Recibimos la felicitación del 31 de diciembre con retraso. No la del presidente de la República, sino la de Angela Merkel. Fue como una aparición. La canciller se mostraba con un aire imperial. Angela Merkel realizó un ejercicio perfecto. La crónica reflejó las previsiones pesimistas de la canciller: "Aún estamos lejos de haber superado la crisis".

Pero eso no es lo que vimos. Vimos a una canciller reinar sobre una Alemania tranquila, a nueve meses de las elecciones generales [previstas para el 22 de septiembre de 2013]. Estaba radiante, vestida de satén gris, con el edificio del Reichstag de fondo, la encarnación de la democracia parlamentaria alemana. Con un tono posado y una leve sonrisa. Algunos reprochan a esta física, hija de un pastor y educada en Alemania del Este, que prefiera las ciencias puras a las ciencias humanas, que carezca de conciencia histórica cuando se plantea la cuestión europea.

Angela Merkel se esfuerza para inscribirse en la tradición de los padres de la República Federal. Por eso en su discurso se remontó 50 años atrás: citó a Walter Bruch, el inventor alemán del televisor en color Pal, que compitió con nuestro sistema Secam nacional; recordó a Kennedy, cuando proclamó ante el muro de Berlín “Ich bin ein Berliner”; rindió homenaje a Charles de Gaulle y a Konrad Adenauer, que consolidaron la reconciliación franco-alemana.

Sudor y lágrimas

Antes de aspirar a un tercer mandato, Angela Merkel quiere forjarse una imagen digna de sus grandes predecesores. Durante un encuentro en 2012, antes de ir a recibir el premio Nobel de la Paz concedido a la Unión Europea, el “presidente normal” François Hollande puso mala cara, al explicar que iban a recibir un premio merecido por los héroes de ayer, como Schuman, Monnet y Adenauer. “Pero nosotros también debemos ser héroes”, replicó Angela Merkel, que sin embargo gestionó muy mal la crisis del euro en sus inicios, al negarse a excluir una quiebra de los países miembros de la unión monetaria.

Cualquier héroe que se precie debe sufrir y Angela Merkel sigue exigiendo sudor y lágrimas. En su discurso, no citó los esfuerzos de los griegos y de otros pueblos latinos de Europa afectados por la crisis del euro. Pero, antes de desear a sus compatriotas "la bendición de Dios", hizo referencia al filósofo griego Demócrito (460-370 a.C): "El valor está al inicio de la acción, la felicidad, al final".

Sin embargo, los alemanes, escuchando a su canciller, están más cerca de la felicidad. Mientras que Francia se desgarra, ayer con Nicolas Sarkozy y hoy entre los partidarios del 75% y los fugitivos fiscales, entre defensores del matrimonio homosexual y los opositores católicos, la canciller encarna una nación unida. Este 31 de diciembre, Angela Merkel contó a los espectadores un cuento. Explicó cómo a un chico de Heidelberg le convencieron los compañeros de su equipo de fútbol para que no dejara el colegio: en Alemania, el éxito individual es colectivo. ¡Y menudo éxito! El desempleo se encuentra en su nivel más bajo desde la reunificación, se ha reducido a la mitad bajo el mandato de Angela Merkel y el país ha creado 416.000 empleos en 2012. Nunca han estado empleados tantos alemanes.

Esa misma noche, François Hollande intentaba convencer a sus conciudadanos que el paro, que ha aumentado durante diecinueve meses seguidos, retrocedería a finales de año. Pero Angela Merkel se merece esa felicidad. Aunque para mantenerla, tiene que seguir esforzándose. Sin esperar a la epifanía, que marca la vuelta a la actividad de los políticos alemanes, el ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, anunció nuevas medidas de ahorro.

Fingir que se llevan bien

Una socia dura para François Hollande, que esperaba no pasar demasiado tiempo en compañía de Angela Merkel. Angela Merkel es más popular que nunca y cuenta con el apoyo de siete de cada diez alemanes. Por lo tanto, François Hollande tendrá que fingir que se lleva bien con la canciller. Los ministerios de Exteriores francés y alemán preparan un enorme baile de los hipócritas en Berlín, los días 21 y 22 de enero, para celebrar el cincuenta aniversario del Tratado del Elíseo. Los ciudadanos podrán ver las celebraciones habituales: consejo de ministros franco-alemán, discurso de Angela Merkel y de François Hollande en el Reichstag. La guinda de las festividades será un concierto en la Filarmonía de Berlín. Y eso será todo.

El eco mediático del acontecimiento despertará la envidia franco-alemana, pero los dos dirigentes no han previsto ninguna iniciativa política destacada. Al contrario, a ambos lados del Rin nos tenemos que frenar: los alemanes desprecian a esos franceses que se desmarcan económicamente, los franceses claman ante la voluntad del poder germánico.

A los alemanes les acusan de querer acabar con Peugeot, de no reconocer la superioridad francesa en la industria espacial, meteorológica, etc. Angela Merkel se muestra imperial y Alemania una brizna imperialista, mientras que Francia emprende el inquietante sendero de la germanofobia.