La segunda cámara del Parlamento neerlandés ratificó por una amplia mayoría el tratado de adhesión de Croacia a la Unión Europea el pasado 29 de enero. Tras la caída del Muro en 1989, era una especie de deuda de honor de la “antigua” Unión Europea, y por consiguiente también de Países Bajos, ante estos países de los Balcanes.

Por otro lado, a Europa le interesa que se mantenga la estabilidad en esta región que quedó asolada por la guerra hace tan sólo una veintena de años. En este sentido, la adhesión a la Unión Europea representa una de las mejores garantías.

No obstante, una vez más, este proceso de adhesión deja un sabor amargo en la Unión. Se esperaba que la UE hubiera aprendido la lección de la experiencia de la adhesión de Rumanía y Bulgaria. Estos dos países entraron a formar parte de la UE en 2007, cuando aún no estaban preparados. Se tuvieron en cuenta consideraciones políticas y se dejaron a un lado las reglas claras de la Unión para la adhesión de nuevos miembros. La consecuencia es que seis años tras su adhesión, Rumanía y Bulgaria aún no han logrado crear un Estado de derecho que funcione correctamente y se enfrentan a una corrupción a gran escala.

Un tren que ya no puede detenerse

Dentro de la Unión Europea, los Gobiernos neerlandeses sucesivos han abogado, y con razón, por el respeto riguroso de los criterios de Copenhague, que definen las condiciones necesarias para aceptar a nuevos miembros en la Unión. En el caso de Croacia, su aplicación ha sido considerablemente más severa y se han reforzado los procesos de control.

Pero cabe destacar que Croacia, apenas seis meses antes de la fecha prevista de adhesión, el 1 de julio, aún no ha terminado de poner orden en sus asuntos. El pasado mes de octubre, la Comisión Europea señaló en su informe periódico no menos de diez puntos de posibles mejoras. El siguiente informe de la Comisión, previsto para marzo, deberá dar una respuesta definitiva.

Otros muchos países de la UE han precedido a Países Bajos al dar su consentimiento a la adhesión de Croacia. Ahora ya no hay forma de dar marcha atrás, como sucede a menudo dentro de la UE: el tren ya no puede detenerse. Pero ese tren que sigue avanzando con gran estruendo es precisamente uno de los principales motivos de la pérdida de confianza en la Unión Europea por parte de las poblaciones de los Estados miembros.