Los copos de nieve revolotean a la luz de las farolas. La plaza de la estación reluce bajo el manto blanco del invierno. Los escasos pasajeros del tren de alta velocidad que se bajan aquí, en Sedán, se alejan con paso rápido. Un silencio casi solemne envuelve el lugar. Durante varios minutos, aquí no se ve ni un alma, ni coches, ni autobuses, ni taxis.

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