Amit y Eynat Sonnenfeld cargan con siete bolsas y están empapados de sudor, pero no tienen tiempo de parar un rato ni de tomarse un helado. Tienen prisa. El ambiente es cálido y húmedo, como en Tel Aviv. La multitud se agolpa en las estrechas aceras del Hackescher Markt. Lo mejor sería irse ya, pero Eynat saca la lista de las cosas que aún les quedan por hacer. Su agenda del día todavía contempla dos paradas: Birkenstock y Sachsenhausen, el antiguo campo de concentración cercano a Oranienburg.

Amit calza un 56 y adora sus Birkenstock. En Israel, la marca hace gala especialmente del “made in Germany” de sus productos. Puesto que cuestan más baratos en Alemania, Amit opta por comprarse tres pares. Acto seguido, se pregunta si no quedará un poco raro presentarse en el monumento funerario del campo de concentración con sus bolsas de Zara y Birkenstock.

Amit dirige una fábrica de balones de caucho y su mujer trabaja como payaso en la UCI de oncología infantil. Éstas son sus primeras vacaciones desde hace mucho y su primera visita a Alemania. Eynat está encantada: “¡Berlín es tan multicolor! Nada que ver con las imágenes de Alemania con las que crecí”. Su marido añade: “Me cuesta trabajo creer que mi padre fuera deportado de aquí a Sachsenhausen”.

Destino favorito de los israelíes

Berlín goza de gran consideración en Tierra Santa. En Tel Aviv, los comercios de depósito de compraventa se llaman “Salones Berlín” y los cursos del Goethe Institut siempre están completos, al igual que en Jerusalén. Hace cinco años, sólo existía un vuelo directo entre Tel Aviv y Berlín y, hoy en día, pueden contarse hasta tres al día. Lufthansa propone cuatro vuelos diarios a Alemania en aviones de gran capacidad. La ciudad donde se decidió el exterminio de los judíos se ha convertido en el destino preferido de los israelíes, por delante de Praga o Barcelona.

Durante los últimos diez años, el número de visitantes israelíes a la capital alemana se ha quintuplicado. Casi 48.000 turistas israelíes fueron a Berlín el pasado año. Procedentes de un país con tan sólo 7 millones de habitantes, son los principales turistas no europeos que visitan Alemania, por detrás de los estadounidenses (cuya población asciende a 300 millones).

A los israelíes también les gusta Berlín como lugar de residencia. Los miembros de dicha comunidad que viven en esta ciudad han aumentado en un 50% entre 1999 y 2009. Desde el año 2000, las dos universidades berlinesas han visto duplicarse el número de estudiantes israelíes. Además, esta población adquiere viviendas con cierta facilidad, especialmente en los barrios de Kreuzberg y Friedrichshain. Setenta años después de la expulsión de los judíos de Alemania, ha llegado el momento de que los israelíes inviertan en el mercado inmobiliario berlinés.

Hebreo en todos los rincones

Berlín es la nueva Tel Aviv del Spree. En las calles, en las discotecas, se escucha hablar hebreo. Los israelíes ya no asocian Berlín sólo a su exterminio sino que, sobre todo, lo vinculan a la diversión y a una vida asequible. Allí pueden asistir a visitas guiadas en hebreo para descubrir la vida nocturna de Kreuzberg o el barrio judío de ayer y hoy. También pueden disfrutar de una noche “loca” en alguna discoteca de la Rosenthaler Platz bailando las canciones de Ofra Haza.

Por supuesto, siempre habrá quien nunca pondrá un pie en Alemania. Pero cada vez son más los que no se cansan de ella. Vivir hoy en Berlín, donde ningún judío tenía derecho a vivir según los nazis, constituye una especie de victoria. Además, es una manera de liberarse del peso del pasado. Todos los niños israelíes estudian el Holocausto, conocen a un vecino con un número tatuado en el antebrazo y visitan Auschwitz en excursiones escolares. En la actualidad, los jóvenes israelíes y las parejas como los Sonnenfeld que visitan Berlín pretenden descubrir el nuevo rostro de la capital alemana. “Los jóvenes, al igual que sus padres, dicen que no olvidan, pero tampoco quieren rememorar el pasado a diario”, observa el señor Kieker, quien trabaja en el sector turístico. No obstante, este tema es, de por sí, recurrente.

Después de perderse varias veces, Amit y Eynat llegan por fin al monumento funerario de Sachsenhausen. Amit llama a su padre en Israel. Los dos hombres tienen “un nudo en la garganta a causa de la emoción”. En el museo, puede verse un dibujo del padre de Amit. “Salimos tan exhaustos que no queríamos volver a coger el tren para regresar”. Así que la pareja opta por recorrer en taxi los 60 kilómetros que les separan de su hotel berlinés. Tardarán en olvidar este trayecto. El conductor es relativamente mayor. Amit le pregunta de dónde es. “De Oranienburg”, le responde. “¿Y sus padres?” También. Estas palabras resuenan en la cabeza de los Sonnenfeld. Oranienburg. ¿Acaso los padres de este hombre trabajaron en el campo? Los Sonnenfeld no se atreven a formular la pregunta. Entonces, Amit explica que su padre estuvo preso en el campo de concentración. El conductor no responde. No dirá una sola palabra más durante la hora que dura el trayecto hasta el hotel. “Fue un silencio interesante”, concluye Amit.