Los intereses económicos de los Estados, incluidos las democracias liberales, requieren un cierto pragmatismo. Un ejemplo de ello son las relaciones entre Estados Unidos y China, un país que dista mucho de ser la patria por excelencia de los derechos humanos. También lo son los europeos que, a cambio de gas y petróleo, hacen la vista gorda con respecto a las desviaciones autoritarias de Rusia y al carácter poco democrático de las monarquías del Golfo. Por lo tanto, no hay motivos para escandalizarse si Italia y su gobierno, tanto el actual como los anteriores, tienden la mano a un interlocutor tiránico, con un pasado tenebroso y extraño, como Muamar al Gadafi.

Y dado que esta tolerancia resulta ventajosa para Italia, tampoco hay que mostrarse demasiado intransigentes ante el carácter de sus visitas oficiales, ni sentirse "ofendidos" por lo que ha sido calificado con benevolencia por parte del jefe de gobierno italiano Silvio Berlusconi como "folclore". En estos tiempos de vacas flacas, hacer negocios con los que pueden permitírselo y sacar beneficio de ello (si es que realmente llegan a obtenerlos) sin duda merece saltarse el protocolo.

Chantaje a Europa

Sin embargo, aunque resulte razonable recibir a Gadafi con las mejores condiciones, la Italia de Berlusconi ha cometido un error al superar, o al dejar que se superen, los límites que deberían considerarse infranqueables en lo que respecta a la reputación de un país y su credibilidad en el ámbito internacional. Silvio Berlusconi y todo su gobierno estaban presentes el 30 agosto cuando Muamar al Gadafi lanzó lo que es difícil de no calificar como un chantaje a Europa: el dirigente libio reclamó que Libia reciba al menos cinco mil millones de euros por detener la inmigración clandestina hacia la UE. De lo contrario, no podrá controlar el flujo de los millones de desesperados y Europa será tan "negra" como África.

Es cierto que el líder libio no ha señalado ningún calendario ni ha precisado las condiciones del intercambio. Pero ha afirmado contar con el apoyo de Italia en esta iniciativa. Como si la más que remunerada pacificación bilateral con Roma le diera vía libre para hacer subir las apuestas, reclamando dinero a los europeos, poniéndoles al cuello el cuchillo de los inmigrantes clandestinos.

Berlusconi y su gobierno casi al completo también estaban presentes cuando Gadafi, que para engatusarles hizo alusiones a su apoyo para que Italia consiguiera un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, resaltó su visión del Mediterráneo. No podemos oponernos a un mar de paz. Un mar que hay que salvar de la contaminación, de acuerdo. Un mar en el que el diálogo entre la orilla norte y la orilla sur es necesario, por supuesto. Y luego, la guinda del pastel: un mar que debe apartarse de los "conflictos imperialistas", en el que sólo pueden circular los navíos de los países que posean costas en el mismo. Es decir, en el que los navíos "extranjeros" son sólo los de la VIª flota estadounidense, cuyas bases se encuentran, qué coincidencia, en Italia.

Proselitismo en la capital de la cristiandad

¿Se pueden calificar de "folclore" las extravagancias de un líder que siempre ha sido original a su manera? Cada uno es libre de pensarlo. Pero da la impresión de que Gadafi no ha cambiado, que se parece al que era antes de firmar el tratado de amistad con Italia [en 2008], que siempre ha mantenido la cuerda tensa en sus relaciones con el exterior para volver a unir su frente interno y que siempre ha sacado dinero de los intereses de sus socios. Si es necesario, con chantajes apenas velados, como ocurre con una Europa que conoce bien y afronta mal la cuestión de la inmigración clandestina.

Las grandes cuestiones que suscita la visita de líder libio y que constituyen el contrapeso de nuestra conveniencia económico-energética no acaban aquí. Gadafi exige la asistencia de jóvenes bellas, contratadas por una agencia especializada, para anunciarles que desea que el islam se convierta en la religión de Europa. Se trata de un concepto que no es escandaloso por sí mismo, ya que cualquiera es libre de desear el triunfo mundial de su propia religión. Pero Gadafi ejerce su proselitismo precisamente en Roma, capital de la cristiandad. Y lo hace siendo el invitado de Berlusconi, que en su día polemizó con la Francia laica porque París no quería que las raíces judeo-cristinas de Europa se mencionaran en la Constitución Europea. Gadafi ya representó este número en su primera visita en Roma. Podría haberse previsto y evitado su repetición.

También sería un error atribuir al "folclore" propio del Coronel la convocatoria de cientos de jóvenes para expresarles su deseo de extender el islam. ¿Cómo se ha permitido que se celebren estas reuniones en las que se ofende a las mujeres con esta selección de sexo y estética? ¿Quién financia su contratación? Si se tiene en cuenta que las condiciones en las que se realizan las "devoluciones" de los inmigrantes procedentes de Libia (cuyo número efectivamente ha disminuido pero cuya suerte se desconoce una vez que se internan en los campos de Gadafi) están lejos de estar reguladas, habría sido conveniente estudiar detenidamente la relación entre costes y beneficios.