El presidente Nicolas Sarkozy ha decidido golpear a los más débiles y los más visibles. Pero ¿realmente no se puede hacer nada al respecto? Tratemos de mirar la cuestión de frente. Los romaníes están pasando por un proceso de transformación, desde hace ya tiempo. Todos nos hemos encontrado con un policía gitano, un médico gitano, un sacerdote gitano, un activista de partido (tal como se dice hoy: un político) gitano, un poeta gitano.

Y debemos tomarnos en serio la afirmación de un diputado actual del Partido de los Romaníes, Nicolae Păun, según el cual alrededor del 25% de los miembros actuales del Parlamento son (total o parcialmente) de etnia gitana, Pero al mismo tiempo que penetran en la sociedad “normal”, los romaníes, con escasas excepciones, reniegan de sus orígenes. Con su “asimilación”, son la prueba de que todos los romaníes pueden vivir de otro modo.

Así pues, siguen siendo “gitanos” nuestros amados músicos, pero también los “lumpen proletarios” que hacen templar a Occidente, los niños mendigos, y también los “bulibaşi”, esa suerte de reyes locales, propietarios de pequeños castillos romaníes de grifos dorados. Alrededor de Bucarest hay gitanos prósperos con Audis y criados rumanos. La mayoría son jefes de redes sociales, encargados de impartir justicia en un sistema paralelo al Estado rumano, aplicando su propio código civil (matrimonio de niños, etc.). En Rumanía (pero también en el resto de Europa) coexisten dos sistemas sociales diferentes que no deberían ocupar el mismo periodo histórico: un sistema tribal-feudal gitano, y el del Estado rumano, basado en otro tipo de organización.

Esclavos de un sistema feudal

¿Y qué se puede esperar después? El Estado rumano (al igual que el gobierno de Atatürk, que en la década de 1920 arrancó los fezs de las cabezas de los turcos) podría prohibir los tribunales gitanos; la policía rumana podría demostrar voluntad de desmantelar las mafias que envían a los niños a mendigar. El nomadismo podría quedar prohibido por ley. ¿Pero hay una voluntad real en este sentido, por parte del gobierno?

Chocamos aquí con un principio sacrosanto tanto en Europa como en América: el multiculturalismo. Los gitanos viven de acuerdo con una concepción diferente de la vida social, donde el nomadismo, la mendicidad y la pequeña delincuencia no son vistos como actividades cuestionables. Pero ¿quién tiene el valor de combatir este multiculturalismo?

En Rumania no existe hoy en día una persecución de los gitanos, sino más bien una guerra civil larvada e ineficaz entre los rumanos y los gitanos. Ninguno de los dos gana, ninguno pierde. Las subvenciones del Estado rumano y de la Unión Europea contribuyen escasamente a transformar la vida gitana. El cambio decisivo (el del respeto al multiculturalismo) sólo puede proceder de la propia comunidad romaní, de su clase media, que comienza a formarse. Un día, una masa crítica de gitanos se dará cuenta de que está siendo explotada, principalmente por su propio feudalismo. Esta casta de emperadores y “bulibaşi” —honrada por las autoridades rumanas, invitada a las recepciones de Estado, que compra sus joyas en París—impone una justicia paralela y una repartición arbitraria de las riquezas. Bloquea el acceso de los romaníes a una vida mejor. El día de su auténtico despertar étnico, los gitanos resolverán su problema, un problema de toda Europa, con el abandono de esa condición miserable que experimentan como una fatalidad.