarrestarse en parte los efectos de la baja natalidad y del aumento de la esperanza de vida. Y sin embargo, los políticos quieren frenar la inmigración. Sin más inmigrantes, la decadencia de Europa se acelerará.

Esperemos que la crisis financiera haga comprender a los políticos que es necesario invertir la tendencia negativa. Para ello, deben convertirse en líderes capaces de trabajar juntos y que sepan movilizar la capacidad de innovación de los europeos para adaptar la UE a los tiempos cambiantes.